sábado, 16 de mayo de 2015

Teatro, magia y demonios: Fausto

Mis pactantes lectores. Esta semana participé en el II Encuentro Internacional de Literatura Fantástica que organizó la uba y la Biblioteca Nacional. Fue una desilusión al escucharlos equiparar lo maravilloso con lo fantástico, y ver que no aprecian distinción entre Literatura fantástica y la Ciencia ficción. Pero son autores; no podemos pedirle un academicismo a alguien del ámbito estético.
Entre tantas lecturas y autores desconocidos para mí, escuché un título conocido: Fausto. Este nombre me persigue desde hace un mes, y el escucharlo y leerlo justo el lunes en dos ámbitos diferentes, me convenció de que ―de modos mágicos― el Universo quería que hablara de esta obra de teatro.
Raro cuando hablo de teatro. Más aún, decir que hay teatro de lo fantástico. Aunque el teatro y la verosimilitud se llevan de manera excelente, lo fantástico es complicado de manejar en representaciones teatrales. Johan Wolfgang von Goethe, autor alemán el siglo xix escribió, además de Las cuitas del joven Werther; Fausto. Una obra tremenda donde se formalizan los pactos con el diablo. Fausto se convirtió en un arquetipo. En Argentina tenemos “Las Vísperas de Fausto” de Adolfo Bioy Casares, o “Fausto” de Estanislao del Campo, ambos recuperados por Nicolás Cócaro en Antología de cuento fantástico argentino. Hasta usado en el anime japonés Shaman King (1998). Igualmente, lo colocó mi amiga Fabiola García Ruelas, como un fauno quien perdió sus cuernos pactándolos por un pedazo de tierra.
¿A todo esto, quién es Fausto?
La obra inicia con una discusión entre Dios y Mefistófeles. La misma situación de Job: un hombre bueno debe ser tentado para probar lo amable de la sociedad humana. Es entonces que Fausto, académico y profesor, está versándose en el mundo de la alquimia. Convoca espíritus y demás seres, entre ellos, a Mefistófeles: gran tentador que le concederá todo lo que quiera a cambio de su alma inmortal.
El libro dista mucho en extensión de lo que actualmente entendemos de una obra de teatro. Me tomé dos días intensos de lectura, mientras que con Shakespeare no paso de las cuatro horas. Pero las descripciones son mágicas. Justo citaron en cartografías medievales cómo en los extremos del mundo siempre habían monstruos y demás entes disformes. En algún momento del relato, Mefistófeles visita una tierra donde hay toda sarta de quimeras, desde la mitología griega, con Quirón y la hidra, hasta brujas y demás demonios. Y aunque es la parte más floja de la pieza, vale la pena continuar.
Como dato curioso: este texto inmortalizó la escena del deshoje de una margarita y el “me quiere; no me quiere”. Así se llama la amada de Fausto.

Hay magia y un barroquismo literario excelentes, mis pactantes lectores. Les recomiendo este texto que encontrarán en muchos lados, como en la Colección de “Sepan Cuántos…” de Porrúa bajo el No. 21.


sábado, 9 de mayo de 2015

Marco Polo: Las ciudades invisibles

Mis exilados lectores, el día de hoy les escribo desde la fría tierra de Buenos Aires, donde la nostalgia de más de un mes de estadía en el Cono Sur me pega bastante. Por eso, lo fantástico llega a mí como reminiscencia de la realidad, y junto a ese recuerdo: un autor italiano muy importante para mi amiga Montserrat Zúñiga. Hablo de Italo Calvino.
En septiembre se cumplen treinta años de su muerte, dejando una producción despampanate; libros de cuentos, ocho de ensayo, más de doce novelas y ―mi favorita― una antología de cuento fantástico del siglo xix. Aunque está bajo las ―caras― manos de Siruela, vale la pena leerlo y conocerlo. Hoy hablaré de Las ciudades invisibles (1972), novela recopilada en las “100 joyas del milenio”, y que pueden encontrar usado a menos de $100°°.
En la prosa conocemos a Marco Polo ―diferente a la versión de Netflix― y sus viajes de descubrimiento para Kublai Kan. Estamos hablando del siglo xiii, donde los mares aún eran ignotos y la magia vivía en todos lados. Pienso en los grandes bestiarios, grimorios y demás tomos necrománticos. En este texto tenemos de boca de un explorador narraciones de ciudades imposibles, como aquella donde no hay palabras, sólo dibujos. Otra ciudad es donde los muertos se dejan bajo tierra en una ciudad idéntica a la de la superficie en la posición propia de su trabajo. La ciudad donde cada tanto tiempo nace una nueva al centro y desplaza a su antecesora. Ciudades que, cuando te miran, deseas sexualmente a esa persona, y no puedes dejar de pensar en ella. Ciudades donde en vez de los rostros de los habitantes, sólo puedes ver a personas que perdiste en vida y, a donde vayas, estarán mirándote a través de los cuerpos de desconocidos.
El libro es fascinante. Una mezcla de lo maravilloso y lo fantástico que nos tiene al borde de la expectativa ¿Con qué ciudad me sorprenderás ahora, Sherezade? Cada ciudad tiene nombre de mujer, y algo de erótico hay en ello. Pero de pronto en pronto, los textos van cambiando, dirigiéndose a una introspección especular. Separado en nueve partes, vemos entre cada una de ellas una colección de mínimo cinco ciudades, y una conversación de Marco Polo con el Gran Kan. Hablan de los viajes, del precio de su cabeza, de qué pasa si lo engaña, de la misma realidad. Pero todo esto entrecortado con las sorprendentes ciudades. Si conocen la animación japonesa ―encontrada con subtítulos en YouTube― Los Viajes de Tortov Roddle (2003), sabrán de qué hablo. Un visitante que encuentra la maravilla entre lo común. Los lugareños no encuentran raras sus tradiciones, pero saben en ocasiones que al extranjero le resultarán tan curiosas; haciendo uso de una frase famosa: “Es hermoso, y desconocido”.

