miércoles, 25 de noviembre de 2020

La llave de bronce

Cada mañana, Felipa se hacía camino hacia el mercado con cientos de ideas pululando en su cabeza: junto a la lista de compras, rebotaban de un lado a otro de su cabeza términos y fórmulas. Esto ocurrió rutinariamente durante los primeros años de su vida, siempre cumpliendo con las normas impuestas por su familia: no descuidar a su hermano, no perder el tiempo leyendo, no hacer nada que diera de hablar a los vecinos. Más que reglas, eran prohibiciones, y su responsabilidad como la hija estaba ligada a lo que sus padres dijeran; le gustara o no.

Sin embargo, la posibilidad de ser la encargada de preparar la comida era algo bueno, pese a todo. La razón distaba mucho de las artes femeninas; ella estaba enamorada de descubrir lo que había atrás de aquellas ciencias. Felipa tenía un alma de investigadora: cuando abrió por primera vez los antiguos libros de su abuelo, se enteró de todas las fuerzas que interactuaban en su día a día. Desde temprana edad empezó a leer sobre temperaturas, oxidaciones, reducciones y demás palabras que le habían sorprendido sobremanera. Felipa sabía poco de esos secretos matemáticos reflejados en los libros, pero con paciencia, empezó a experimentar lo leído. Lo difícil no era reducir sus términos de laboratorio a una simple olla o sartén, sino comprender el complicado alemán de los ejemplares de su abuelo. Con el tiempo, adecuar y traducir se hicieron parte de su vida cotidiana y de esa rutina de señorita de hogar.

Las noches se las dedicaba a leer aquellas páginas. Sus sueños eran arropados por fórmulas flotando en su mente, susurrándole cariños hasta entrada la madrugada. Temprano, debía salir en busca de materias primas interesantes: una gallina grasosa, papas llenas de almidón, semillas rebosantes de aceites esenciales, y a veces frutos dulces que convertiría en alcohol; de haber sido mayor de edad, esto último lo habría hecho todos los días. Así, anotaba en su recetario complicadas reacciones: cómo se cuajaba la grasa con el frío, el color lechoso que cobraban las salsas cuando le agregaba aceite o la tan compleja fécula de maíz: en toda su vida había descubierto por qué se comportaba tan extraño cuando la diluía en agua. ¿Y para qué hacía todo esto? Las lecturas, experimentos y anotaciones eran para volverse profesora de alguna universidad, la misma donde había vivido su abuelo: en Burkenreich.

Churubusco el Alto no tenía ninguna casa de estudios superiores, ni estaba cerca de llegar a tenerla. Ni siquiera en la ciudad más cercana, Atototlán de la Paz, podría encontrar algo similar a una escuela. Una opción sería la capital, pero sus padres jamás aceptarían que ella se dedicara a estudiar cosas de hombres, mucho menos porque debía cuidar a su hermanito Armindo Moles, quien nació con las piernas atrofiadas y postrado sobre su silla de ruedas. Felipa era la única que empujaba al pobre Armindo, era su culpa por robarle la fertilidad a su madre, era su responsabilidad porque ella sí caminaba y el hombrecito de la casa no. Así, la posibilidad de irse era distante. Lo que había descubierto en los libros de su abuelo parecía una mentira: ese mítico lugar —Burkenreich Universität— era tan lejano para ella a pesar de que sus antepasados provenían de allá, lo supo cuando encontró entre uno de los ejemplares de la biblioteca, una postal de una hermosa ciudad colonial, la letra de una tal Hilde Müller, su tía abuela, movió su espíritu y le conmovió más. Algún día visitaría aquel pueblo suizo, quizá hasta podría dar clases allá. Quienes conocían tantas cosas, terminaban siendo profesores como el señor Enquiridión González.

Su padre nunca le compartió la historia del abuelo; ella la había descubierto en los diarios escritos en alemán guardados en el despacho de la casa. Gustav Müller había llegado desde Europa cuando abrieron las minas gracias a su mejor amigo y próximo cuñado Ferdinand. Sus estudios profesionales eran de geólogo y metalistero, por lo que había sido llamado por el entonces alcaide Reynaga para diseñar un modo de extracción de aquel metal. Su misión era sacar de las entrañas de la Sierra Caliza la añeja y pastosa plata. Reabrieron los túneles clausurados hacía cien años y dejaron a Gustav Müller trabajar.

Gustav Müller había llegado como un extraño, pero pronto se volvió un pilar de la sociedad: un extranjero que apelmazaba piedras enormes de plata en los socavones. Poco a poco su abuelo dejó de serle útil a las minas: cálculo que hacía, cálculo que salía mal, y era porque no contaba con que Los Muertos del pueblo endurecían y reblandaban los suelos a su capricho para que los dejaran descansar. De no haberse casado, seguro habría visto la pobreza. Fue así que el apellido alemán perdió su fuerza, tanto así que se castellanizó hasta cambiar por algo más propio de las tierras americanas.

Quizás poco quedaba de Suiza en sus venas, pero Felipa se hizo fluida en aquel idioma que ni siquiera su padre o tía conocían. Tanto así, que ella se sorprendía repitiendo poemas, obras de teatro o frases sarcásticas en alemán. De hecho, pensar en dos idiomas le permitía separar su mente cuando trabajaba, y con facilidad era una de las personas más inteligentes de todo Churubusco el Alto; el acabose se daría más tarde.

