domingo, 21 de mayo de 2023

La monstruosidad

La mirada de la ginecóloga puso a Alicia aún más nerviosa. No sólo estaba con la doctora Meggy por compromiso, sino que ahora resultaba tener algo más serio que simples cólicos.

—¿Algún problema?

—Pues… —La ginecóloga trató de interpretar el ultrasonido—. No te lo puedo asegurar ahorita, pero hay un cuerpo extraño que no me gusta. ¿Cómo dices que han sido tus dolores?

La manera en que le dio la vuelta a la situación perturbó a Alicia; sin embargo, la actitud de la señora Aranda fue más agresiva.

—Disculpe, doctora —la interrumpió—. ¿Eso significa que mi hija está embarazada?

Alicia esperaba esa reacción de su madre: siempre sobreprotectora, siempre velando por una falsa apariencia familiar.

—No podría afirmarlo. Más bien, me preocupa demasiado la imagenología: no sé, veo mucha carnosidad dura y eso ni es de un bebé ni de un tumor.

La doctora dudo qué decir o hacer.

—¿Qué hiciste, Alicia?; ¿con quién te metiste?

El aire del consultorio se hizo más pesado. La doctora Meggy recapacitó sus siguientes palabras para no comprometer a Alicia, a una madre castrante y mucho menos a ella misma. La mirada recriminatoria de la señora Aranda regresó a la doctora.

—¿Y entonces qué tiene mi niña? ¿Sí está embarazada?

No había una respuesta objetiva para esa pregunta. La doctora Meggy no sabía qué creía dentro de la paciente. Además, lo más anormal ahí no era la condición médica sino la penitencia a la que debía someterse Alicia. Según los registros médicos su paciente acababa de cumplir los 33 años hacía un par de días; tanta prohibición no debía ser sana. Aquello era casi ofensivo para una mujer creyente de los estatutos feministas del siglo xxi como era la ginecóloga. Ella había tratado con casos similares en muchachitas de secundaria, nunca de mujeres hechas y derechas qué a sus 30 siguieran ligadas por sus familias. Por fortuna, sabía qué hacer:

—Si me permite el atrevimiento, puedo solicitar el apoyo de un colega. Los resultados son a primera vista alarmantes, si me ayuda firmando una responsiva con mi asistente allá fuera, puedo mandarle el eco a un compañero que trabaja casos como estos.

Esa mentira había permitido a los padres irse de la sala y dejarles platicar a gusto durante algunos minutos.

—Lo que me faltaba. Además de todo, tu jueguito se va a llevar de corbata a nuestra economía. —Tomó su bolsa, se la apechugó y salió molesta del consultorio—. Voy a firmar los papeles. Nomás con que me salgas que andabas de pecadora, eh.

Cuando la señora Aranda se fue, la doctora cerró la puerta con seguro indicándole Alicia que era libre de hablar.

—Doctora, no puedo estar embarazada —fue la confesión de Alicia—. Pero además llevo más del año sin tener nada con nadie… —se interrumpió como si su madre pudiese oler ese pecado al otro lado de la puerta—. Tengo miedo.

—¿A qué edad empezaste tu vida sexual activa, Alicia? —Ante la duda de la paciente, la doctora tuvo que recordarle que iban contrarreloj—. Te recomiendo que digan las cosas sinceramente y sin rodeos. Tu madre no tarda en regresar.

—Pues eso fue hace mucho, doctora. Pero ahorita llegó mucho sin nada.

—No quieres que tu mamá se entere, ¿verdad?

—¡Ay, cómo cree! Ya la escuchó: seguramente me va a querer correr de la casa o algo peor.

—¿Crees que esto sea por algo en particular: alguna autoexploración algo que experimentaras?

Unos segundos de duda le indicaron a la doctora Meggy que le estaban ocultando algo.

—Pues… —Alicia tuvo que confesar—. ¿Cuentan los centauros?

La ginecóloga hizo para atrás su cabeza mientras un parpadeo compulsivo respondía por sí misma.

—Es que no sé si cuente realmente. Yo lo sentí, pero pensaba que eso era parte de un sueño.

—Pero… ¿Cómo que un centauro? Trata de ser directa, por favor. Tu madre va a regresar y necesito que me cuentes bien todo.

—Si. Hace dos meses tuve un sueño muy raro dónde llegaba un centauro a mi cuarto. Era muy guapo. Era un monstruo fuerte con el pecho desnudo. Apareció cuando ya tenía la puerta cerrada; yo estaba en la cama y él se subió al colchón con sus pezuñas. Me hizo las cosas más deliciosas que se le pueden ocurrir, doctora. Yo me desmayé a la mitad del acto. Le juro que no sé cómo, pero cuando me desperté vi estas marcas en mi cuello —Alicia bajó su camisa para mostrarle unos fuertes callos enmarcados en su cuello—. Era de dónde me apretaba para que no hiciera ruido. —De ser rastros de dedos, aquel ser había medido dos metros y medio de alto el tamaño que seguramente tendría un centauro.

—Lo que no entiendo es… —La doctora estaba a punto de decir algo para lo que nunca la habían preparado en la facultad de Medicina—. ¿Cómo tuviste sexo con un ser mitológico?

—No, doctora. Yo creí que era un sueño.

—Bueno podríamos descartar eso de entre las causas… —No estaba del todo segura—. ¿Habrá sido algo diferente? ¿No usaste algún juguete que estuvieras sucio?, ¿has tenido sexo en situaciones de poca higiene? A veces el hombre tiene la culpa: necesito toda la información posible.

Alicia negó con la cabeza.

—Quiero que trates de tomarte esto con seriedad. Necesito saber algo más tangible.

El pomo de la puerta intentó abrirse. La señora Aranda golpeó un par de veces.

—Alicia, sin toda la información, no puedo dictaminar lo que tienes. Puede ser un tumor, un quiste o algo desconocido. No podemos arriesgarte a un tratamiento que no te corresponde. ¡Ya voy! —la doctora miró por un par de segundos a Alicia.

—Doctora, le juro que le estoy diciendo la verdad. Yo creí que era un sueño eso del centauro. Estoy segura: lo soñé.

—Comprendo. —Abrió la puerta y permitió a la señora Aranda pasar al consultorio.

La plática terminó versando de otras cosas. Al final de cuentas, importaba poco si era o no un sueño. Le mandaría el ecosonograma al doctor Juan Chavolla para tener una segunda opinión.

 


El regreso a la casa fue en silencio. Alicia había pedido un Uber para llevarlas de regreso a casa.

Al llegar la situación explotó.

Por más que trató de explicarle a su madre de que podría tener un tumor o una malformación, la señora Aranda estaba segura de que se trataba de un embarazo producto de la monstruosidad de los actos cometidos por su hija. Para la madre, los cólicos y malestares de Alicia eran propios del vicio y el fornicio. Seguramente, la libertad que le había dado en los últimos años desencadenó un abuso de confianza en la muchacha. Recordaba claramente aquella “reunión de trabajo” de la cual regresó hasta las 12:36 de la madrugada.

—Ya te estrenaste, ¿verdad? —La señora fue directo al punto: como seguramente se había ido su hija con cualquier hombrezuelo.

—¡Mamá, no he hecho el amor con nadie…!

—Entonces lo que tienes seguramente es guardadito de hace tiempo. ¿Cuándo fue que te dio por pecar?

—¡No empieces, mamá! Sabes que tienes las de perder.

La señora Aranda la miró con ojos retadores. Alicia contestó furibunda.

—Cuando estaba niña, mi…

—¡Ya vas a empezar con tus mentiras! Ya de dije que Joaquín no te hizo nada.

—¿Y las sábanas llenas de sangre? Yo te dije que mi… —Aquello que creía en sus adentros le pateó con ira—… mi tío entró esa noche al cuarto y por más que te pedí ayuda… —Alicia sintió el llanto colársele por detrás de los ojos.

—Tu papá siempre confió en su hermano. Es imposible que hiciera algo así.

—Y ahora, ¡casi veinte años después, ¿te preocupas por mí?! —Otra patada en su vientre: si aquello era resultado de un centauro, le estaba brindando unas fuerzas sobrehumanas—. Cuando no debería ni importarte qué hago con mi vida ni con quién.

—Andas muy altanera. —La mujer retomó su pose de indignación favorita: la mano al pecho y los ojos bien abiertos—. Ya decía yo que darte permisos te iba a terminar afectando. Mira nada más: ¡La señorita cree que puede mandar a mi casa!

—¡Mamá, estás señorita tiene 33 años! ¡Me parece más ridículo que me estés culpando de hacer el amor con alguien en vez de preocuparte por el tumor que podría tener!

—Ay, no seas inocente, Alicia. —La mueca de desprecio le caló aún más—. La doctora bien dijo que no sabía si era un tumor.