¿Qué ciudad visitarán, mis exilados lectores? ¿Alberta, Zora, Berenice, Moriana? Hay de todo para el gusto del lector. No se defraudarán con este ejemplar, así que búsquenlo, lo encontrarán.


viernes, 1 de mayo de 2015

Maravillémonos a través del espejo con el Snark

Mis maravillosos lectores, es una lluviosa tarde de otoño en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires desde donde reflexiono con curioso interés todos los cambios que pasé después de esas casi trece horas de vuelo con mi último punto de contacto cultural: el Aeropuerto de la Ciudad de México. Como saben, me especializo en lo fantástico y la fantasía en la literatura, por eso ―gracias a las recomendaciones de mi querido compañero Alejandro Briseño― me permito sugerirles una lectura tripartita: los trabajos de Lewis Carrol.
Contexto: Inglaterra a mediados del siglo xix. Un viaje en barco con el autor y tres pequeñas niñas. A falta de otro medio de entretenimiento, Carroll y las pequeñas confeccionan una historia que más tarde sería transcrita y aderezada por nuestro personaje.
Alicia en el País de las Maravillas es una obra importantísima en lo que consta de literatura infantil y juvenil, aunque no debe ser relegada a ese mundo. El carácter del juego y la demencia del mundo adulto están en fuerte conflicto con la única cuerda: Alicia. El gato de Cheshire ―inspiración del argentino Enrique Anderson Imbert―, la Reina, el Sombrerero, son personajes que no han dejado de fascinar al mundo ―y no se diga a los japoneses―, al grado de la película épica que llegamos a ver hace un par de años en cartelera ―sin mencionar la serie Once Upon a Time―. Y ni se diga el Síndorme de Alicia, donde todo lo ves transtornado como las imágenes de este libro.
Carroll no se conformó con eso, siguió un paso más adelante con una historia alterna ―continuación dirían algunos; pero no lo considero así― donde Alicia visita el mundo a través del espejo y se pierde en un tablero de ajedrez. Los reyes están en disputa, se topa con la pelea del león y el unicornio; y si mi memoria no me falla, es donde aparece la canción del Jabberwocky ―y la espada Vorpal, usada por Dungeons and Dragons como el arma más poderosa de todo el juego―. En fin, todo un mundo complejo y donde otra vez, ningún adulto parece preocuparse de nada, dejándole a la niña el arduo trabajo de ser la única madura y cuerda del universo.
La ciencia y la lógica se ven alteradas aquí. Hay muchas leyes de la realidad que han estudiado los científicos a partir de la creación de Carroll y no se diga de tantas disyuntivas filosóficas. El libro tiene una ridiculez ―en el buen sentido de la palabra― que no haces más que reír a carcajadas, ponerla en Facebook, colocar un separador para regresar otro día, o rayar tu libro ―esta última la condeno como el bibliotecario que soy―.
Algo que no se aprecia mucho en nuestras versiones es el uso del pormanteau. Combinación léxica de dos términos, quitando el punto de juntura. En el caso del texto breve: La caza del Snark, es la combinación de “snake” y “shark”, serpiente y tiburón. Uno de los animales menos definidos de toda la literatura, y que incluso es difícil de seguir, pero sumamente terrible.

En fin, este fin de semana, Primero de Mayo, les dejo el trabajo de leer a Alicia y todo lo que encontró en ese mundo. Estoy a sus órdenes, mis maravillosos lectores, nos veremos la siguiente semana.


  

sábado, 25 de abril de 2015

Algo más que una isla: Los viajes de Gulliver

Mis viajantes lectores, el día de hoy me encuentro en las 31as Jornadas Profesionales de la 41 Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. He de admitir que no sé todo sobre la tradición literaria, es imposible. Pero entre lo que me encanta, es la literatura antigua, romántica si se puede, pero sobre todo, las de ficción fantástica. Entre muchas cosas, la semana pasada, me topé con una edición hermosa de Los viajes de Gulliver.
Jonathan Swift nació en 1667. En 1726, en Irlanda, salió a la luz este ejemplar tan atípico y famoso entre la literatura infantil y juvenil ahora. Todos hemos visto esas películas donde Gulliver conoce a los liliputienses, pequeños hombres y su interacción con ellos. Suena interesante, pero por desgracia, no es la única civilización que conoce. La ignorancia de muchas personas ante la totalidad de la obra es magnánimante ofensiva una vez que leer el libro íntegro: Liliput, primer capítulo es la sociedad de micropersonas que todos conocemos; pero la segunda parte es aún más curiosa: Brobdingnag, una sociedad de gigantes que tiene a Gulliver en una caja de transporte y que dista mucho de lo que era su vida en Liliput.
Gulliver regresa a su tierra natal. La dicotomía grande-chico le perturba increíblemente y es una persona que se confunde, teme pisar a sus amigos y eleva la mirada (y la voz) cuando desea hablar con alguien. No muy listo nuestro héroe, no se define ahí la situación. En la tercera vuelve a salir de viaje. Su familia y amigos se quedan en el olvido y conoce a Laputa, una ciudad flotante muy similar a un platillo volador donde la gente, sumamente intelectual, piensa siempre; así pues, requieren de sirvientes que les "mosqueen", es decir, les indiquen cuándo escuchar y cuándo hablar, pues sus reflexiones son tan profundas, que hay trabajo para los que no piensan tanto como él.
Decíamos que era un libro dicotómico, pues en seguida tenemos a una sociedad de bestias, los residentes de Houghnhnms, conocidos como Yahoos, son una especie de equinos pensantes antopomórficos regidos por el instinto animal; pero que le agradan tanto al protagonista al grado de considerarse un Yahoo así se conocen deforme.
Aunque los Yahoos origen de la palabra de alegría, y obviamente del nombre del sitio web, así como Wendy fue creado por el autor de Peter Pan son los salvajes, son la civilización preferida, así que leamos así esta obra, lo exterior como la estatura, y lo interno como el intelecto y la brutalidad son polos opuestos en la personalidad humana y el elegir la última nos hace pensar en la sociedad de ese siglo XVII.