En Churubusco el Alto estaba penada la brujería, de esta suerte, cualquier mujer con un mínimo conocimiento de los secretos de la vida, era vista como peligrosa y hereje. El padre Arnulfo había condenado en una ocasión a una de las sirvientas de su tía por decir sepa qué en latín; quizá ni siquiera era algo demoniaco, el padre no conocía aquel idioma arcaico. Sin embargo, el castigo de la pobre Melania — sirvienta en la casa de las tías segundas de Felipa— fue de veinte azotes con un fuete mojado en agua bendita. Los recuerdos de aquella penitencia siguen decorando el patio trasero del convento de las jerónimas, esas gotas cafés son recordatorio de que la magia no es bien vista. Todos los habitantes llegaron a este acuerdo, pese a convivir diario con los Sánchez y sus artes chamánicas. De esta experiencia, se le quedó grabado a Felipa que no debía dar a conocer su inteligencia.

Por eso no quiso involucrarse más allá de calcular las tazas de azúcar necesarias para una mermelada; cuántas horas o grados requería una masa para elevarse; aprendió de fermentación y otros menesteres.

Y por años quedó así: una mujer que cumplía con el estándar de saber cocinar con sazón; nadie se podía imaginar todo aquel proceso científico que respaldaba la buena cuchara de Felipa. De esta suerte, jamás imaginaron sus objetivos secretos alejados de los oídos del pueblo y, sobre todo, de su madre, porque cuando Felipa confesó sus intereses, ardió Suiza.

La señora Coraldina de Moles ya se imaginaba aquellas desviaciones que se llevaba entre manos su hija. Esa amistad con Froilán de la Cruz y Davidcito Domínguez no le gustaba en absoluto. Esos muchachos no tardaban ni cinco minutos en platicar de los misterios de Churubusco el Alto. “Verdades científicas mis nalgas”, recalcaba su madre al escucharlos. Y por ello, cuando Felipa se abrió a sus padres pensando en que entenderían su futura vida académica. Suiza no se puso más cerca; sino imposible. ¡Nunca iban a mandar a Felipa a las Europas! Al contrario, se iba a quedar en Churubusco el Alto para siempre. ¡Nada de ciencia! Sería el mismísimo Señor Jesucristo quien le iba a bajar esos humos de grandeza. En menos de una semana, Felipa ya estaba siendo entregada a las jerónimas para convertirse en novia de Jesús. ¡Qué ciencia ni qué nada! La educación de una mujer solo podía servir para alabar al Señor. ¡Luego acabarían igual que el abuelo Müller!

Así, la pobre de Felipa abandonó su vida —no solo a su hermano y amigos, sino también su nombre— para convertirse en sor Filiana. Por más que se quejó, no tuvo voz ni voto, y como monja, perdió casi toda su individualidad.

 

Durante más de seis años, la hermana Filiana desapareció de las calles. El único contacto con el exterior lo tenía al salir a comprar al mercado, pero esa responsabilidad se la dieron hasta varios años después de abonarse a las filas del Señor. Su padre era su única visita, una vez cada tres meses y en veces le contaba cómo su hermano seguía mirando la ventana en dirección a la chanchería de los Honorato. Pero su padre decidió ausentarse de su vida, hacer perdedizas las cartas que Froilán le mandaba a su hija y todo ese abandono ayudó a que sor Filiana buscara desdibujarse de esos pasillos monacales.

Debieron haberlo sospechado, cuando sor Filiana mató a las mejores gallinas y molió las más finas especias era una señal de advertencia; sobre todo cuando cortó las frutas más dulces para preparar un refresquito delicioso. Las jerónimas tuvieron una cena de última voluntad. En su celda, esa noche sor Filiana amarró sus sábanas a las vigas de su techo y subió a una silla. Su plan era ahorcarse y ya, sin explicar nada. Seguramente las hermanas se preguntarían el porqué, notando —quizá— que habían sido cómplices de aquella tragedia.

Sor Filiana subió descalza a la silla. El crujido parecía incitarla a que no lo hiciera: le rogaba que recapacitara; puso la almidonada sábana alrededor de su cuello.

Se quedó unos segundos pensando, mirando por la ventana aquella noche de luna llena.

Reflexionó sobre la muerte y el pecado. ¿Cuánto tardaría en morir? El tiempo en que la sangre dejara de estar oxigenada, el peso de ella, la altura de la viga; no era suficiente para dislocarle el cuello y matarla de un solo tirón, pero ahorcarse en otro lugar era imposible.

En medio de ese velado arrepentimiento, le llegó un olor conocido, similar al de su padre, al de la familia Moles: era humo de cigarro. Seguro eran desvaríos; sin embargo, un chiflido con el ritmo de Mussorgsky le llevó su atención a lo que estuviese pasando afuera de su celda.

—No me diga que tan desamparada está una monja.

Esa voz reptó hasta los oídos de sor Filiana entre los barrotes de la ventana; por unos instantes se sintió mejor sin saber por qué. El timbre de aquella persona le tentaba a seguirlo. Quiso desmontarse el yugo de su cuello y averiguar qué sucedía allá abajo.

—No me gusta lo que está a punto de hacer, hermana.

La voz era educada, como debían ser las voces europeas según ella.

—¿No quiere bajarse de la silla y acercarla a la ventana para que platiquemos? —aquella invitación le pareció incomprensible—. De nada le sirve morirse con la duda de quién soy. Si tanto quiere, después de platicar conmigo, vuelve a amarrar esa sábana en su cuello. Yo le puedo decir un nudo más efectivo que no le lastime y la asfixie más fácil.

Sor Filiana analizó que, por más atento que hubiera estado aquel extraño, jamás habría sabido que se estaba ahorcando. Su celda se localizaba en segunda planta y, a menos que tuviese una escalera, era humanamente imposible saber todo aquello.