—Pero tampoco es un embarazo. ¡No me vengas a echar la culpa de cosas que ni sabes!

Las voces fueron elevándose, volviéndose más complejas, llenas de odio. En todo el tiempo que llevaba al cuidado de su madre, Alicia jamás se había atrevido a contraponérsele.

—Te pasas, Alicia. Ni tu padre ni yo te educamos así. —La señora Aranda, de brazos cruzados en el umbral de la cocina, vio a su hija darle la espalda e irse al segundo piso—. ¡Qué te crees! ¡Te estoy hablando todavía!

Alicia azotó la puerta de su habitación. Ella decidió que la discusión ya se había acabado. Esa era la primera vez en que Alicia demostrada algo de valor en algo que no fueran redes sociales, foros y demás lugares donde no era ella.


 

Alicia fue la última paciente de la ginecóloga. Después de ello, la asistente de recepción se había despedido de la doctora deseándole un buen fin de semana.

Ahora, la Dra. Meggy estaba sola. Tenía tiempo para pensar: y eso había sido lo mejor, tras recibir el mensaje del Dr. Juan Chavolla, le costó mucho trabajo comprender qué pasaba.

 

Meggy

Te juro que no sé qué tiene adentro esa mujer pero si me pusiera muy imaginativo, pensaría que es una pezuña de toro. Tiene la forma y dureza pero no entiendo qué haría una persona con algo así en su matriz.

 

JC

 

La ginecóloga repasó puntualmente el correo electrónico. Ya había abierto la imagenología varias veces, pero tras revisar el correo, comenzó a ver lo mismo. ¿Qué hacía una pezuña de casi 10 cm abultada en las entrañas de Alicia?

Pensó en las insalubres prácticas sexuales de su paciente, pero el hecho ridículo de haberse masturbado con ese objeto y que acabara metiéndose en su matriz… Era increíble, y por más que repasara el informe y el ecosonograma le seguía pareciendo imposible.

—Un centauro…

La doctora repasó esas palabras y todo lo que podrían haber significado: un consolador, una posición sexual, un fetiche de internet, pornografía. En estos días todo era posible.

Se llevó los dedos al entrecejo y apretó sus ojos como si esa oscuridad le ayudara a ignorar ese caso tan difícil.

Con desgano, desenroscó la tapa de su termo que contenía el café de la mañana. Mientras gustaba el sabor añejo y frío de aquel brebaje, repasó la escena en su memoria: Alicia sentada en el sillón con sus ojos llenos de dudas hablando de un centauro.

Entonces notó la suciedad.

No se había dado a la tarea de desinfectar la silla ginecológica porque el Dr. Chavolla le había contestado pronto. Ahí, vio un puñado de pelambre blanco, justo en donde habría estado sentada Alicia.

Esos pelitos eran idénticos a cuando tuvo un gato. Recordaba lo difícil que era quitarlos de todas las superficies. Pero, que aparecieran ahí, en ese lugar específico le dieron una sensación extraña a la doctora Meggy. Pensó en el centauro, ¿cómo sería?

—¿Qué carajos está pasando con esa mujer?

Le dirigió otra mirada al café frío. Dedicarle más tiempo a pensar en esa situación era ridículo. Se puso de pie, tomó sus llaves y se dispuso a cerrar el consultorio.

 


En la noche, Alicia todavía tenía en su torrente el coraje de la discusión con su madre. Se dio cuenta de que la información que le había dado a la ginecóloga seguramente había sido vista de manera infantil, en sentido figurado o como una extraña jerga de internet.

Desde que el centauro había escurrido dentro de ella, supo que su vida no sería la misma. hacía unos siete meses que ese monstruo la había montado con furia y placer.

Esa misma noche, se repetiría aquello.

Alicia miró hacia la puerta: ahí estaba aquel ser de pecho desnudo, con su largo miembro escurriendo de placer por ella.

—En la cama no —dijo desesperada al pensar que el rechinido de la cabecera alertaría a su madre. Esto lo dijo sin saber siquiera si el centauro hablaba su idioma.

La bestia se arrojó hacia ella, rasgando la ropa y preparando a su víctima para concretar la corrida más intensa que jamás hubiera podido imaginarse Alicia.

La monstruosidad tomó del pelo a la mujer y le levantó las caderas. Entró de golpe con toda la brutalidad de un equino inexistente.

Y mientras la señora Aranda se preparaba un té en la cocina, justo sobre su cabeza, Alicia era tocada tan profundamente como ningún hombre jamás alcanzaría.

La manera en que la sometía le recordó aquella noche de agosto con una luna caliente que levantó en su tío Joaquín un deseo malsano de abusar de la pequeña Alicia. 11 años recién cumplidos y Alicia estaba debajo de un hombre gordo y con olor a cigarro que la movía de modo tal que sentía unas ganas desmedidas de ir al baño.

Pero esta vez era diferente. Se sostuvo de las pezuñas, acarició el segundo vientre que tendría el centauro, y pudo sentir —antes de desfallecer— la bestial arremetida del centauro.

El abdomen de Alicia se sentía a reventar: seguro creía que era la semilla del centauro, pero seguramente se trataba de aquella pezuña, la cual elongaba milímetro a milímetro.

Lo que la despertó, desfallecida en su cama, con el vestidito rasgado y moretones por dentro y fuera, fue una coz de un placer agonizante en toda ella.

 


Aquello que pasó con el centauro empezó a repetirse.

Por varios días, las violaciones fueron tantas que Alicia ya ni rechistaba. En sus ojos, un miedo cristalino brillaba en celo, pidiendo más y más de ese potro blanco, de su semental mitológico.

En las mañanas iba al trabajo; pero a la noche, él llegaba con su miembro cada vez más largo, más grueso y chorreante.

Día tras día, ella se tapaba la boca para no llorar un orgasmo (Tranquila, Alicia. Haz feliz a tu tío Joaquín). Gozosa, ya no se arrepentía de cómo esa monstruosidad la trataba como miseria. (Así, no digas nada). Sentirse usada por el potro la atormentaba de placer como si fuera la yegua potranca que nunca pudo ser a causa de su madre.

Alicia supo esconder sus cólicos diarios, las rozaduras de sus piernas. La lívido prendida cuando el camión rebotaba en un bache y ella sentía el dolor placentero romperle por dentro. Lo que no pudo disimular fue el abultamiento de su vientre: parecía una mujer con cuatro meses de espera.

Obviamente, su madre la acusó de todo menos de víctima. Si alguien había pecado, era ella. Eran sus modos, sus caminadas, la manera en que ella le hablaba a sus compañeros, cómo se vestía.

Alicia, se supo guardar las palabras aquellas. Al final, se había tenido que guardar aquel abuso; y ahora, guardaba dentro de ella las brutales embestidas de su amante nocturno.

Así que siguió apurándose en el trabajo: a cualquier oportunidad regresaba a su casa, subía las escaleras, se desnudaba por completo y se tiraba al piso levantando la cadera. Necesitaba la violencia de aquel ixiónida.

La madre limpiaba con esmero la habitación de su hija, pero no encontraba nada alarmante, ni cartas, ni lubricantes, pastillas, ni condones. Barría con cuidado, pero sólo sacaba el polvo y algunos de esos sedosos pelitos blancos: finos como los de los gatos; pero pecaminosos en extremo.

Alicia sabía que su madre estaba al tanto, por lo cual se tiraba al suelo, allá podría limpiar el semen, la sangre, su saliva. Ella estaba descubriéndose feliz.

 


Pasó entonces que un 6 de agosto, la noche más caliente de todo el temporal, ninguna pudo dormir.

La noche fue inquieta para todas: la señora Aranda rezaba para que el alma eterna de su hija viera la luz; la doctora Meggy pasaba y repasaba el ecosonograma y los correos de expertos ganaderos, de otros colegas: todos decían que aquello era una pezuña. Pero Alicia no se dignaba a volver a consulta porque las noches las tenía reservadas para su centauro. Para acabar, Alicia —casi adicta a la monstruosidad aquella— era embestida hasta la agonía.

Cuando Alicia caía rendida y el ixiónida desaparecía, ella soñaba con un pequeño caballo galopando en sus entrañas. Los golpes eran similares: el animal quería salir reventándole el estómago como amante nocturno la reventaba contra el piso. Creciente, como la luna, el potrillo se desarrollaba con gusto.

Esa noche, inquietante de calentura y de pensamientos, la señora Aranda llegó al último misterio del Vía Crucis cuando el grito de dolor de su hija la despertó del numen católico en el cual se había sumergido. Su instinto maternal borró de golpe su desaprobación. Era un viernes caliente, y antes de que la recepcionista de la ginecóloga se fuera, recibió la llamada urgente de que Alicia estaba en labor de parto y no podían moverla siquiera de la cama. Su estómago arrempujaba hacia todos lados como si una bestia quisiera emerger de ella.