Mis viajantes lectores, acérquense a esta época tan interesante, como Pinocchio del siglo XIX, y Gargantua y Pantaguel del XVI, tenemos un universo enorme a nuestro alcance. Espero disfrutaran el Dìa del Libro el pasado 23, y hasta siguientes escritos.


sábado, 11 de abril de 2015

Libros. Todo lo que hay que saber

Mis releídos lectores, estoy muy feliz porque después de más de un lustro he encontrado un libro que en México desapareció de las librerías. Fue un gusto encontrar este ejemplar en la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco “Juan José Arreola” en el 2008 cuando empecé a dar clases de literatura fantástica y ahora en la librería atrás del Consulado Argentino. Estamos hablando de Libros, todo lo que hay que saber, de Christiane Zschirnt.
Como profesor de literatura, me he enterado de amigos que entran al gremio de la educación y les da pavor la cantidad de libros que han de leer para dar una clase. Aunque nada es mejor que la experiencia propia ante el libro y sacas sus propias conclusiones y experiencias estéticas antes de buscar un resumen en Wikipedia o un resumen en diez páginas de Drácula como el caso de Editores Mexicanos Unidos, este ejemplar está más cerca a esos intelectualoides que buscaban temas de conversación en cafés y círculos de amigos burgueses. Claro que este libro no lo recomiendo por ello ―del todo―.
Lo que Christiane Zschirnt nos muestra desde su “Introducción” es su intento de guía para los que quieren orientarse en un océano de referencias literarias. Pues las bibliotecas están cada vez más llenas de libros, y uno no puede perderse con facilidad. Organizar el libro por temáticas y no por años es un gran acierto que tiene la autora, pues a pesar de que ciertos textos sean contemporáneos, en ocasiones responden a necesidades distintas, como describir el amor en un tiempo específico de la Europa decimonónica, y la crítica a la gobernación hispanoamericana en plena Guerra de Independencia, aunque ambos tiempos sean similares, no tienen el mismo mensaje. La metáfora que nos da Zschirnt es: “Este libro pretende proveer al lector de una brújula que necesitará para hacer sus propios descubrimientos, si es que se atreve a lanzarse al mar”.
Algo que recalca el prologuista Dietrich Schwanitz es la mezcla de tiempos que acabamos de mostrar, Shakespeare es importante, pero eso no significa que no podamos leer nada hasta descubrir los secretos de sus obras ―si es que algún día llegamos a encontrarlos―. Y veamos el índice del libro “Obras que describen el mundo”, “Amor”, “Política”, “Sexo”, “Economía”, “Mujeres”, “Civilización”, “Psique”, “Shakespeare”, “Modernos”, “Clásicos triviales”, “Libros de culto”, “Utopía: Cibermundo”, “Clásicos escolares” y “Niños”. El ejemplar se mueve en temas de lo más variado y hasta caótico, pero, como se dijo, son un buen inicio para todos aquellos recién iniciados en la vida literaria.
No cambiaría por nada la experiencia de leer Rojo y negro, Fausto, Drácula o Matilda, mis releídos lectores; pero si están leyendo mi columna y les agradan mis sugerencias, este libro es muy similar a mi labor aquí, sólo que publicado bajo una imprenta.


sábado, 4 de abril de 2015

Muchas maneras de pasear: Ciudad fantasma

Mis callejeros lectores, les escribo desde la hermosa ciudad de Buenos Aires y concuerdo con lo que dije la semana pasada en torno a Fervor de Buenos Aires. Pero ya con una semana al otro lado del Ecuador me hicieron pensar en lo que dejé atrás y es uno de mis placeres al viajar: regresar con un libro de leyendas locales.
Entre ellos hay una colección de editorial Almadía llamada Ciudad fantasma, en dos tomos. Su subtítulo es Relato fantástico de la ciudad de México, y muestra muchos cuentos escritos con bastante cordura por autores medianamente conocidos, y otros de mediano conocimiento. Entre ellos está Vicente Quirarte, Carlos Fuentes, Manuel Payno, Bef, y muchos más. Son una buena cantidad de narraciones las que tenemos en estos libros. Pero lo que sí me gustaría remarcar es la profesionalización de esta antología. No es un mero libro de $50°° que encontramos en cualquier puesto de periódicos, es Almadía, una casa editorial que está creciendo mucho en México. A diferencia de otros libros, Ciudad fantasma es a la vez un recorrido fantástico por la ciudad de México y una antología literaria. Conozco ciertos libros de Guadalajara, como la antología de Helia García Pérez, que aunque es recopiladora, se nota la modificación de muchos registros para hacer una síntesis totalizadora. En Guanajuato encontramos libros mínimos en esquinas, con la leyenda del Callejón de Beso y otros cinco casos. Pero algo que he descubierto acá en Buenos Aires es la presencia de importantes folcloristas porteños. Sigo prefiriendo lo que hace Almadía, pero Buenos Aires misteriosa de Diego M. Zigiotto es una  muy buena versión literaria. Aunque también tenemos un juego curioso de nombres con la versión de inicios del siglo xx: Misteriosa Buenos Aires de Manuel Mujica Lainez, quien hizo cuentos fantásticos desde la misma ciudad. Esto es una tradición muy interesante, pues muchos, hasta Borges, hicieron algo de ello.
Depende mucho el autor al que se esté tratando, pues pocas veces un folclorista tiene voz y voto en el mundo narrativo. En el siglo xix otros sones se tocaban, pero ahora que la tradición es meramente turística, creo que en México se descuidó bastante, por ello aplaudo la iniciativa de Bernanrdo Esquinca y Vicente Quirarte por conformar esta antología. Aquí podemos encontrar de todo tipo de narraciones que no decepcionarán al lector.
Entre mis favoritos está el de Mauricio Molina, “La noche de la Coatlicue”. Un interesante cuento donde se entremezcla la narrativa de Bernal Díaz del Castillo, el “Sermón Guadalupano”, la leyenda urbana en torno al descubrimiento de la estatua de la Coatlicue en Ciudad de México y el mito guadalupano. Todo con discursos sobre licores, la lluvia y demás temas por más escabrosos.