Con premura deshizo la horca, bajó de la silla, la arrastró hasta la ventana y se asomó a la calle. Ahí estaba fumando un hombre de zapatos puntiagudos, el bigote era un refinado mostacho arremolinado en sus puntas y traía un fino saco de lino púrpura con líneas rojas. Esa cara socarrona, el tono tan pedante, las caladas al cigarro, el saberlo todo cuando nadie le decía algo; había escuchado de aquel hombre: era don Luciferino.

—Perdón que le hable desde acá afuera, pero nadie me ha dejado pasar al convento a saludarla, hermana.

—Lo que quiera, no lo va a obtener de mí, engendro.

—Ay, hermana. Permítame empezar antes de hacerme juicio de valor. ¡Me preocupa que usted se quiera matar teniendo tanto potencial! ¿Qué no razonó con su increíble mente científica todo lo que estaría dejando de lado?

Era la primera persona en decirle a sor Filiana que era valiosa.

—Yo la puedo ayudar. A lo mejor no me tiene confianza. Yo tampoco me tendría confianza, y eso es digno de alguien listo, debo confesarle. Sin embargo, busco llegar a un trato con usted… algo que… que no la haga perecer; algo para sacarla del hastío en el que está ahorita. ¿No quiere darle uso a esa ciencia que se carga en el cerebro? ¡Venga! Seguro que no va a echar en saco roto todo lo que aprendió desde chica… “Wir müssen jeden Moment leben”.

Esa oración —lo supo sor Filiana— provenía de las obras de un tal Ancel Schmelel encontradas en la biblioteca de su abuelo con una dedicatoria a sus amigos y mecenas. Era del poema “Carpe diem” el cual había memorizado en alemán.

Sor Filiana —y la desmuerta Felipa Moles— comenzaron a salivar para sus adentros como si estuviese frente a ellas un humeante platillo delicioso tras un ayuno cuaresmático. Ese hombre habría sido un compañero de charlas perfecto. La Madre Superiora indicaba tajantemente no prestarle atención a aquel sujeto.

—¿Y usted qué gana?, ¿qué quiere de mí? No lo hace de a gratis.

—Claro que lo sabe. Ha leído mucho, incluso su abuelo tiene un libro dedicado a mí: luego lo busca —le guiñó un ojo—. Me maravilló su conocimiento de alemán desde niña… pero ¿ignorar el gran papel que está por jugar en nuestro pueblito…?

—Mi hermano me contó cosas de usted y de cómo engañó a Lucy. ¿Qué quiere?

—¿Cómo voy a engañar a la persona más lista de toda esta ciudad? Seguramente usted resultaría más sabia que el mismísimo Odín.

El nombre de un dios ajeno les dio pesadillas a las monjas. La madre Antonia abrió los ojos de golpe. Sor Filiana, impresionada, soltó sus atavíos y se dispuso a escucharle.

—Y entonces, ¿por qué no quiere que me mate?

—Con usted no puedo llegar con apariencias, ni con falsos disfraces. Usted y sus amiguitos conocen muy bien a Churubusco el Alto. Por eso, me sirven para que sobrevivamos a lo que se nos viene. Nuestro tiempo está ya muy avanzado y no quiero desperdiciar todo esto. Necesito guardar todas las palabras dichas en Churubusco el Alto, no solo las personas, sino hasta lo que dicen las casas y los animales.

—No entiendo; ¿quiere que escriba la historia del pueblo?

—No… usted no tiene esa pluma. Su hermanito sí, ¿sabe? Puedo hablar con mi amigo don Apolonio Garcés para que le dé unas recomendaciones: ya sabe, conjugaciones, puntos de vista, cosas de escritores. Pero a él tampoco lo necesito.

—¿Y yo que, entonces?

—Hermana… Usted es la clé principale en todo Churubusco el Alto.

—Ya no ande con rodeos, ¿qué quiere?

—Regalarle esta llave —en su mano, la figura de bronce pareció brillar como si estuviera recién fundida— esta es la llave de la biblioteca.

—No hay ninguna biblioteca en todo Churubusco el Alto.

—Sí, sí la hay —sus colmillos enmarcaron una sonrisa aterradora.

—¿En el convento? ¿Dónde?

—No, aquí a dos calles se inaugurará la Biblioteca Regional y usted debe administr el lugar, sor Filiana. Claro, a modo de castigo por estar despierta a tan altas horas de la noche escribiendo y leyendo.

—¿Cómo?

—Es lista y no desperdiciará esta oportunidad, hermana. Baje de esa silla y póngase a leer los papeles de su escritorio.

Al mirar, sor Filiana encontró en la mesa un par de hojas manuscritas: reconoció la letra de Armindo, su hermanito.

Cuando regresó sus ojos, notó cómo aquel hombre se alejaba por las calles dando una calada a esos cigarros de azufre y almizcle.

—¡Oiga! —gritó sor Filiana—. ¿Qué nudo debería usar para matarme?

Don Luciferino se rio por lo hondo y tiró la bachicha de cigarro al piso. —Si tanto le interesa, va a estar en su escritorio en unos días.

El hombre desapareció tras la esquina. Las calles quedaron mustias, como si él —o la depresión de sor Filiana— jamás hubiese pasado por ahí, dejando como única prueba el aroma del cigarro flotando en la bruma.

La monja sonrió y se jugó todo en ese momento desanudó la horca: regresó su silla a la mesita. Ahí estaban unas hojas escritas con la reconocida mano de su hermanito: era un cuento sobre una profesora en la ciudad imaginaria de Töden, Suiza.