 

Doce minutos: el consultorio estaba cerca.

Aquel dolor atípico de Alicia le destruía por dentro. La Dra. Meggy observaba con horror aquella panza enorme.

Para Alicia fue como cuando descubrió que su tío no le estaba haciendo nada bueno. El orgasmo de la bestia se había convertido en un desgarro de sus entrañas. Los chorros de placer se habían tornado un amnío sangrante.

Los gritos rompían tímpanos y fuentes. Las tres mujeres en la habitación sintieron que algo extraño se aproximaba. Algo trotaba hacia fuera de Alicia.

 


En 20 minutos, las contracciones eran insufribles. La madre ya tenía toallas y agua hirviendo. La ginecóloga estaba lista para recibir a esa criatura.

El estómago de Alicia parecía golpeado con la fuerza de un percherón mortal tratando de romperle la panza a su madre en vez de salir por lo que su padre había denigrado tantas veces a la pobre mujer.

Gritos, dolor, sudor… de todo le ocurría a la pobre Alicia y, con espuma en la boca, agonizaba por ese ser tan otro que pedía cabalgar por el mundo. Eso no era lo que se había imaginado; era como cuando su tío le había mentido diciéndole que no le iba a doler.

La señora Aranda no sabía siquiera dónde ponerse, acataba todas las indicaciones que le daba la doctora. Sabía que algo estaba mal en ese pecado parturiento y en aquel niño sin padre.  En cuanto el bebé saliera de las entrañas de su madre, la correría de la casa; pero ahora debía ayudar a su hija, quisiera o no, la quisiera o no. Bajó pronto a poner más agua a hervir.

Alicia dio un manotazo en el colchón. Fue el único indicio de que el parto empezaba.

La doctora Meggy quedó atónita al ver un pelambre blanco y salvaje.

Casi de forma de forma instintiva Alicia apuró las contracciones. La invadió un instinto atípico: estaba segura de que así debía hacerle, de que era su manera de aventajar aquel dolor insoportable.

Entonces salió: la expulso rápidamente como si ni siquiera su cuerpo la quisiera dentro.

Alicia gritó despavorida sintiendo las mismas mordidas paradisíacas del centauro en su cuello, pero esta vez a modo de desgarre: lo que salía no era más que una quijada desmembrada con un pelambre blanco.

La doctora Meggy no pudo creer lo que estaba enfrente a ella: embebido de placenta sangre y sangre viscosa, estaba una quijada.

El burbujeante abdomen de Alicia continuaba moviéndose. Era la peor pesadilla de cualquier madre: sentir las manos abriéndose paso entre el ombligo, pero en vez de dedos, eran las afiladas pezuñas de un monstruo horrible.

En el piso de abajo, la señora Aranda oraba por su hija y su alma eterna mientras esperaba que la tetera eléctrica. Ahí, cerca de la cafeterita y de las cosas del café estaba la foto de su difunto esposo abrazado de su hermano.

 

Lo que salió después, fue una pezuña, quizá la que había visto la doctora; pero ésta venía más larga, casi con la pierna de un potrillo. De no haber sido de estómago fuerte, la doctora habría vomitado ahí mismo, pero un miedo ominoso le cerró el estómago y el pensamiento. Debía seguir en la labor de parto.

Alicia sintió esa violación inversa: lo que había entrado ahora salía de forma imposible y cercenada.

Salió otra pezuña, ésta más corta.

Una más.

Siguió un costillar a medio podrirse.

Pedazos de vísceras.

Aquello parecía un vómito de vida: pedazos decrépitos que al unirse podrían conjuntar a una monstruosidad imposible.

El clic del hervidor a le indicó a la señora Aranda que podía subir a toda prisa tratando de no caerse ni de quemarse.

En los cuartos, una confundida doctora sacaba de aquel vientre un adefesio fantástico y morboso.

Alicia sangraba, profusamente sangraba.

Salió la última pierna del potrillo: era más larga que todas y había servido como un tapón para el resto del animal: la cola, el cuerpo, vísceras, un resto de cabeza.

A estas alturas, no era posible saber si la sangre provenía de esos retazos equinos o de la mujer que expulsaba a un no-vivo.

La señora Aranda entró para dejar caer la tetera hirviente al piso. Poco le importó quemarse los tobillos o dañar la alfombra del pasillo. Tanta putrefacción junta la llevó a la locura… ¡era el demonio! Quiso gritarle de qué se iba a morir, darle una perorata cristiana de las negativas del sexo, reclamar la posible zoofilia o las prácticas horripilantes que había tenido al meterse tanto caballo dentro.

La doctora Meggy vio salir el último pedazo de animal… un ojo desajustado de haber estado unido a un cuerpo habría visto la vida.

Alicia sintió un descanso total, como si acabara de vaciarse de todos sus problemas y el único que quedaba era su madre de pie en el umbral de la habitación mirando el reguero de centauro manchando pisos y sábanas.

Pudo haber sido un reclamo en el momento más indicado: la señora Aranda gritando improperios y maldiciendo a la pecaminosa de su hija; pero se le antepuso la mirada de sorpresa de la ginecología. Tras la señora estaba el centauro que derribó a la mujer con una patada la cual le fracturó la espalda, matándola al instante.

Esa monstruosidad avanzó hundiendo sus terribles patas en el cadáver de la mujer.

Su hijo, el ser que procuró irle creciendo a Alicia con cada noche, estaba incompleto y destruido. De un lado a otro la habitación había miembros inertes: tripas putrefactas y huesos encarnados exhibiendo todavía el pelambre blanco de su padre.

El intento del ixiónida por perpetuar su corrupta estirpe había fracasado nuevamente. Pero ahora, la monstruosidad tenía dos víctimas encerradas ahí.

Alicia sonrió estirando la mano queriendo tocar ese pelambre blanco, pero sintiéndose rechazada cuando vio cómo el potro sujetaba las ropas de la ginecóloga arrancándolas de un solo movimiento.

 


Imagen generada por Midjourney




martes, 9 de mayo de 2023

Veneno para colibríes

 —Ay, profe, acabo de llegar, pero le cuento lo que sé…

Así me recibió Jade aquella vez que la vi afuera de la escuela minutos después del accidente de tránsito.

Justamente le acababa de decir al salón: “Si ven a su compañera, díganle que va a reprobar por faltas”. Y siempre había alguien que me respondía: “Está enferma, profe”, en todos los salones, pero ella sí estaba enferma. 

La neta, no esperaba que esta conversación tan repetida salón por salón fuera a quedar grabada en mi memoria; menos, el caso de Jade: una alumna olvidable y con rasgos físicos que tachaban en el cliché más allá y sólo perpetuada en mi memoria por su timidez y reserva en clases.

Huitzilín —nombre tan complicado de recordar que era imposible no memorizárselo—, llamaba la atención en las clases: no por el sobrepeso, ni por los shorts tan pegados a la ingle, sino porque algo tenía. La rodeaba un aura inquietante como si hubiese salido de alguna película de la época de oro de cine mexicano. Esa mirada, esos ojos, esa manera de mover sus dedos decorados con anillos de abuela. 

Aunque ella no era la concejal, sí era la jefa del grupo. Todos en el aula —incluso yo— sabíamos que nada se hacía sin la aprobación de Huitzilín. Si se querían ir temprano de las clases o decidir el tema del debate, todo era mediado por ella. No sabía cómo es que ella siempre estaba al tanto de todo. Era como si la vida le preguntara a ella cómo debían ocurrir las cosas. Y en medio de tanto caos y sinsentidos como los propios de un bachillerato, ella, con sus mugres 16 años, era quien administraba la vida y la muerte en la preparatoria.

Los profesores no teníamos razón alguna para sospechar algo malo de ella: siempre era atenta, buena persona, hacía bien los trabajos, incluso ayudaba a mantener el orden en los alumnos; ¿miedo o respeto?, no quedaba claro. Eso sí, era incómodo cómo siempre buscaba tener la última palabra, aunque fuera un saludo o despedida; pero eso se le perdonaba porque era parte de los alumnos que te hacían reír en los pasillos y con los cuales podrías mencionar un poco tus gustos personales sin ser juzgado con silencios incómodos.

Pero, ¿por qué debo hablar de Huitzilín y por qué no me centro sólo en Jade? Es justamente la unión de esas historias lo que me perturbó. No habría imaginado que esas dos estuvieran tan unidas de no ser por ese evento, por mi manía por enterarme de cosas que no me incumbían. Jade estaba ahí afuera de la prepa junto a casi todo el alumnado. Nuestra escuela estaba ubicada en medo Anillo Periférico y una mujer había tenido un accidente: quiso correr más rápido que un camión. Pasaba a menudo, sobre todo con quienes les daba pereza usar el puente peatonal. 