En general un libro de leyendas siempre es agradable de leer. Te enteras más de la vida cotidiana de los pueblos que de otras formas. Ciudad fantasma, mis callejeros lectores, es una colección que no pueden dejar de disfrutar.


sábado, 28 de marzo de 2015

Enamorándose de la ciudad Fervor de Buenos Aires

Mis porteños lectores, esta semana ha sido de grandes cambios para mí. Entre una escala lingüísticamente horrible en São Paulo donde ninguno de los idiomas que hablo me sirvió, llegué a Buenos Aires. La verdad, si han visto la película de Mi pobre angelito perdido en Nueva York, la escena de inconmensurabilidad que tienen los enormes edificios se comprende muy rápido en Buenos Aires. Son estelas de piedra a estilo europeo de al menos ocho pisos. El choque con mi baja Guadalajara es mucho, y ni se diga Guanajuato.
¿A qué viene todo esto? Verán, no me considero un especialista en Borges; pero sí un conocedor con muchos referentes teóricos, y al estar aquí, pensé en ese poemario: Fervor de Buenos Aires. Libro publicado en 1923 en edición de autor con sólo 300 ejemplares, pero que ahora todos pueden conocer de forma simple. En las originales 64 páginas se hicieron 46 poemas y un prefacio, y en 1969 ―la segunda modificación de Borges― terminaron siendo 33 poemas.
Recomiendo que el contenido del libro sea leído antes de conocer Buenos Aires, pues hay una cantidad de emociones que el autor argentino tiene cuando abandona su patria y regresa para verla en aras de la tecnología. El poemario habla de esa nostalgia y el fervor al momento de ver los barrios cambiar. Es una mirada a una ciudad que ya no está, pero que permanece en cierto modo. Los edificios, las calles, la milonga y el tango no se han ido ―me consta―, pero ahora están en un bucle temporal del que no se permite salir, como abrir las puertas a un edificio y darte cuenta que el ambiente es idéntico al de hace cincuenta años ―como el Café Tortoni acá en Buenos Aires―. Los sábados, las calles, el arrabal, los barrios recuperados, la Plaza San Martín, aquello genera una ausencia terrible en Borges, pero que al mismo tiempo enamora, recuperando el “color local”. Pero también, como dijo mi amiga Montserrat Zúñiga Meza el pasado 8 de marzo en Mérida, Yucatán para unas Jornadas Académicas; tratamos con un poeta-ojo. No sólo es un fisgón, ni un flaneur, sino que fragmenta a la ciudad moderna y nos la presenta en partes, según el grado de emoción generada.
Estudios sobre Fervor de Buenos Aires se han hecho por kilo. Pero no es lo mismo leer sobre el libro que leer la obra en sí. Porque además, no es la clásica poesía rimada y medida, sino en el verso libre, según las ideas Ultraístas que tenía Borges donde pedía renovar la metáfora gastada. En sí no había otra forma de cantarle a su Buenos Aires de otro modo que no fuera con el verso libre. Era una ciudad en transición, y qué mejor que la lírica tradicional sufriera los mismos arrebatos.

Los poemas son bastante interesantes en su tema y filosofía. Hay una rosa que les puedo encargar buscar y darse cuenta de qué quiere hablar en realidad. ¿Los faroles tienen simbolismos? Eso, mis porteños lectores, se los dejo a su consideración, despidiéndome desde el Sur.


sábado, 21 de marzo de 2015

Trágica noticia para la literatura fantástica: Terry Pratchett

Mis planos lectores, el 12 de marzo, tras mandar mi columna sobre José Luis Zárate me enteré del deceso de Terry Pratchett, uno de los pilares de la fantasía contemporánea, precursor de muchos temas como los que tenemos en las series estilo Adventure Time, y del nominalismo en la maravilla épica.
Este autor inglés me cautivó gracias a la frase de mi amiga Gaela Lorcan: “¿No conoces Mundodisco?”. Frase que en su momento lo escuché como “Mundo Disco”, remitiéndome a Saturday Night Fever. En qué error estaba. Mundodisco es la concepción de un universo donde se retoma esa vieja idea hindú ―aparecida en el Ramayana― donde nuestro planeta estaba sostenido por cuatro elefantes al lomo de una tortuga aún más grande, y rodeada por una serpiente con proporciones superiores a la anterior. En Mundodisco no nos hablan de una serpiente, sino se limitan a Akupara ―nombre de la tortuga en el mito― y nos explica que esta tortuga es una de tantas viajando en el universo. Y no se aflijan por las guías de lectura de Mundodisco y sus toneladas de novelas; lean a su gusto estas microhistorias con la clásica hilaridad inglesa en un contexto de maravilla épica.
El color de la magia (1983), la primera obra donde aparece Mundodisco y es una parodia de Dungons and Dragons y otros. Pratchett se burla de las obras de este tipo como lo llegó a hacer Cervantes con su Quijote. Hasta papá Tolkien sale perjudicado. Pero algo debe tener; es el segundo autor británico de ficción más vendido ―después de Rowling―. En la obra vemos la malignidad del número “ocho”. Si hablan francés saben que el “ochenta” y sus unidades, son cantidades complejas de aprender, pues aquí hay aún más destrozo. Pensemos así: generalmente son siete colores los del arcoíris, el octavo color recibe el nombre de “octariono” un “púrpura amarillo verdoso” que sólo puede ver aquel que posee poderes mágicos, pues es el color de la magia. La mera mención de este número puede traer desgracias, por eso los personajes dicen “Tú sabes, el resultado de sumar cinco y tres”, u otras tretas al estilo ingeniero en sistemas, o licenciados en matemáticas.