Quiso sonreír, pero la tranquilidad de la lectura fue tajada por la madre Antonia, quien llegó a revisar su celda y verificar qué hacía despierta a deshoras.

Según la madre Antonia: la literatura era materia profana, vedada para las jerónimas desde que su santa patrona, sor Melchora de Eixample, la había prohibido. Esa era la razón principal para agendarle un severo castigo a sor Filiana.

Si sor Filiana no hubiera tenido conocimientos vagos de su futuro, esa amenaza le habría quitado el sueño; pero al contrario, le dio el más tranquilo descanso de todos. La novicia se llenó de paz, porque, ya fuera Dios o fuera el Diablo, aquello no estaba tan mal previsto.

 

Como era de esperarse, sor Filiana despertó temprano y comenzó sus rezos. La madre Antonia la vigilaba con ojos de escopeta desde el fondo de la capilla. Tras servir el desayuno, recibió su citatorio para hablar con la superiora en el despacho del padre Aparicio.

—¿Sabe que está prohibida la literatura en este convento, hermana? —ni un “Buenos días” la recibió al entrar a la oficina.

—No.

—Desconocía esos gustitos suyos. Debe de irse dando cuenta de que esas manifestaciones artísticas no sirven de nada si no están dirigidas a Nuestro Señor o a la Virgen.

Sor Filiana sabía que su madre jamás le había comentado a la religiosa nada acerca de los gustos desviados de su hija: leer, investigar, querer impartir clases en una escuela. Todo eso era para dar pena; seguramente se lo había guardado como secreto de confesión.

—Espero que esto —la madre Antonia levantó del escritorio las hojas escritas por su hermanito— le haga darse cuenta de que esos gustitos… —terminaron rasgadas ante ella, parando en el cesto de basura—, no los tenemos bien permitidos aquí.

Sor Filiana sintió hervirle el coraje. Quiso responder y gritarle a la superiora, pero se detuvo de golpe cuando vio que la madre Antonia sacaba de su hábito una llave de bronce.

En el despacho del padre Aparicio, todos los cuadros miraron aquel objeto sabiendo que no provenía de algún orden divino, sino que había sido fundida en algún círculo del Infierno; pero esto lo sabían exclusivamente sor Filiana y las potestades angelicales.

—El señor don Félix acaba de salir de aquí y me pidió ayuda a cambio de un dinero para nuestra Orden.

Sor Filiana abrió los ojos como para comerse la escena con los párpados, trató de fingir su emoción, pero una sonrisa la delató; por desgracia, la madre Antonia no se percató de ese desliz al estar concentrada en unos papeles con las indicaciones del alcalde.

—Son libros sin importancia: ciencias duras y tecnología. A ver si así se cansa un poquito de sus literaturas. Limpiará y vigilará el espacio: le va a tocar estar a cargo de la Biblioteca de Churubusco el Alto “Enquiridión González”. Espero usted se desencante de esas historietas románticas —cuando la madre Antonia miró a sor Filiana, esta se puso seria y renegosa—. Ojalá y se harte de los libros. En ellos hay puras mentiras. ¡Me va a leer todos los ejemplares de la biblioteca! Hasta la aburrición… Ya no piense en sus mundos imposibles y tonterías de niña enamorada como las de la otra noche.

Ese espacio se llamaba igual que su profesor de primaria; le dio gusto ver que se había convertido en una persona importante para el pueblo. No se imaginaba cuánto. Además, si ya tenían una biblioteca, ya distaban poco menos de una escuela superior.

—Ojalá esta incursión le haga ver a los libros como lo que son: repositorios de conocimiento y no de falsedades.

En medio de un silencio acogedor, sor Filiana se quedó pensando en todas las posibilidades.

—No está muy contenta con esto, ¿verdad? ¡Me alegra! Retírese ya.

Esperar a darse media vuelta para sacar la sonrisa más auténtica y pulcra de todas. En su mano la llave de bronce le daba un calor latente inusual.

El problema ahora, sería averiguar por qué don Luciferino estaba interesado en esos libros.

 

A partir de entonces, Churubusco el Alto empezó a acercarse un poco más a la civilización. Poco faltaba para ser la Capital de las Artes del Valle Mayor, según dijo don Apolonio Garcés en Las Trece Musas.

Sor Filiana se estableció una nueva rutina: despertar, rezos, desayuno para doce, lavar la loza; después: romper su voto de reclusión para ir a trabajar a la biblioteca.

La primera vez que abrió el lugar olía a pintura y a barniz, aromas desconocidos hasta ese momento: indicio místico de experiencias desconocidas.

La biblioteca consistía apenas de seis mesas con sus respectivas seis sillas cada una. Al fondo, se erguían seis estantes atiborrados de libros dispuestos perpendiculares a la pared. También eran seis las lámparas que daban una iluminación tan pura como la del Santísimo. Sor Filiana analizó que si eso no era un plan numerológico de don Luciferino, era una muy grata coincidencia.

El espacio le encantó de primera mano. La biblioteca estaba ubicada a una calle de la plaza. Antes había servido a modo de almacén de granos y de aquellos tiempos ya no sobrevivía ni el recuerdo. Se habían gastado algo de dinero para adaptar ese bodegón de altos tejados en una casa del conocimiento.

Arremangó sus hábitos y fue al escritorio desde el cual gobernaría ese espacio.

Manual de nudos y amarres Fracfort.