Yo llegué cuando estaban embolsando a la mujer para meterla en la ambulancia. Y para no dejarme ver tan chismoso, me acerqué a alguien a preguntarle sobre aquello. Jade me puso al tanto de lo ocurrido con la mujer, en cómo ella no había visto pero que le habían contado todo al llegar. Cuando ya la ambulancia se fue en silencio, me di a la tarea de cruzar el puente. Pese al accidente muchos alumnos se cruzaron Periférico corriendo entre los carros como si no hubieran aprendido nada. ¡De hecho! Para eso van a la preparatoria, aparentemente, para olvidar milagrosamente todo lo que ven ahí.

El caso es que al pie de la escalera me atrapó Jade. Estaba cansado, llevaba dando clases desde las 7:00 y eran cerca de las 5:30 —media hora del chisme aquel, claro— y no tenía muchas intenciones de escuchar escusas pendejas sobre faltas y problemas familiares.

Lo que sí; la chica supo retenerme con la única pregunta que me podía parar en seco:

—Profe Galindo, ¿usted cree en la magia?

Tantas veces que he escuchado eso. Tantos estudiantes que han acabado mal cuando me hacen la fatídica pregunta.

Oculté mi preocupación tras los lentes oscuros y miré a todos lados. Hablar ahí, junto a los muertos. Le propuse a la señorita pasar a la escuela de nuevo. 

—20 minutos, no más.

Ella agradeció y nos fuimos de regreso a la escuela. Hablar con una alumna en secreto debajo de un puente seguro se vería peor que afuera de la dirección. Las apariencias lo son todo cuando das clases a menores de edad que quieren jugarle a ser adultos.

—Profe, es que no me he sentido bien. 

Eso no era ninguna novedad para mí: pero nada tenía que ver con la magia. ¿a dónde quería llegar?

—Es que, mire, le cuento: ¿ubica a Huitzilín?

Ese nombre ligado con la palabra “magia” me dio un calosfrío atípico. De pronto miré a todos lados esperando ver a la gorda de mi alumna a lo lejos con esa sonrisa falsa observarme al escuchar su nombre.

—Pues fíjese que desde hace unos meses empecé andar con su prima. 

¿A dónde quería llegar esta niña?

—Al inicio todo iba bien. Huitzilín salía con nosotras y nos divertíamos las tres. Nos la pasábamos en la casa de Huitzilín y platicábamos, veíamos películas y no había problema. Pero como que empezaron a haber… situaciones. Huitzilín empezaba a dejar la puerta abierta del cuarto para que no nos besáramos. Si había equipos quería estar con Xóchitl, es que así se llama, profe, perdón. Y yo creo que algo estaba raro ahí. No sé si Huitzilín quería conmigo o con su prima, pero se puso re-celosa…  

Por suerte —y desgracia— la prepa se estaba empezando a vaciar. Menos personas que escucharan aquello, pero si pasaba la prefecta y me veía a solas con esa chica podría pensar que estaba tratando de seducirla o venderle calificación a cambio de… sepa Dios qué.

—El caso es que ya no nos dejaba que estuviéramos en su casa. Decía que su mamá tenía trabajos y demás; y pues ni modo que le diga que no a doña Cleme, ya ve.

No iba entendiendo, la verdad; pero quería que acabara pronto y me dejara en paz. Miré mi reloj un poco hastiado. ¡4 minutos apenas! 

—Fue entonces que nos empezaron a pasar cosas, profe. Yo me empecé a sentir mal. Me dio una calentura, profe. Pero así feo. Me llevaron al Urgencias y el doctor decía que no sabía que traía. Me puso una inyección y estuve mejor, pero al día siguiente otra vez, profe: vómitos y todo.

Seguramente le había dado dengue. O sea, síntomas más obvios que no se le ocurrió decir.

—Pero también se empezó a sentir mal Xóchitl. A ella le fue peor. No sé si me entiende.

Levanté una ceja en señal de desaprobación. ¡Claro que la entendía! ¿Cómo se le ocurría decirme una frase tan pendeja? —Sí… continúe.

—Pero estoy segura; no yo: estamos. Estamos seguras de que fue Huitzilín quien nos hizo algo, profe. Siempre barría cuando nos íbamos, recogía cabellos del piso, nos peinaba en lo que estábamos viendo una película… algo nos hizo.

—¿Qué tiene que ver ella con todo esto? —Estaba impacientándome—. ¿Es bruja o qué?

—¡Profe, ¿no sabe quién es doña Cleme!? —exclamó Jade. Varias personas quisieron arrastrar sus miradas hacia nosotros, pero seguro el nombre les asustó. El morbo de la mujer atropellada y el de la tal doña Cleme eran distintos. Eso lo aprendí a la mala.

—Es que su familia hace trabajos.

Por un momento pensé que se refería a la prostitución, pero, no…

—¿Apoco no sabía, profe? Esa familia hace limpias y trabajos. Si ubica a la maestra Margarita, ¿verdad? Pues ya ve que no podía tener hijos y que había abortado varias veces. Fue con doña Cleme y ahí la tiene ya con su bebé. Creo que también le ayudó al profe Juan con lo de su vesícula. Ya lo iban a operar, y después de ir con doña Cleme, orinó sangre porque estaba sacando las piedrotas que traía. No, profe; la familia de Huitzilín es bien conocida acá. Es que usted no es del barrio; pero si supiera todo lo que hacen.

 —¿A poco? —No supe qué más decirle.

—Segurito que algo me hizo, profe. No sé si fue Huitzilín o su mamá, pero me hicieron un trabajo. Yo la vi con un colibrí muerto en una caja, profe. Eso es señal de brujería. Algo me hizo. Pero no nomás a mí. Xóchitl empezó a sentirse mala también. Por eso ni he venido, sé que si me mira me va a armar algo peor, profe. No es nomás en su clase, ya nomás estoy viniendo a hablar con los maestros, pero a usted sí le puedo contar de esto. Sé que me entiende, ¿verdad?

—¿Y por qué no te haces una limpia o algo así?

—Pues es que la persona que hace eso es doña Cleme. Y si no fue Huitzilín la que me hizo esto, seguro fue su mamá. Y una no puede meterse con esa familia y salir bien. Si le está haciendo esto a su propia prima… Pero, ¿por qué? Nos llevábamos bien y todo. 

—¿Y el Mercado Corona?

—Ay, no, profe. Doña Cleme es bien conocidita. Le vienen a pedir ayuda desde Ajijic y Aguascalientes, profe. No le ve la ropa que usa Hutzilin, a su manera pero esa no es ropa de paca, es de marca. Se van cada tanto a Zapotlanejo de compras y a hacer trabajitos para unos narcos que están allá, profe. Si le identifican que es un trabajo de doña Cleme, segurito y no se arriesgan a quitarme lo que traiga.

Insisto que la manera en que me lo decía: un miedo bien metido en el tuétano, daba una sensación de advertencia, como si ella tratara de decirme que no me acercara a Huitzilín, que me fuera ya a mi casa, que abandonara la preparatoria.

A lo lejos miré y estaba la prefecta. Por fortuna había un par de estudiantes en la zona y no se veía sospechoso; pero esto se estaba tornando peligroso, extraño, enviciante. Quería saber más al mismo tiempo que huía de ese chisme tan extraño.

La prefecta se fue acercando a nosotros y Jade supo reaccionar rápidamente: —Yo le traigo los trabajos, profe. Gracias por dejarme entregarlos la siguiente clase.

Sé que lo dijo para salvar su propio pellejo, pero salí intacto.

—¡Galindo! —me gritó la prefecta—. ¿Calificando todavía?

—Alumnos que no se presentan y vienen a salvar el semestre, ya ves… Aquí me tienes explicando todo el curso en media hora.

A la fecha sigo sin saber si me creyó o no; pero si tenía alguna duda de mí, ya quedaba en su consciencia y sus malos pensamientos. 



La noche fue difícil. Tuve pesadillas recurrentes sobre Huitzilín, ¿cómo no si había escuchado que tenía a una bruja hamletiana en mi salón lunes y miércoles? 

Recuerdo que me abordaba a final de clases para preguntarme por Jade. En una cajita llevaba un colibrí muerto; estaba relleno hasta el pico de pelo, ¿el de Jade y su novia? 