La vida de Pratchett debe pensarse como la de un autor que disfrutó lo que hacía. Sus historias nos abren la puerta a una nueva cosmogonía bastante curiosa. El color de la magia tiene también una película, y hasta juego de rol existe basado en el Mundodisco. Así que, mis planos lectores, denle la oportunidad a este autor y honremos su pérdida dando lectura, y pensemos en lo que dijo alguna vez: “Los vivos eran los que no se daban cuenta de que sucedían cosas extrañas y maravillosas, porque la vida estaba demasiado llena de cosas aburridas y mundanas”.


sábado, 14 de marzo de 2015

Ensayando nuestra cultura popular: Entre la luz

Mis patíferos lectores, debo emitir una disculpa pública por mi ausencia la semana pasada, pero entre trámites de intercambio, di una conferencia en Mérida dentro de la filey 2015 y algunos asuntos de índole personal, me incapacitaron por completo a publicar mi anterior columna.
Como saben, un viaje de semejantes proporciones: seis horas a la Capital y un avión al Golfo de México, te dan tiempo para leer. Esta vez fue tiempo de la maravillosa obra de José Luis Zárate: Entre la luz (y otros temas igual de tangibles), publicado en el 2013 por editorial Arlequín. De Zárate conocía minificciones, publicaciones en Facebook y tweets magníficos que te provocan humor y reflexión a la par, esto fue lo que me inclinó a comprar este ejemplar el año pasado en la fil Guadalajara. Son 106 páginas de una gozosa lectura ensayística que no puedes dejar a un lado. Desde Disney a las biografías y láminas que comprábamos en la primaria, de los tacos afuera del aeropuerto del DF ―mea culpa, comí ahí― hasta su opinión en torno al libro electrónico. Todo esto inunda el libro con un discurso bastante grato.
Son 21 ensayos los que nos muestra José Luis Zárate y que en ocasión están puestos en modos bastante novedosos, como el llamado “Disney” que abre el ejemplar con una serie de escolios a las películas que logró hacer en vida el famoso Walter Elias Disney. Listados como “Los diez monstruos a los que invitaría una cerveza” o “Treinta puntos sobre el libro electrónico”. La presentación de estos rompe lo que generalmente se espera; aunque después de Borges y sus Inquisiciones ya nadie puede ser un lector ingenuo.
Algo que también destaco ―y que sería un objetivo primordial para acercarse a este libro― es el uso del lenguaje. Hablamos de memorias usb, maestros japoneses, culturas emergentes, de cosas ―como bien lo dice el título― tan tangibles como la luz. Cada uno de estos temas es tratado sin un discurso rimbombante, pero eso no lo hace descuidado. En mi experiencia de hace días al comer en un puestito callejero afuera del Aeropuerto de la Ciudad de México “Benito Juárez” encontré la sentencia en “Tres de ambiba frita, por favor”:

«En los restaurantes caros nos muelen pimienta justo enfrente de nosotros, o flamean los postres, o acercan a un samurái cocinero para cortar exquisitamente hierbas sutiles. Pero, ¿en cuántos sitios puede un presumir que encienden un avión 744 para condimentar un taco?»

Zárate pone en tinta cosas que todos sabemos pero que no nos atrevemos a pensar. No todos sabemos datos geeks o de subculturas de internet gracias a un escritor serio. Bueno, puede que no use temas serios; pero su manera de reflexionar lo es.

Causa intriga e interés descubrir este libro, mis patíferos lectores. Si no pueden conseguirlo, ya que Arlequín tiene un sello editorial algo limitado a Jalisco y sus alrededores [o visiten su sitio web donde pueden hacer pedidos], esperen a una Feria del Libro de su zona, si no se topan con el libro tan ansiado, puede que se encuentren al mismo Zárate acompañado de Alberto Chimal.

domingo, 8 de marzo de 2015

La feminización del agua, la adjetivación en Zozobra de López Velarde

Presentada en la Mesa Panel: Vanguardias Latinoamericanas en la poesía de inicios del Siglo XX en las Jornadas Académicas, 7 Coloquios de América Latina: Se lee, se piensa se escribe, realizada el 08 de marzo de 2015 en el Gran Museo del Mundo Maya, dentro del marco de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán. En Mérida, Yucatán.

Abstract: El modernismo hispanoamericano es derivación de varias vanguardias donde se buscaba la renovación de la metáfora. En el poemario Zozobra (1919) del mexicano Ramón López Velarde se puede ver cómo se manejan los símbolos del agua y el fuego como femeninos y masculinos respectivamente. Dentro de la poética de López Velarde esto tiene un uso específico, pues ―igual que muchos otros modernistas― la mujer cobraba una fuerza erótica inigualable. El modo en que se crean ambientes de sensualidad en Zozobra es parte de su ars pætica y del mensaje final del título de este poemario.

Síntesis curricular: Estudiante de la maestría en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Guanajuato. Ha sido ponente y tallerista en varias instituciones públicas y privadas del país. Publica semanalmente para el periódico am de Guanajuato recomendaciones literarias. Forma parte activa del Programa Nacional de Salas de Lectura. De igual modo es moderador del primer Círculo de Lectura online LibrosMéxico.mx de la sep y conaculta en torno a la obra de Gutiérrez Nájera.