Sor Filiana rio para sus adentros al ver la promesa de don Luciferino cumplida. Sobre su escritorio tenía, a modo de separador, una tarjeta de don Luciferino como “Abogado de lo civil”, la cual marcaba las páginas correspondientes al Nudo coulant. Sacó la tarjeta y la desbalagó en algún lugar al instante en que don Félix Santiago Ordóñez González entró con su paso regordete a la biblioteca. Tras de él, su secretario, Florencio Carcamaz, llevaba una amplia carpeta llena de folios y pendientes. Más allá, un hombre que cargaba un aparatoso bulto esperaba en la entrada del recinto.

—¡Hermana!, ¿cómo se encuentra? —dijo muy quitado de la pena el hombre mientras con estrépito sacudía la mano de la religiosa.

Sor Filiana pensó que al alcalde debería de darle vergüenza entrar a ese territorio con sus botas repletas de lodo, una característica ya innata del político pues decía que recorría a diario todos los caminos de Churubusco el Alto queriendo encontrar una piedra fuera de lugar. Realmente, para todos en el pueblo, eso era una tontería: en vez de comprar buenas sillas para la escuela, encargarse de la seguridad de todos en las noches de Luna nueva o buscar una institución adecuada para el loco Dimas.

—¿Cómo se encuentra? —cuestionó la monja—. Muy buen día. La madre Antonia no me explicó del todo qué quería de mí.

—Mire, hermana: voy a aprovechar mi secreto de confesión con usted. Quiero mi reelección, por eso ando haciendo estas cosas. La gente contenta volverá a votar por mí. ¿O no, mi Florencio?

Sor Filiana juzgó en silencio al hombre mientras el secretario asentía vivazmente. Ahora ella tenía una información interesante para negociar su futuro.

—Don Luciferino —cada sílaba pronunciada por don Félix Santiago Ordóñez González fue emitida con parsimonia y respeto—, quería poner una biblioteca aquí… trajo los libros, los estantes y hasta al señor de la Cruz para darle una pintadita. Nomás nos faltaba quien lo administrara. Y aquí anda usted.

—¿Pero a qué se refiere con administrar? ¿Cuál es mi papel en esto?

—¡Qué filósofa la monjita! ¿Verdad, Florencio? —se quiso reír y el secretario hizo una fingida segunda—. Mire bien: su papel es abrir y cerrar. Usted haga lo que quiera, siempre y cuando no vaya en contra mía. Su salario se lo va a administrar el padre Aparicio, si quiere, ya se arregla con ellos.

—Pero… ¿los libros los vamos a prestar?, ¿vamos a recibir donaciones?, ¿hacemos eventos? Se me están ocurriendo varias cosas para que la gente de Churubusco el Alto…

—Agárreseme los hábitos y espérese tantito —interrumpió—. A ver, mi Florencio: anótale que tienes una cita con la monjita. Quiero que le quede claro: sus ideas son importantes, hermana; solamente me las habla con la persona indicada, no conmigo. Aquí luego vendrá mi secre para platicar con usted.

Esa promesa quedó anotada en la agenda, pero nunca llegaría a realizarse, al menos no con las intenciones que había anotado.

—Pero, entonces, ¿no voy a poder hacer nada mientras …

—No, no, no, no… No se me haga. Usted haga de todo mientras no se me revele. Y no se le olvide decir que yo le ayudé a que se logren todas esas cosas. Le diría que no fuera en contra de las buenas costumbres; pero es monja. Ya se las ha de saber. Eso sí, no quiero que den catecismo aquí, ya tenemos suficiente de las jerónimas de lunes a domingo. Usted se me va a descatolicatizar… ¿descatolizar?… ¡Eso! Y me trabaja de lunes a viernes. Los fines de semana sí se los dedica al Señor; si quiere trabajar los sábados o los domingos, eso ya se lo pregunta su patrón allá arriba a ver si le dice que está bien no andarle rezando. Mientras tanto, yo la quiero en horario de oficina. Si usted decide hacer algo, pues lo hace con su dinero, y si quiere financiación, ahí le busca usted los recursos, que las monjas son rebuenas para pedir.

El largo discurso político dejó a sor Filiana con una cosa segura: ese lugar le pertenecía.

—¡Florencio! —gritó el alcalde—. ¡Saque la cámara!

El aludido le gritó al fotógrafo traído desde Atototlán de la Paz. El hombre colocó en el pie una antigua cámara de bulbo y encuadró al político, al secretario y a la religiosa. Ella se quedó sin saber qué cara poner. El alcalde don Félix le dio la mano y estiró la llave que había dejado la religiosa en el mueble; ella quiso sostenerla, pero el alcalde tuvo que arrebatársela.

—No, no, no. Usted nomás ponga como que la va a agarrar, pero no la tome.

La lámpara destelló y la imagen quedó inmortalizada en una fotografía que aparecería en varias publicaciones alrededor del Valle Mayor.

Y así como entraron, los hombres desaparecieron del lugar sin preocuparse mucho en agradecer la presencia de la monja. En la mente de la religiosa seguía constante la pregunta de cuál era su papel en todo aquello, ¿por qué Churubusco el Alto?, ¿por qué don Luciferino?

Al final, después de mirar a detalle la pintura fresca, pensó que nunca sabría esas respuestas.

En eso se equivocaba.


Fanart "La llave de Bronce" creada por Tierra Favel



martes, 10 de noviembre de 2020

Días de guardar

Faltando un minuto para las 9:00, las puertas del convento fueron golpeadas con fuerza. Las jerónimas estaban tan desacostumbradas a recibir visitas que llevaban varios meses sin mover los cerrojos: esa mañana solo habían abierto la puerta de servicio para mandar a Sor Filiana al mercado. Por lo mismo, esos toquidos eran atípicos.