Entonces ella me rodeaba con un aroma a pachuli y tierrita de cementerio. Me miraba por dentro, me leía, me hacía recordar la conversación con Jade para curiosear en mi mente. Cada palabra, cada letra ella la repetía a una velocidad incólume, su voz emulaba el zumbido de colibríes feroces revoloteando alrededor de una flor, tratando de esgrimir su largo pico para atravesarle el corazón al otro, como queriendo matar el amor que hubiera entre otros seres. Las flores siempre serían de los colibríes, y Xóchitl se quedaría en manos de Huitzilín, sin que Jade pudiera intervenir.



El miércoles, ansioso de verla en clase, evité a toda costa mirarla. Cuando levantaba la vista, Huitzilín parpadeaba para dirigir sus ojos hacia mí. Seguía trabajando, pero su mirada estaba presente, penetrante, como en el sueño. Terminé pronto la clase y me despedí del grupo. Iba a decir algo sobre Jade y sus faltas, pero me reprimí antes de hablar siquiera. Huitzilín volvió a observarme para rematar con un “Cuídese, profe”. ¿Era una amenaza?

Decidí que era un profesional: mi trabajo era dar clase, no tomar partido. Defender a una era ponerse en contra de la otra. No era mi problema. Pasé reporte de faltas a Orientación Educativa y me dirigí a mi casa.



Una tarde llegó a mi correo el trabajo de Jade. Ya ni me acuerdo qué era: una reseña, un ensayo. Era patético, le puse 15 de 20, quizá. 



Ese mismo día vi a Jade en el patio, sola, acababa de comer y tenía el refresco abierto a su lado. Las burbujas salían libremente sin que ella mirara la botella. Con los ojos perdidos movía las manos hacia adelante y hacia atrás como en medio de un trauma. Parecía querer agarrar algo frente a ella, pero con la facilidad del aire se le escapaba de sus manos. 

Habían atropellado a su novia: una moto. Ella iba acompañándola y como si nada, Xóchitl tropezó, cayó hacia delante y la motocicleta la empujó tres metros más allá. La hospitalización corrió por parte de la madre de Huitzilín, eran las ricas de la familia.

Todo eso me lo contó una compañera de su salón: alguien de quien ni siquiera me importó recordar su nombre. Ella no era relevante, sino la explicación de por qué Jade estiraba los brazos: quería atrapar a Xóchitl antes de caer al arroyo vial y ser arrancada de sus manos.

Aquella actitud tan perdida me dio pena: Jade estaba destrozada como los huesos de su novia. Machacada en alma y carne; Jade se había separado de sí misma, como si el hechizo lanzado tuviese la intención de matarla por dentro.

Con esa imagen me quedé por toda la tarde, con Jade moviendo sus manos hacia el frente, tratando de aferrarse a un pasado que ya no existía. Con esa imagen me quedé hasta que a la salida de la escuela volví a ver un corro de gente en Periférico: ¿otro muerto que no quería cruzar el puente?

Me asomé buscando a alguien que me pusiera al tanto, y sí, nuevamente estaba Jade. Cuando me coloqué a su lado pude ver lo que nos reunía a todos. Huitzilín estaba en el piso: su sangre infecta reclamaba ese espacio. Los celulares se alzaban con saña para grabar aquel incidente mientras la prefecta trataba de pedirle a la gente que se fueran, que tuvieran respeto por su compañera. 

En el piso yacía, atravesada por la llanta de un 380 el estómago de Huitzilín que reventó ante la presión del transporte público confundiendo sus entrañas con las plumas de lo que debió ser un colibrí.

Jade, en shock, miraba hacia el cuerpo inerte de su compañera. Sus puños apretados y pegados a su cuerpo me explicaron qué había ocurrido. Sobre todo, cuando le pregunté qué había ocurrido y ella, a diferencia de la vez pasada en que me había explicado a lujo de detalles cómo la otra mujer cruzó Periférico sin fijarse, en esta ocasión sólo respondió en un monótono ritmo funerario:

—No sé, profe. Yo acabo de llegar… —Y bajó sus brazos. Ya no tenía necesidad de seguirlos moviendo hacia delante.



Imagen generada por Midjourney


lunes, 24 de abril de 2023

Dos minificciones contra las drogas

En polvo eres y en polvo te convertirás

Cada vez que aspiraba, sentía cómo su espíritu se desprendía de su cuerpo y se elevaba hacia el cielo, donde bailaba con las estrellas y recorría constelaciones desconocidas. Por un breve instante, era libre, y esa libertad lo embriagaba como el néctar de los dioses.

Mientras su espíritu volaba en las alturas, su cuerpo en la tierra se debilitaba. Sus huesos se volvieron frágiles como el cristal, y sus músculos se consumieron como velas en la oscuridad.

En esa ocasión, su espíritu se desprendió por última vez, y desde el cielo cayó en picada. Lo recibió aquel cuerpo frágil: cristal roto, cera derramada... despojos de algo que ya no era nada.

 

Después del viaje

Juan decidió marcharse. Atrapado en aquella realidad, no se dio cuenta de que había abandonado a su amigo Tomás. Al día siguiente, despertó de aquel ensueño para descubrirse en cualquier lado menos en aquella reunión del día anterior.

Juan se había ido, sí; pero otro que se había marchado —y esta vez para siempre— fue Tomás, quien no entendió los riesgos de aquella fiesta.

 

Imagen generada con Midjourney







sábado, 11 de febrero de 2023

Ejercicio de reescritura con Chat GPT

Chat GPT es increíble para generar textos automáticos... incluso parafrasea información, sin embargo... ¿qué pasará con los derechos de autor? ¿Podría demandar a una AI por usar mis textos? 

Para probar esto, introduje "Mírame a los ojos" y le pedí que escribiera algo similar... el resultado es decepcionante, la verdad. Cambió los números, los nombres... copió partes idénticas. Quizá podría funcionar si fusionara textos.


"El sueño interminable"


Sofía creyó abrir los ojos. Había estado en un profundo sueño desde que salió del consultorio del doctor y estaba en su proceso de recuperación. Se sentía consciente, pero no escuchaba nada. Era un hospital, y cualquier sonido podría despertar a los pacientes dormidos.

Sus primeras palabras fueron un débil "Mamá", pero no obtuvo respuesta. A sus doce años, podía moverse sola, pero aún así, el abrazo de su madre siempre le reconfortaba.

Intentó salir del sueño, pero al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que algo no estaba bien. Las paredes del cuarto parecían estar desteñidas y antiguas, como si hubieran pasado siglos desde que ella entró en el sueño. Estaba sola en el piso seis del Hospital Central.

Sofía decidió salir del cuarto y caminar por el pasillo. Todo parecía igual de antiguo y decrépito, como si algo hubiera causado estragos en el hospital. El camino que tenía que seguir le resultaba extraño y parecía alguna película de terror.

Finalmente, llegó a la puerta del piso infantil. Al mirar a través del ventanal, vio que su ciudad estaba completamente destruida y que el cielo tenía un aspecto aterrador, con ojos parpadeantes en lugar de estrellas. El dolor en su estómago se intensificaba, como si algo dentro de ella estuviera rompiéndose.

De repente, Sofía sintió un vacío en su interior y su padre irrumpió en su fantasía, dándole un beso en la frente y diciéndole: "Mañana volveremos a jugar al doctor, ¿va?"


Chat GPT es una tecnología fascinante que nos permite generar texto de manera autónoma, ofreciéndonos una ventana hacia el futuro de la literatura. Con su capacidad para aprender de vastas cantidades de información y generar texto coherente, podemos imaginar un mundo donde los escritores no tienen que preocuparse por la escritura técnica y puedan centrarse en la creatividad y la narrativa. Sin embargo, es importante tener en cuenta que la tecnología solo puede llegar hasta cierto punto y que la verdadera magia de la literatura siempre residirá en la habilidad humana para conectarse emocionalmente con el lector a través de la emoción, la introspección y la creatividad única. Al final, la literatura será siempre una expresión humana, y Chat GPT solo será una herramienta para ayudar a los escritores a crear [Esto lo escribió justamente la AI].

domingo, 27 de noviembre de 2022

¡Formo parte de la colección Liteleecto!

Les comparto con mucha felicidad que soy parte de una colección literaria nueva que ha sacado Lernen Books para promocionar la lectura en las escuelas.


Espero que la puedan adquirir. Estará pronto en librerías y si están en la FIL, estará en venta en el Stand B24.


sábado, 23 de abril de 2022

Anderson Imbert - El Cuento dentro del cuento en un cuento de Andy: "La elocuencia del robot Pentekostós" (narrado por Ome Galindo)

Les dejo mi propia narración en voz alta de uno de los cuentos que leí para mi tesis y que va muy ad hoc al Día Internacional del Libro y Derechos de Autor.