La feminización del agua, la adjetivación en Zozobra de López Velarde
LLH Miguel Ángel Galindo Núñez
Universidad de Guanajuato
Maestría en Literatura Hispanoamericana


Existe una dicotomía muy notable en torno al agua y el fuego a lo largo de la historia de la humanidad. Estos elementos de la naturaleza se han puesto en constante enfrentamiento simbólico desde principios de los tiempos. El análisis de este carácter es trabajo muchos especialistas de la mitocrítica o de las religiones. Desde este punto, pinturas como Clariana (1775), de Josep Mallord, donde se ve una ráfaga de fuego emergiendo de la mar sería una gran contradicción estética; en su defensa, Simone de Beauvoir dice muy acertadamente: “La creación ha sido a menudo imaginada como un matrimonio entre el fuego y el agua” (Beauvoir, 2008: 73). La separación de ambos elementos establece el equilibro: genera el cosmos.
El Modernismo surgió aproximadamente en 1890, especialmente en la poesía. La métrica vio sus últimos instantes canónicos, y el lenguaje se renovó tanto como para dar paso a las vanguardias. “El término modernismo [es] la denominación del amplio movimiento literario renovador que llena toda la época finisecular del xix y termina en las dos primeras décadas de la centuria siguiente” (Lazo, 2000: 20). El padre de este movimiento, como movimiento reconocido mundialmente, ha sido considerado Rubén Darío y su poemario Azul… (1888), pero es José Martí el “primer creador del Modernismo por la doctrina estética de libertad y fecunda originalidad artística que formuló y practicó desde 1875” (Lazo, 2000: 20). Esto devino en un movimiento más desarrollado denominado Posmodernismo, el cual, como dice José Miguel Oviedo “Si el término «modernismo» es complejo, el de «posmodernismo» no lo es menos” (Oviedo, 2001: 11). Significaba la crisis y disolución de su predecesor, y aunque sus inicios varían entre el inicio de la Revolución mexicana en 1919, la Primera Guerra Mundial en 1914, o la muerte de Rubén Darío en 1916 (Historia, 2010: 411-412), los teóricos concuerdan en que se trata de un desprendimiento y secuencia del Modernismo carente de cualquier manifiesto. Su gran importancia reside justamente en esa síntesis de muchas fórmulas, con frecuencia contradictorias, que cancelan del todo los hábitos finiseculares e inauguran los modos propios del siglo xx” (Oviedo, 2001: 13). Aquí tenemos a Enrique González Martínez con uno de sus poemas famosos:

Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.

Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda... y adora intensamente
la vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno...

Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno (González, 1984: 49-50).

Además de González Martínez, otro de los representantes de este movimiento fue Ramón López Velarde (1888-1921), escritor nacido en Jerez, Zacatecas. Su obra lírica se entiende mejor si consideramos que entró al Seminario de Zacatecas a los doce años y permaneció ahí durante dos años y se trasladó —después de una mudanza familiar— al Seminario de Aguascalientes, teniendo una influencia de la religión en toda su vida. En 1905, abandona la carrera del sacerdocio y decide dedicarse a estudiar Derecho como su padre. Durante la Revolución Mexicana, una vez graduado en Leyes, obtuvo un puesto de juez. Para este tiempo, la literatura ya era comandada por los posmodernistas. Carlomagno Sol, en su estudio preliminar de Zozobra, nos dice que “López Velarde es un poeta heredero del Modernismo y de ningún modo modernista pleno, ni mucho menos epígono. Es un poeta que está más allá de este movimiento […]” (López, 2004: 40), y se puede comprobar perfectamente cuando, analizando la obra, no se descubre ningún soneto en algunos de sus poemarios. Se hacen comentarios en relación con su producción tan breve, ya que “escribió poco: los sencillos y sentimentales versos —con temas de la vida provinciana—de La sangre devota (1916); los complejos y rebuscados versos de Zozobra (1919); y, póstumo, El son del corazón (1932)” (Anderson-Imbert, 2005: 23-24). Su última obra en vida, Zozobra, es considerada su mejor trabajo. Contiene cuarenta poemas —número religiosamente significativo—. En el libro no encontramos ningún soneto, marca bastante clara del desapego por la poesía tradicional y muestra de una desviación de tono y tema modernista (Lazo, 2000: 104), que, según se desea ver, pertenece a la segunda etapa del autor, antecedida por La sangre devota (López, 2004: 39).
Su adjetivación llega a tomar matices muy diversos, pero en el presente estudio, nos enfocaremos específicamente en cierto campo semántico dejando sintagmas tan bellos y herméticos cuales: “azul sospecha”, “desacreditados elefantes”, “hiperbólicas minutos”, “obtuso centinela” o “perrillo enciclopédico”, que fácilmente daría un extenso trabajo de investigación. Se partirá del comentario que hace Alfonso Reyes sobre la poesía de Ramón López Velarde, él nos planta que es un escritor del agua:

Encuentro en él tres notas principales: el agua corriente: candor, religión de devocionario, feria, provincia, costumbrismo en azul y en rosa. […] El agua en cristal: estabilidad, equilibrio, escultura y esmalte, casi parnasianos; El agua profunda: algo del nuevo calosfrío […] Voz patética, sensualidad y miedo, simbolismo más o menos consciente, sonambulismo suprarrealista avanti la leerte (Carballo, 2003: 108).