Desde su despacho, el padre Aparicio bajó la taza de su chocolate caliente cuando percibió ese aporreo cuasimarcial. Junto a él, la madre Antonia sonrió socarronamente al identificar en ese golpeteo el ritmo inconfundible de las procesiones de san Bartolo el Pesaroso.

—¿Quiere que vaya, padre?

—Proceda, y si no es importante, dígales que vengan mañana; ya no son momentos de visitas.

Cuando la madre Antonia salió por las llaves, el padre Aparicio miró el reloj: se dio cuenta de que seguía marcando las 8:59. Se le hizo raro, la última vez que había volteado faltaban algunos instantes para las campanadas; el padre analizó el segundero, se movía, pero de qué modo: avanzaba y retrocedía el mismo segundo, como si se hubiera atorado el engrane, o como si no quisiera dar las nueve campanadas aún.

La madre Antonia giró los prestillos y sacó los candados de la puerta principal.

En su estudio, el padre Aparicio dio unos golpecitos al vidrio, pero el reloj seguía intimidado.

Cuando por fin se abrieron las puertas, se reveló la exaltada figura de la madre Ramona: el hábito parecía planchado encima de ella, ni una ceja estaba fuera de lugar; el rosario de su cuello hacía una simetría perfecta: ni un centímetro más ni uno de menos, Cristo no podría haber estado mejor columpiado en otro lado que no fuese sobre la panza ahuecada de la superiora.

La madre Ramona levantó una ceja: —¿Por qué tienen cerrado tan temprano?

—Ay, madre superiora… no la esperábamos.

—Las puertas se cierran a las 9:00 en punto, hermana Antonia: lo dice el libro.

—Qué pena con usted, madre. Pero si son ya las… —sor Antonia dirigió la mirada a la torre de la iglesia la cual seguía marcando las 8:59.

La madre Ramona se abrió paso hacia el convento, y en cuanto puso un pie dentro, todos los relojes de Churubusco el Alto marcaron la hora.

—Yo no llego tarde, hermana. ¿Ve? En punto.

El padre Aparicio se asustó cuando, después de haber contado cerca de tres minutos en su cabeza, las campanas golpearan la hora exacta. Y aquí el primer milagro de la madre Ramona: ningún reloj volvió a desfasarse en todo Churubusco el Alto; ni el tiempo podía contradecir a la superiora de las jerónimas.

El arrastrar de las sandalias de la madre Ramona rozaba en clave de fa por todo el convento, y ya fuera en las celdas o en las capillas, las jerónimas sintieron ese tono grabado en las losetas de granito.

—¿Madre Ramona? —sor Antonia se dignó a hablarle mientras la otra caminaba evaluando de tanto en tanto las instalaciones del convento—, me da mucho gusto que leyera mi carta.

—Inquietante, sí. Tendré que hablar muy seriamente con el padre Aparicio…

Sor Antonia sonrió en sus adentros; pero entonces la superiora giró sus talones en perfectos 120º.

—También debo reclamarle a usted, hermana —la aludida tragó saliva—. Es su labor cuidar el orden del convento… no interrumpir mis oraciones diarias para que yo venga a hacer su trabajo —los talones continuaron su giro en 240º más, exactos—. Luego hablaremos de su penitencia.

Las jerónimas dicen que si una recorre desde la capilla hasta el círculo dejado ese día en el granito por la madre Ramona, se pueden rezar dieciocho avemarías y seis padrenuestros sin un “santo” que le sobre o que le falte.

El despacho del padre Aparicio fue irrumpido de pronto por la superiora. El religioso no tenía idea de quién era aquella; claro, vestía los colores de la orden; pero, siendo tan joven, era lógico que no reconociera aquel rostro en lo más mínimo.

—Hermana, ¿puedo ayudarle?

Los serafines dibujados se cubrieron la boca ante semejante blasfemia.

—¿Perdone?

—Sí, ¿qué desea?… ¿Qué puedo hacer por usted, hermana?

Hasta Santo Anselmo Retador se cubrió los ojos.

—Sin afán de ofender, padre —pero lo iba a ofender—, hace varios lustros que dejaron de llamarme “hermana”. Soy la madre Ramona, padre, superiora del arzobispado.

—¿Quién?

Imágenes, estatuas, y estampitas se golpearon la frente desesperados. Se cumplía el segundo milagro de la madre Ramona: la iconografía de Churubusco el Alto ahora advertiría detenidamente cuando alguien cometiera errores tan grandes como los del padre Aparicio.

 

Cuando sor Antonia entró al despacho, descubrió a la madre Ramona sentada en el escritorio; el padre permanecía de pie frente a ella como niño regañado.

—Madre —se atrevió a irrumpir la religiosa—, le traigo un chocolatito caliente para que recupere fuerzas después de su viaje desde Atototlán de la Paz.

—¿Chocolate a estas horas? —miró de soslayo al padre Aparicio—. ¿Y usted les permite a las hermanas semejantes libertades? Ay, padre. ¿Qué no conoce el Levítico? Capítulo 11, versículos 3 al 7; ya los judíos hablaban de los peligros de tomar chocolate en las noches: ¡tan espirituoso y pecador como el licor!

Nadie se atrevió a mirar una Biblia y desmentirla, y aunque estaban seguros de que el chocolate era un fruto más moderno que el judaísmo; no querían arriesgarse a cambiar las Sagradas Escrituras. Luego tendrían problemas con David: el impresor de Biblias de Churubusco el Alto.