La obra: <<El Cuento dentro del cuento en un cuento de Andy: "La elocuencia del robot Pentekostós">>, proveniente del libro El tamaño de las brujas (1986) de Enrique Anderson Imbert.



lunes, 24 de enero de 2022

Mírame a los ojos

Creyó sentir que abría sus ojos. Recién acababan de salir de con el doctor y estaba en su proceso de recuperación. Parecía estar consciente. No escuchaba nada. Obviamente: era un hospital. Cualquier sonido podría despertar a los que dormían, o eso le había dicho su padre.

Sus primeras palabras fueron un: “¿Mamá?”, musitado lastimeramente. No encontró respuesta. A sus once años ya podía moverse solo. “Todo un hombrecito”, le repetía su papá. Pero hombrecito o no, el abrazo de su madre siempre le reconfortaba.

Intentó salir del sueño. Borroso, reconoció las paredes y dimensiones del cuarto en el que estaba. Comprobó que algo no iba bien. Miró a un lado, al otro. Las paredes estaban desteñidas, como si hubiesen pasado siglos desde que él entró en el profundo sueño tras ver al doctor. Estaba solo en el piso cuatro del Hospital Civil.

Se puso de pie y caminó despacito hacia las camillas. Sujetó su vientre para mitigar las punzadas de dolor. Su amigo: otro niño que —recordaba— ocupaba un lugar a su derecha, se había levantado y escapado. O eso creía, porque dejó atrás sus cosas.

Le calaron el tiempo y la ausencia.

Salió al pasillo.

Todo igual: degenerado. Algo iba causando estragos en las paredes que habían perdido sus colores para volverse negras, añejas, sucias.

El camino que tenía que seguir le resultó contrario. Parecía alguna especie de película de horror, monstruos que atacaron y se comieron a todos, o esa de zombis donde despertabas en medio de un hospital y te perseguían esos seres en las noches. Se empezó a impacientar pensando en que llegarían en cualquier momento. Como cada noche.

Vio la puerta del piso infantil. Eso conectaba con los pasillos principales, donde estaban los adultos. Conforme iba acercándose, se fue sintiendo cada vez peor. Su cuerpo parecía remeter en convulsiones internas, como si algo dentro de sus tripas rompiera su ser. Sintió una respiración cargada: como el humo de cigarro, como cerveza derramada. Todo se iba enviciando.

Llegó.

Apoyó las manos en la superficie áspera de la madera azul.

Lo que estaba al fondo no tenía sentido, al menos él no comprendía lo que pasaba. Parecía una pintura de Internet. A través de un ventanal se dejaba ver a toda su ciudad destruida: columnas de humo de cigarro se elevaban hacia el cielo.

Las punzadas de dolor continuaron en su estómago. Pero, lo peor de todo: el cielo. Levantar la vista —como mirando al techo— era lo más perturbador que jamás se había imaginado: el cielo tenía piel de color sepia, y, en vez de estrellas, parpadeaban ojos de pupilas enrojecidas, asustados, como mirando nerviosamente hacia la puerta. Aparecían y desaparecían. Una sonrisa en vez de luna brotó en el cielo, como gritando una “O” enorme. Eso mismo indicaba que estaba a punto de terminar.

El niño se tiró de rodillas y lloró. El dolor se intensificó como si un gigante le apretara fuertemente sus costados. Unos segundos después sintió un vacío dentro de sí.

—Gracias, hijo —su padre irrumpió la fantasía del niño, mientras se abrochaba el pantalón—. Mañana volvemos a jugar al doctor… ¿Va? —y le dio un beso en la frente.


Ilustración de OR


jueves, 1 de julio de 2021

Las trece musas

Ese viernes, día en que hubiera considerado el suicidio de seguir con las bajas ventas, Luciferino entró a la finca. Se trataba del nuevo integrante de Churubusco el Alto, el extraño dueño de la agencia de viajes que habían visto días atrás empujando una carreta atiborrada de toneles de licor. Había escuchado los rumores sobre el extraño aquel, y Apolonio Garcés tenía enfrente al señor Luciferino entrando en la cantina Las Trece Musas con un papelito arrugado en la mano.

Apolonio Garcés se animó de que su primer cliente fuera el extranjero. De hacérselo un parroquiano frecuente, los altochurubusquenses empezarían a acercarse a Las Trece Musas tan solo para chismear en torno a Luciferino. El sujeto era todo un personaje: un estrafalario forastero ataviado de saquitos a cuadros y zapatos puntiagudos. A Apolonio Garcés le llegó un aroma guardado entre las ropas del sujeto: era el olor de cigarros almizclados; seguramente con unos traguitos encima se le disiparía ese tufillo. Además de su olor y vestido peculiar, el tal Luciferino tenía negocios ridículos: ¿quién pondría una agencia de viajes ahí? Nadie en su sano juicio estaba interesado en irse de Churubusco el Alto; a quienes salían, ya no se les veía de regreso o acababan muertos. Pero si Luciferino podía salir adelante; Apolonio Garcés podría tener éxito con su proyecto de Las Trece Musas.

—Está medio sola la noche de poesía, ¿no? —Luciferino dio un paso adentro. No supo si seguir o no. Repasó las paredes: Las Trece Musas estaba decorada con guitarras, cuadros de toreros, abanicos de flamenco, caballetes y la variedad de vinos y licores que manejaba. Era un barroco innecesario; un fútil intento de parte de Apolonio Garcés de convertir a Churubusco el Alto en la capital de las artes del Valle Mayor.

—Creo que seremos usted y yo, ¿cómo ve? ¡Que no es que me moleste! Nomás le digo: vamos a estar, como dicen: en intimidad… ¡No me lo tome a mal¡ No, no, no —Luciferino sonrió y siguió hasta la barra.

Apolonio Garcés estaba nervioso: creía haber descubierto que, de los pocos cientos de personas que habitaban Churubusco el Alto, el único interesado en alguna variedad de arte era él mismo. Y pese a su disponibilidad y templanza, la depresión se le venía colando por atrás de los ojos amenazándolo a morir sobrio de arte.

—No se diga más. Empecemos la noche literaria. ¿Que trae usted? —el cliente hizo un ademán de invitación tan fino que inquietó al propietario.

Apolonio Garcés quedó pensativo. Era la primera vez que alguien le preguntaba directamente sobre sus escritos y, aunque nervioso; si lo impresionaba, seguro volvería.

—Le voy a leer un soneto que hice hace unos días.

Apolonio Garcés tomó su libreta endeble de sudor y la abrió en la última página escrita:

 

Nocturnos a la madre perdida

 

Cuando te miro con mi mirada,

oh, madre, tu amor sigue con vida.

Y aunque la muerte te esté reprimida

por días yo te tendré alabada.

 

En los dulces Campos más que olvidados.

Tu memoria me está atormentando;

aunque el númen me venga agotando.

De tu amor, nuestro sino consagrado.

 

Para un luto que llena mis ojos,

y detona lágrimas sin estribo,

que empaparán a toda la ciudad.

 

De ti me quedan cuágulos rojos,

ya ni siquiera recuerdos de algún libro;

arrebatada por una triste deidad.

 

Cuando terminó, Apolonio Garcés despegó los ojos de su cuadernillo y notó el rictus indescifrable del forastero que podría interpretarse como una mofa disfrazada de diplomacia.

—Me gusta su pluma, Apolonio. Tiene… —hizo el ademán de querer atrapar algo en el aire, quizás el nulo talento del barista—. Quizá le hace falta pulir un poco más, si no me equivoco hay un par de versos de diez sílabas

El rubor se le fue amontonando a Apolonio Garcés en los cachetes. Nadie le había dicho que contara mal. Sin embargo, trató de disimular la molestia sacando un poco la parte teatral de su tío abuelo y sonrió falsamente.

—¿Y usted qué trae escrito, señor? Veo que tiene ahí una servilleta con emociones fuertes.

—¿Esto? —retronó su risa en el eco de la habitación—. Pequeñas tonterías que se me ocurrieron de pronto. Un versito o dos que compuse hace días tras cerrar un buen negocio con un literato como usted en la capital.

Apolonio Garcés le sirvió un vasito de aguardiente a cuenta de la casa.

—Está bien —Luciferino sonrió colmillos afuera. El cantinero pensó que así serían los dientes de las bestias—. Solo no se vaya a reír.

Los vasitos se elevaron al aire y entonces el lugar se llenó de un ambiente lírico propio del Siglo de Oro, qué retruécanos, qué métrica.

 

Dorada, sobre el bronce, existe lámina.

Porque Dios cuida lo que el sol domina,
aunque el Diablo se oculte en cada esquina

para ver de quién hacerse otra Ánima.

 

No culpe a quien busca con presteza
dar su alma a cambio de bella ordenanza.

En vida, gozará de cada andanza
sin cuidar aquella delicadeza

 

El pactante observa en derredor
sabiendo que no será algo grato.

Surge entonces el potente estertor.