Empero es realmente importante esta adjetivación líquida. “El agua es la forma substancial de la manifestación, el origen de la vida y el elemento de la regeneración corporal y espiritual, el símbolo de la fertilidad, la pureza, la sabiduría, la gracia y la virtud. Es fluida y tiende a la disolución” (Chevalier, 1986: 53). El agua es uno de los cuatro elementos griegos y uno de los cinco orientales. Está en contacto con los puntos cardinales y es “Símbolo de la dualidad de lo alto y lo bajo: aguas de lluvia, aguas de los mares. La primera es pura, la segunda salada” (Chevalier, 1986: 56). Es justamente esta primera la que usa López Velarde para resignificar la poesía y olvidarse de las metáforas gastadas; no toca los mares y brinda su aroma salado dentro de la ambientación del poema como lo hizo Díaz Mirón en “Idilio”, usa un agua pura, limpia de toda suciedad. Es la lluvia que golpea las ventanas y el agua de un pozo que refleja a la siempre sapiente tortuga, como nos canta al inicio de “El viejo pozo”, poema publicado originalmente en 1916 en la revista Vida Moderna. López Velarde hace un recorrido panorámico por patio de una casa.

Ni tortuga, ni pez: sólo el venero
que mantiene su estrofa concéntrica en el agua
y que dio fe del ósculo primero
que por 1850 unió las bocas
de mi abuelo y mi abuela…
(López, 2004: 130)

Aunque sirve como recurso descriptivo, la existencia del agua como observador del acto amoroso va marcando poco a poco la intencionalidad del poemario, la unión de lo femenino con el agua. Existen varios ejemplos sobre el uso del agua:

Tierra mojada de las tardes líquidas
en que la lluvia cuchichea
y en que se reblandecen las señoritas, bajo
el redoble del agua en la azotea... (López, 2004: 175)

Así abre el poema “Tierra mojada…” (1917). Muestra un agua limpia y silente, cuchichea. No trata de ser tormentosa, ni entrar de forma agresiva en el poema, muy similar al agua del pozo. Caso muy particular la adjetivación en “tardes líquidas”, donde nos pinta un contexto general del poema, como versa más tarde con una alcoba submarina. Aquí se debe notar cómo el agua afecta la figura femenina, reblandeciéndola, como si tuviese un efecto licuefactor en su cuerpo.
Se ha escrito sobre el erotismo en López Velarde, su biografía podría ayudarnos a comprender este sentimiento tan profundo, José Emilio Pacheco explica que quizá la castidad que rigió toda su vida devino en semejantes muestras de deseo, la amada que no es amante (Pacheco, 1999: 310-311). Aunque Bataille, en la introducción de su libro sobre el erotismo, considera que para que el agua tenga un simbolismo sexual debería estar movimiento, revelando una continuidad, muy similar al de las aguas tumultuosas (Bataille, 1997), el agua en López Velarde es más similar a la que Beauvoir refiere en El segundo sexo, un agua tranquila que guarda los secretos de la virginidad de la joven (Beauvoir, 2008). Es un agua tranquila. Esto se percibe en el siguiente fragmento en que se requiere la presencia de una figura mitológica acuática para remarcar la sensualidad de la mujer.

Tardes en que el teléfono pregunta
por consabidas náyades arteras,
que salen del baño al amor
a volcar en el lecho las fatuas cabelleras
y a balbucir, con alevosía y con ventaja,
húmedos y anhelantes monosílabos,
según que la llovizna acosa las vidrieras...
(López, 2004: 175-176)

Las náyades son las “Ninfas de agua dulce, protectoras del los ríos, las fuentes y los arroyos. Homero las consideraba hijas de Zeus y se las representaba como doncellas muy hermosas y de tamaño muy pequeño. Se les atribuía poderes curativos a las aguas en las que ellas moraban” (Nucci, 2007: 147), pero fuera de su hermosura, este sustantivo vine acompañado de “arteras”, peyorativo que significa “mañoso, astuto” (Diccionario, 2002: 220). Podría acercarse más a la figura de la Undina, guardiana del Oro del Rhin. Desde esta perspectiva, no sólo es una ninfa hermosa, sino que tiene toda la carga semántica de la nínfula. Van agregándose uno a uno los versos con el “baño del amor” y los “húmedos y anhelantes monosílabos”, referentes a los gritos o gemidos sexuales; pero vuelve a aparecer una adjetivación del mismo grupo semántico. Otro punto importante de este fragmento es la reiteración de la llovizna persistente.
Cabría retomar las palabras de Mircea Eliade en torno al papel del agua en la mitocrítica, para lo cual nos dice que las aguas simbolizan tanto el esperma, la concepción, o la generación (Eliade, 2003). Aunque —ciertamente— la sentencia de Eliade funciona también para el ámbito masculino, se debe comparar con la revalorización en López Velarde. Desde este punto de vista en que lo femenino está atado al agua, debería ser lógico buscar en la dicotomía lógica al fuego en lo masculino. Con esta premisa, podríamos continuar la lectura y análisis de “Tierra mojada…”:

aquellas adorables señoras en que ardía
la devoción católica y la brasa de Eros;
suaves antepasadas, cuyo pecho lucia
descotado, y que iban, con tiesura y remilgo,
a entrecerrar los ojos a un palco a la zarzuela,
con peinados de torre y con vertiginosas
peinetas de carey. Del teatro a la Vela
Perpetua, ya muy lisas y muy arrebujadas
en la negrura de sus mantos (López, 2004: 131-132).

Eros, la figura griega de la sexualidad, se muestra con la brasa que quema desde el interior a las señoras —alegoría sexual muy próxima a la escultura de Bernini: Éxtasis de Santa Teresa—. Combinando la llama católica con la sexual, López Velarde maneja una reestructuración del fuego sacro para transfigurarlo en una figura casi fálica, por ello se entiende la presencia de la Vela Perpetua dentro de las sábanas como esa presencia erótica. No por nada Octavio Paz utilizó esta figura para referirse al erotismo, descrito como “El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y éste, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida” (Paz, 1994: 7). Esta misma luz de vela es la que guía por los mares a los barcos en el poema de 1918: “El candil”.