—Tire eso a la letrina. Y sí, cansada estoy; pero Dios me dio fuerzas para llegar aquí. No necesito de esas bebidas para reconfortarme; tráigame vinagre, quiero una jarra de vinagre y un vaso con hielo.

Los dos se extrañaron de la petición.

—¿Agüita?

—Una jarra de vinagre y un vaso con hielo, le dije. También quiero un par de paños limpios, hermana.

La hermana salió en busca de Sor Filiana, ella sabría dónde estaba todo en la cocina y quizá la ubicación de una letrina. Mientras, dejó a los otros discutir los acomodos del convento.

—Padre Aparicio. La arquidiócesis me mandó para revisarle sus trabajos. Escuchamos ciertos tejemanejes de usted… y cómo ensucia el nombre de las jerónimas —la madre Ramona sacó de entre sus mantos una libretita—: apuesta en juegos de azar, se le ha visto platicar con alguien sospechoso: un tal Luciferino; hereje según sé. En las fiestas de Independencia lo vieron bebiendo licor… Además, me reportan un supuesto caso de brujería y usted aún no ha hecho nada. ¿ Y todo esto, padre Aparicio? —la madre Ramona golpeó la libretita haciendo un eco que le espantó los miedos a la Virgen—. ¿Qué me va a explicar?

—Verá, herman… madre… Le decía: son malidicencias de la gente. No todo lo que dicen es cierto.

—Octavo mandamiento de la Ley de Dios, padre Aparicio… ¿me acusa de falso testimonio?

—No, madre… pero la gente…

—¿Entonces su gente miente? ¡Vaya nada más!

La puerta se abrió de nuevo y Sor Antonia entró con una jarra llena de vinagre, el vaso con hielos y unas toallas blancas: todo en una bandejita de plata.

—¡Mire cómo gastan en metales preciosos! —sujetó su libretita de nuevo—. Dieciocho indigentes tiene Churubusco el Alto y se gastan los salarios de la caridad en placeres. ¡Qué bonito, padre! Qué bonito…

La madre Ramona tomó la jarra y vertió un poco en el vaso con hielo. Hasta los libros de las estanterías fruncieron las narices cuando el hedor se levantó por todo el despacho.

De a tragos largos, la madre Ramona se terminó el vaso de vinagre y se sirvió otro.

Sor Antonia y el padre Aparicio se quedaron sorprendidos de lo que veían: se había bebido un vaso completo de vinagre de caña sin cambiarle el semblante.

—Es importante purgarse de todos los males, padre. ¡Que las hermanas empiecen mañana a tomar vinagre por las noches en vez de sus chocolates! No somos cafetería de chinos. ¡Le falta templanza a sus monjas, padre Aparicio!

Sor Antonia abrió los ojos como para que se le metiera el Espíritu Santo: ¿iban a tomarse eso?

La madre Ramona introdujo un paño en la jarra; lo exprimió con fuerza y se levantó el hábito. Tenía todas las rodillas peladas hasta el hueso, la sangre le manaba hasta los tobillos, pero con calma y un poco de presión se fue limpiando. Hasta parecía que le había dolido más beberse el vaso de vinagre que las heridas abiertas.

—¡Pero, madre! ¿Qué le pasó? —saltó de su lugar sor Antonia—. ¿Le traigo al doctor Mendiola?

—Descuide, hermana… de esto me encargo… me vine de rodillas desde Atototlán de la Paz… también por eso me tardé en responder a su carta. Tenía una penitencia pendiente y aproveché en dedicarle a Nuestra Virgen Madre el viaje hasta acá.

El padre Arnulfo giró una mueca hacia la religiosa. En su semblante se leía un “Así que fue usted”, mientras la otra le respondía con una cara de “Pues, ¿por qué no me hace caso?”.

La madre Ramona terminó de curar sus heridas y se puso de pie. El color castaño de su hábito disimulaba muy bien el batidillo de sangre avinagrada.

—Es tarde para regaños, mañana los veo tempranito. Dos horas antes del maitines que tenemos mucho por aclarar. Los veo aquí… ¡A ambos!

—¡Pero, madre! —el Padre Arnulfo quiso oponerse al mandato; vio cómo ella tomaba una pluma del despacho y anotaba algo en la libretita. Prefirió darse sus precauciones.

—¿Sí, padre?

—No nos ha dicho si quiere que nos traigamos el libro de oraciones de una vez, o si los guardamos hasta los rezos.

—¿Sus monjas no se saben los rezos todavía?… —comenzó a anotar en la libretita y remató con un punto asestado como puñalada traicionera—. Hermana Antonia, diríjame a mi celda, por favor.

 

Había pasado una semana desde que la ley marcial de la madre Ramona se instaurara en Churubusco el Alto, y con ello, nuevas rutinas, no solo para el convento, sino para todo el pueblo. La madre Ramona pedía cada mañana dos grandes cubetas de hielo y las colocaba dentro de unas bolsas especiales que amarraba a sus pantorrillas a modo de un silicio helado. “Enfriarse las piernas ayuda a que no tengan malos pensamientos, mis niñas”, les decía a las religiosas mientras las monjitas sufrían de resfriados y escozores. “Yo ya no siento nada por nadie. Pero cada que me quito las bolsas y veo mi carne amoratada, sé que es por el Señor que sufrió en la cruz por nosotras. Piensen en eso cuando digan que no están listas para la penitencia”. Y luego, se cubría el silicio con su sayo.