 

Mefisto otorga el don de literato
a este hombre que entra en nuevo sopor
pues con el Diablo ya firmó contrato.

 

Apolonio Garcés se quedó pasmado ante esa obra, medida y rimada con la exquisitez de los grandes poetas hispanos. ¿Era posible que alguien sacara poemas así de exquisitos en tan poco tiempo? Era interesante cómo había creado una historia lírica.

De pronto le llamó la atención el anciano en la mesa a la entrada. Se le hizo descolocado, porque llevaba tiempo sin verlo rondar por Churubusco el Alto, pero un cliente era un cliente.

—Permítame, Luciferino, deje veo qué necesita aquel.

—Descuide… acabamos por ahora… vaya y atiéndalo.

Apolonio Garcés se acercó para preguntarle qué quería tomar.

—Brandy de Jerez —fue lo único que salió de los labios del viejo.

—No manejamos Jerez, señor, tengo aguardiente y ron blanco.

—Brandy de Jerez —repitió aquel.

De un momento a otro se le vino el mundo abajo. Su segundo cliente y no tenía la comanda.

—Si me permite —Luciferino se coló entre las sombras de Las Trece Musas y apareció tras de Apolonio Garcés—. Tengo una colección de barricas de vino de Jerez esperándome ahí afuera. Y justamente quería deshacerme de ellas.

—Brandy de Jerez —volvió a decir.

—Se las podría heredar si luego me hiciera un par de favorcitos.

Apolonio Garcés vio sentados en otra mesa a un par de ancianos más que lo miraron atento con una sola orden: “Brandy de Jerez”.

El cantinero vio en Luciferino una contingente salvación.

Los colmillos mefistofélicos del hombre reaparecieron en su semblante. Esa misma mañana el pueblo lo había visto empujando una carretilla con seis botas de licor. Aparentemente, provenían de la Casa Morelos, un hogar abandonado, cubierto por polvo, rumores y fantasmas.

 

A los oídos de Apolonio Garcés, Las Trece Musas cobró pronto un ambiente de trabajo arduo: seguro se había corrido la voz entre los ancianos, porque todos pedían su vino de Jerez. Ni los veía entrar de lo ocupado que estaba, pero siempre dejaban sus empolvadas o lodosas monedas de plata en la mesa.

Luciferino miraba de un lado a otro mientras seguía escribiendo en servilletas más frases de algún poema improvisado. Esto, a Apolonio, le causaba dolor de panza: él era el artista de Churubusco el Alto, no ese agente de viajes. Pero debía reconocer que aquellos viejos entraban y salían gracias a Luciferino, seguramente para ver al extranjero tomar aguardiente.

A la noche, ya podía cerrar sin problemas. Las copas de brandy apenas habían gastado una minúscula parte de uno de los toneles. La venta de las soleras dejaban beneficios tangibles. El precio de esas barricas, estaría resarcido a los pocos días.

—Ya que acabamos de trabajar, quiero enmendarle el favor que me hizo con los toneles, Luciferino.

—No es necesario. Y sobre el pago…

—No se diga más. Lo voy a invitar a cenar con doña Mitotes. ¿Ya ha visitado su cenaduría?

—Aún no.

—Tras comer ahí, todo el pueblo hablará de usted.

La sonrisa del extranjero volvió a sacar a relucir sus caninos. —Eso espero, Apolonio… Eso sería estupendo para mis negocios. Pero de los toneles, no se preocupe… ya le cobraré en otro momento, usted acábeselas y luego hablamos.

 

A partir de ese entonces, Luciferino iba los viernes a leer algún poema o a escuchar los trabajos del cantinero, llegaban de pronto decenas de ancianos. Apolonio Garcés no recordaba haberles visto, pero le daban un aire a varios habitantes de Churubusco el Alto. Sin embargo, siempre dejaban propinas agradables. A veces eran más monedas del costo real del trago. Lo único raro era lo poco platicadores que se volvían. “Brandy de Jerez” pedían en voz cansina y más tarde se iban. Pero nadie hablaba con él, salvo Luciferino, y eso era realmente una pena. Aunque era entretenido, siempre la conversación de Luciferino terminaba en su talento literario y poco cobraba los toneles.

Lo más curioso fue la entrada por la puerta principal de una persona distinta: Edgardo Miramontes. Entró cuando Apolonio Garcés había terminado de servir el último vasito de Jerez a sus clientes.

—¿Viene por el brandy? —Apolonio limpió un lugar en la barra: Luciferino y el resto de sus comensales se habían esfumado.

—Aguardiente… —le corrigió con ira el cacique—. No soy de esas bebidas amaneradas que train de España.

Apolonio Garcés sirvió el trago y dejó la botella a la vista.

—Oiga, ¿y cómo se mantiene si no tiene clientes? ¿Le apuesta a los gallos como yo?

Edgardo Miramontes observó la decoración tan estrafalaria.

—¡Tengo mucha gente los viernes! Vienen varios señores a tomar su brandy de Jerez.

—Ancianos ridículos.

Por un momento, Apolonio Garcés vio las ganancias: las sucias monedas de plata de los ancianos se hallaban llenas de un lodo seco, como si hubieran salido de la tierra. Vio en derredor y encontró los vasos de Jerez a medio terminar y el polvo en las sillas como si jamás hubieran sido ocupadas. Con un movimiento lento de cabeza peinó la habitación y sintió muy en el fondo de su alma el hálito de mortandad que recorría la cantina. De pronto, recordó los funerales a los que le había tocado asistir, los de todos los artistas Garcés que había despedido. En la cara de sus clientes vio el semblante de antiguos habitantes de Churubusco el Alto: los asistentes y protagonistas de los velorios antes de llevárselos al osario de la Sierra Caliza.

—Otro —el golpe en la barra le hizo reaccionar—. Sepa de dónde consigue este licor, pero ya me ganó como cliente.

—¿De verdad le gustó? Me hice tratos con un distribuidor de la capital.

—Cuando me muera, me voy a llevar en la mano una de estas botellas, oiga. Está bueno para repetir el trago.

—Descuide —la sonrisa en la cara de Apolonio Garcés se fue haciendo más amplia y críptica—, apuesto que luego podría volver a probarlo ya muerto, señor.

Edgardo Miramontes soltó un bufido a modo de burla.

Cada uno pensó que el otro no sabía nada sobre la muerte.

 



Imagen de 12019 en Pixabay.com



sábado, 12 de junio de 2021

Árboles enfermos

La Presa de la Carpa esconde muchos secretos. Desde que los españoles llegaron por primera vez hace más de doscientos años, la tierra ha guardado confesiones, cadáveres, brujería y mentiras; pero, el más común de todos, es el sexo. En muchas ocasiones, una pareja caliente de carne y piel llega a reunirse en aquella parte boscosa que se encuentra al norte —muy al norte— del pueblo. Sobran piedras y laderas donde la gente desahogue las pasiones insatisfechas en calles o habitaciones por miedo a que les juzguen.

Por esto, los parroquianos de Churubusco el Alto conocen las razones por las cuales dos amantes deciden salir del pueblo con rumbo al norte. Los bosques de la Presa de la Carpa son más que un refugio de criaturas y plantas diferentes, aquí, cada espacio cumple diversas funciones según la necesidad lo amerite. Para quienes buscan una primera vez romántica, cerca de la costa hay una cama de hojas secas que cruje al ritmo de las caricias, todas las exhalaciones y jadeos se convierten rápidamente en el ruido de las olas. Las parejas intrépidas que gozan de la violencia, de los gritos y de los golpes consensuados, tienen su lugar más al norte, cerca de las montañas. Las faldas de la Sierra Caliza son resistentes contra las embestidas de amantes de caderas potentes para comerse el placer con violencia. Sin embargo, hay una zona oculta del bosque conocida por pocos habitantes de Churubusco el Alto: y es donde crecen los árboles enfermos: un claro lleno de tocones y troncos caídos. No cualquiera podría encontrar el placer en este sitio, solo algunos privilegiados, los hombres, hombres que buscan a otros hombres y —en su supuesta desviación— deciden morar áreas secretas donde nadie los podría ver ni encontrar.

Justo aquí se han dejado marcadas tantas veces las manchas blancas de la carnalidad. Es el lugar al cual Jacinto detesta ir, pues es donde cobra menos; a pesar de esto, su semilla se había escurrido tantas veces ahí, preñando la tierra y corrompiendo el bosque desde dentro, como él mismo se ha ido echando a perder, cualquier cosa por juntar las 63,000 piezas de plata que necesitaba.

—Creo que aquí podemos estar tranquilos —propuso Jacinto mientras revisaba sus bolsillos con todo lo necesario para asearse después de acabar el trabajo.