Embarcación que iluminas
a las piscinas divinas: (López, 2004: 220)


Viendo esto —y regresando a la premisa introductora—, el agua en López Velarde es un elemento femenino. La sexualidad del agua sólo puede ser satisfecha, como dice Beauvoir, con su elemento contrario, y así: formar vida. La luz —previo a dar a luz— es propio del fuego. El poema continúa con estas estrofas, las cuales tienen la misma apóstrofe al inicio, a modo de estribillo para colocar la llama como centro de atención para el lector.

¡Oh candil, oh bajel, frente al altar
cumplimos, en dúo recóndito,
un solo mandamiento: venerar!
[…]
¡Oh candil, oh bajel: Dios ve tu pulso
y sabe que te anonadas
en las cúpulas sagradas
no por decrépito ni por insulso! (López, 2004: 220)

En una ocasión se menciona el “dúo”, la pareja, con el adjetivo “recóndito”, refiriendo a lo oculto o a lo íntimo. Del mismo modo, imprime el verbo “venerar”, que tanto podría entenderse como la elevación de rezos a cierta deidad, o en segunda opción —no tan descabellada por la formación en etimologías grecolatinas que tuvo López Velarde en el seminario— remitiéndose a venerari, proveniente del culto a la diosa Venus, la cual, en otra declinación es venereus. La segunda, retoma esta dualidad, puesta en pareja con la “cúpula sagrada”. Entiéndase aquí el sintagma para validar la segunda posibilidad interpretativa. Lo sagrado comprendiendo como la “comunión de los santos” o una exaltación espiritual, que en ambos casos sería relacionable con el coito o
—siguiendo las palabras del poema— “impulso”. El fuego del candil guía a la embarcación entre las aguas, en este navegar en zozobra, como lo dice el título del poemario, el irse a pique en el agua, como lo canta “Tierra mojada…”.

Tardes como una alcoba submarina
con su lecho y su tina;
tardes en que envejece una doncella
ante el brasero exhausto de su casa,
esperando a un galán que le lleve una brasa […] (
López, 2004: 176)

Se han sumergido en el mar, lo que sería esa “alcoba submarina” por la que espera a la brasa de un galán, ¿quizá un amante? Podría ser una opción al denominar al esposo legal como “brasero exhausto” que la envejece, y es el joven quien le llevará una nueva flama, pero sería salir un poco del tema central de este análisis. Independientemente de la posibilidad de tratarse o no de infidelidad, este fuego es un elemento masculino, poder, sexualidad.

La significación sexual del fuego está universalmente ligada a la primera técnica de obtención del fuego por frotamiento, en vaivén, imagen del acto sexual (ELlF). Según G. Dieterlen, la espiritualización del fuego estaría ligada a la obtención del fuego por percusión. Lo mismo señala Mircea Éliade. El fuego obtenido por frotamiento es considerado «como el resultado (la progenitura) de una unión sexual». Mircea Éliade señala el carácter ambivalente del fuego: «es de origen o divino o demoníaco (ya que, según ciertas creencias arcaicas, se engendra mágicamente en el órgano genital de las brujas)» (Chevalier, 1986: 513).

Por último, podríamos nombrar otro poema, “Dejad que la alabe”, publicado por primera vez en 1917 en la revista Pegaso, el cual termina con las siguientes estrofas:

Retozará en el césped,
cual las fieras del Baco
de Rubens;
[…]
Que me sea total
y parcial,
periférica y central;
y que al soltar mi mano
la antorcha de la vida,
con la antorcha caída
prenda fuego a mis lacios
cabellos, que han sido antes
ludibrio de las uñas
de las bacantes.
Que me rece con rezos abundantes
con lágrimas pocas;
más negra de su alma
que de sus tocas (López, 2004: 166-167).

La presencia mística de las oraciones y el fuego, ahora como una “antorcha de la vida” que al terminar su función es una “antorcha caída”, y que prendió fuego a los cabellos. Las referencias sexuales no dejan de salir a lo largo del poemario, como en otros poemas; “Todo…” y “Mi corazón se amerita…” serían otro ejemplo de ello.
De esta manera podemos concluir que para López Velarde el agua en Zozobra simbolizará la mujer en la que se terminará hundiendo. En oposición semántica, el fuego será el elemento masculino que ayudará a pasear en este universo de náyades y sirenas cargadas de un erotismo deseosas del fuego masculino. A la par, los adjetivos que usa para referirse a estos poderes naturales remarcan un poco los deseos que Bajtín llamaría el “inferior absoluto”. Claro que cada palabra en López Velarde llena de colores y significados tan variados en el poema, pero la muestra que se ha dado ha bastado para comprobar al menos cómo busca conectar semánticamente el grupo del erotismo con la del fuego y el agua.

Bibliografía

Beauvoir, S. (2008). El segundo sexo. Madrid: Cátedra.
Carballo, E. (2003). Protagonistas de la literatura mexicana. México: Porrúa.
Chevalier, J. (1986). Diccionario de símbolos. Barcelona: Herder.
Eliade, M. (2003). “El simbolismo de las aguas”, Revista KENOS. (3). Recuperado de http://www.temakel.com/trtressaguasmeliade.htm
González Martínez, E. (1984). Tuércele el cuello al cisne y otros poemas. México: fce.
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Lazo, R. (2000). Historia de la literatura hispanoamericana. México: Porrúa.
López Velarde, R. (1998). Obra poética. Santiago de Chile: allca.
__________. (2004). Zozobra. Xalapa: Unidad Veracruzana.
Nucci, H. (2007). Diccionario de mitología. México: Océano.
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Paz, O. (1994). La llama doble. México: Seix Barral.
Zaid, G. (1993). Ensayos sobre poesía. México: El Colegio Nacional.
Diccionario de la lengua española, (2002). México: Espasa.

Historia de la cultura literaria en Hispanoamérica II. (2010). México: fce.