—¿Ya habías venido por acá? —los ojos de ignorancia del otro sujeto hicieron reír a Jacinto.

—Lo conocía —mintió mientras pasaba su mano por detrás de la oreja para acomodar su pelo negro. Pocos se resistían a aquel movimiento, más cuando se agarró la entrepierna; así era más simple conseguir que sus clientes más dudosos terminaran aceptando.

—Y entonces… —el otro tragó saliva al ver a Jacinto desabrocharse la camisa—, ¿cómo funciona esto?

—Pues como siempre: tú ya me pagaste, nomás es cosa de que elijas en dónde —desabrochó su último botón dejando su cuerpo delgado a la vista. Él mismo sabía su atractivo, los hombres no buscaban músculo, querían a alguien débil que confundieran con mujeres, porque finalmente el hombre siempre se comportaba como hombre. Se abrió de brazos esperando la elección del otro.

Para Jacinto, esto era parte de la rutina. Vio cómo su cliente movía los ojos seleccionando cuál sería el mejor punto para tener su momento con el prostituto del pueblo. Nadie elegía el mismo lugar; y, de cierta manera, siempre era su primera vez.

—Creo que ahí —señaló el cascarón de un tronco joven, seco y carcomido por insectos.

A estas alturas, Jacinto había aprendido que sus clientes no solo se guiaban por la comodidad o sus perversiones; más bien cada uno llenaba esas áreas con demasiado simbolismo; cada lugar representaba cómo se sentían sus clientes por dentro, si eran árboles mohosos, si tenían frutos podridos o si nunca habían podido desarrollarse.

Jacinto se colocó a la expectativa. Su cliente era un primerizo y seguramente estaba confundido. No era la primera ocasión en que un hombre llegaba buscando escurrirse dentro de él solo por curiosidad. Si él le confesara a su madre con cuántos clientes había estado, seguramente ella se encargaría de esparcir los rumores por todo el pueblo. Quizás este sujeto buscaba descubrir ese placer que solamente un hombre le puede dar a otro.

—No seas tímido; ven para acá —Jacinto se quitó la camisa y recostó su espalda desnuda en el tronco de aquel árbol enfermo.

La respuesta de su cliente fue aproximarse como un cachorro golpeado e inseguro; era algo que había deseado desde hace mucho, estar con Jacinto, a quien consideraba el chico más guapo de todo Churubusco el Alto; cuando escuchó en el café cómo se alquilaba para otros hombres, supo que era momento de actuar.

—Ponte aquí conmigo. Si no sabes qué hacer, yo te ayudo —reflexionando un poco: era el primer cliente de su edad. En la mayoría eran viejos o señores, jamás alguien joven; algo le vio de divertido al asunto y pensó que incluso lo podría disfrutar—. Si quieres, podemos platicar antes… o yo qué sé… si tienes prisa, acércate y te ayudo a terminar.

Buena parte de sus clientes solo venían a fornicar, no esperaban quedarse a discutir largo y tendido; tenían miedo de ser descubiertos por terceros o peor aún: por sus esposas e hijas en medio de sus encuentros furtivos a la Presa de la Carpa. Desde que incursionó en ese negocio, solo en una ocasión había pasado eso: uno de sus clientes encontró a su esposa de la mano de su compadre. Finalmente, ese bosque era un lugar en donde el pecado hacía convergencia con el Diablo: una extensión del segundo círculo del Infierno. Jacinto entrecerró los ojos. Si el cliente buscaba hablar, Jacinto era un primerizo en esos aspectos y el peor para resolverle las dudas existenciales o sexuales.

—Venga… ¿De qué quieres platicar? —fuere como fuera, si él desperdiciaba sus gozosos minutos charlando, a Jacinto le importaba poco; y aunque era más difícil escuchar a las personas que tener sexo con ellas, cada quién lo alquilaba como quería. Solo por molestarlo, hizo la pregunta incómoda que solía hacerle a sus clientes difíciles: —¿Por qué quieres tener sexo conmigo? —la sonrisa de Jacinto sonrojó al otro.

—La verdad… desde que me enteré de a lo que te dedicabas… —la duda fue bañando sus mejillas, agachando la mirada para que no supiera qué pensaba siquiera; aunque Jacinto podría atravesarle con sus ojos llenos de deseo—. Era la única manera en la que yo podía ver… —la respiración se le fue entrecortando— si era verdad lo que sentía.

—¿Qué sentías?

Esas respuestas en forma de pregunta eran parte de la tortura que adoraba ejercer en sus hombres; las daba gratis y reparaban los gastos de parafilias y demás pecados.

—Pues… que tú me gustabas.

—¿Yo? —la carcajada caló entre los árboles. Su cliente era de esos que en ocasiones le solían declarar palabras de amor, de gustos, cariño y otras voces huecas que buscaban caricias más baratas o escarceos donde la carnalidad trascendiera más allá del sexo. Jacinto no era así, jamás daría descuentos para quienes buscaran algo interpersonal—. Déjame decirte que te enamoraste de la persona equivocada —le dejó seco y frío como uno de los árboles enfermos—. Yo no puedo querer a nadie.

Esa respuesta ya la tenía practicada; al primero en decírselo fue don Florencio, y cada cliente que la había escuchado terminaba enojándose, generalmente derrochando un golpe a sus pómulos o incluso dejándolo solo ahí, en medio del bosque envejecido, junto a una presa llena de secretos. Sin embargo, ese desprecio en ocasiones hacía que los hombres lo desearan más; machos a fin de cuentas.

—Aunque tú no me quieras, yo sí te puedo querer.

La reacción fue distinta a la esperada, aquel se arrojaba a sus pies sin dignidad alguna.

—Es porque te conozco desde hace tiempo —le confesó a Jacinto—; desde que mi madre se fue… Fuiste el único que se comportó lindo conmigo.

Siempre que sacaban algo de su pasado era porque trataban de hacer el chantaje. Ni se acordaba de cuándo había visto a aquel.

—Cuando mi madre me abandonó, fui a comer al restaurante y… y tú me dijiste que me invitabas.

Con problemas se acordaba de aquello. Su madre habría invitado al nuevo huérfano del pueblo; pero era obvio que lo había hecho por conmiseración. Debía de haber medido más sus palabras, empezaría a tener más cuidado mientras trabajaba con su madre.

—Y tú —el rubor lo invadió aún más— me dijiste que querías que comiera.

Para Jacinto, todo lo que oía era una obsesión extraña: un niño recién abandonado sumado a sus falsos buenos deseos.

—Te das cuenta que, por mi trabajo, yo no puedo querer a nadie, ¿verdad?

—Quizá… pero me gustaría intentarlo.

—Yo no —fue directo. De su pantalón sacó las veinticinco monedas de plata que le habían pagado y las puso en su mano, contó quince para él y las apartó—. Te regreso parte de lo que gastaste —y aventó el resto a los pies del joven.

Las lágrimas rebotaron con un rechazo despótico. En la tierra el llanto se entremezcló con la plata.

Jacinto se indignó suficiente de aquella actitud infantil. —Voy a regresar a Churubusco el Alto, ¿sabes cómo salir del bosque?

—No… ¿Puedo ir contigo?

—Siempre y cuando no intentes cualquier estupidez; adelante. Tú y yo ya no vamos a hacer nada hoy —el desprecio salió con una mirada de arriba abajo—. Y si te interesa tener algo, me vas a volver a pagar… y más.

Al irse del lugar, los insectos que habían podrido el árbol volvieron a carcomer las entrañas de aquel tronco.

 

Los dos jóvenes cabalgaron en silencio hacia el pueblo. Tardaron cerca de dos horas hasta que saliera algo de plática entre ellos, tonterías: gustos, colores, platillos, aromas. Muchas de estas cosas las dijo Jacinto sin saber que terminarían siendo utilizadas para atarlo, para controlarlo y denigrarlo.

Al acercarse a su destino, se separaron: Jacinto entraría por la puerta principal de Churubusco el Alto mientras el otro llegaría por el norte, cerca de su taller, así aprovecharía para hacer una última labor.

El sufrimiento y frustración regresaron a sus ojos, los cuales se tornaron negros de coraje, sus manos, sus piernas, todo en él se volvió oscuro, característica que tenía desde que su madre lo había abandonado.

Aprovechando esa negrura corriendo por sus venas, tomó sus emociones negativas, sacó una valija antigua: la misma que había utilizado años atrás. Con pericia dispuso su contenido en una plancha que luego colocó en la máquina; con sus manos negras de ira, jaló una palanca, el sonido de un clac resonó en sus adentros. Al ver impresa una hoja se le fueron limpiando las manchas de tinta que viajaban por debajo de su piel. En el papel de la India estaba ahora escrito un amenazante:

 

Jacinto Loreto se enamora de David Domínguez.



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