Entre sus otras reformas, estaba calentar a medias la comida. El punto era no usar tanta leña, “Ensuciar el cielo es manchar de hollín la Casa de Dios”, les decía la superiora. No iba permitir que nadie del convento cometiera semejante ignominia; así las comidas tibias suplantaron a las calientes. Tenía cronometradas a las hermanas, y si veía a sor Filiana agregando un tronquito de más o dejando las ollas por más segundos de lo reglamentado, la libretita servía de testigo. Nadie sabía qué tanto anotaba; pero de que intimidaba, intimidaba.

Hasta ir a los baños resultaba ser un martirio; lo que nunca: había filas para entrar. El torzón del vinagre tenía al convento en una evacuación constante; pero la madre Ramona encontraba una palabra para todo: “El diablo es como los retortijones: no los queremos dentro de nosotras. La purga nos ayuda a salvar nuestro cuerpo y alma, niñas. Vinagre con hielo… si quieren acostumbrarse, le pueden poner tres gotitas de limón. Así seguro y llegan a beatas”.

Y entre lo malo, una cosa buena: les maravillaba a todas las religiosas la velocidad y el volumen que tenía para rezar. En tres minutos se acababa un rosario completo. Las jerónimas tardaban treinta, pero en ese tiempo la superiora ya le había dado diez giros a las cuentas. ¡Pobre don Luciferino! Cada que la madre Ramona rezaba, lo dejaba tan moreteado que mejor decidió tomarse unas vacaciones fuera de Churubusco el Alto. “El maligno siente los golpes, niñas. Rezar rápido hace que ni se pueda parar”; y, en efecto, don Luciferino fue visto corriendo hacia las afueras del pueblo: maleta en mano prometió volver para llevarse a esa monja, pero un izquierdazo avemariano dado por los ángeles custodios le calló de golpe. Se sabe que dejó por ahí unas gotitas de sangre que echaron a perder la tierra de unas macetas; pero en sus andadas por las calles, la superiora se le quedó viendo a ese espacio, y tercer milagro: de puro miedo, hasta las plantas reverdecieron.

Era un espectáculo mirar a la religiosa fuera del convento. Todos escuchaban ese rasguido de las sandalias, y los locatarios del mercado insistían en que sonaba tan sagrado que hasta la fruta en mal estado se ponía bonita. Ya diría el padre Aparicio que eso también era parte del tercer milagro de la madre Ramona, pero los teólogos no se han puesto de acuerdo.

Todas sus acciones eran perfectamente divinas y aunque las religiosas sufrían estragos en sus cuerpos, notaban que si seguían esa rutina un par de meses más, seguro hasta se elevaban.

 

Pronto, los habitantes de Churubusco el Alto se dieron cuenta de que la estancia de la madre Ramona tenía su precio. Más de un cristiano terminó apareciendo en la libretita; cualquier comentario lo tomaba como ofensa o pecado. Los chistes que la superiora escuchó por parte de Eulogio de la Cruz en la fonda de doña Mitotes le agriaron tanto como el vinagre que pidió para acompañar su cena. “A esa monja no se le calienta ni la sonrisa”, dijo Eulogio. Tísica como ella sola, la madre Ramona también lo transcribió.

Con escusa de vigilar al padre Aparicio e investigar los casos de brujería, se veía a la madre Ramona vagar de casa en casa. Todo lo que le mencionaban los vecinos era rápidamente anotado, hasta asustaba que no se hubiese acabado la libretita, porque seguro tenía más información de Churubusco el Alto que la futura biblioteca que construirían en el pueblo. Si eso era un cuarto milagro o no, ni los teólogos lo sabían.

Y pese a vivir una Cuaresma eterna, el caos impuesto por la madre Ramona pronto se convirtió en un puritanismo devoto. Dicen las malas lenguas que hasta a las floreadas prostitutas las vieron con un rosario al cuello: si la madre Ramona había tenido tanta suerte con su reformas, seguro así ellas podrían cobrar el triple como siempre habían querido.

Pero todo cambió un fatídico día de San Bartolo Bailador, porque en la misa de seis, el padre Aparicio terminó el oficio con una terrible noticia:

—Parroquianos: lamento informarles que mi tiempo en Churubusco el Alto se ha acabado.

Hasta el loquito Dimas se quedó pasmado de la noticia.

—La madre Ramona me informó que el mismísimo Papa, ¡Dios lo tenga en su gloria…!

—¡Amén! —contestaron personas, pájaros y hasta el eco de las paredes.

—El Papa… me ordena volver a Atototlán de la Paz para terminar mi educación. No les he servido como el guía espiritual que necesitan. El tiempo que estuvimos juntos lo llevaré en mi alma.

“Pone otras cosas en su alma además de Dios”, escribió la madre Ramona.

—Tengan por seguro que los recordaré por siempre… y sé que se quedan en buenas manos, porque mientras el arzobispado no les mande otro cura, se quedan bajo la guarda espiritual de la madre Ramona.

Doña Mitotes se llevó las manos a los cachetes pensando en que ya no vendería refrescos sino vinagres con limón en su cenaduría. Don Gaspar y don Liber se conspiraron ante la posible inquisición que les iba a caer encima cuando averiguaran que en sus talleres tenían cosas de don Luciferino.

Todos estaban pálidos.

—Así que mañana vuelvo a Atototlán de la Paz. Espero y esto sea lo mejor para ustedes.

La superiora subió al altar y tomó la palabra.

—Feligreses: como saben a una monja no se le autoriza oficiar, por lo que habrá rosarios diarios para solventar el domingo. Espero verlos a todos en la misa de Santísimo aquí a las 6:00… Dia-ria-men-te —observó las bancas de la iglesia y entonces se detuvo.

Las pinturas y estampitas miraron a la madre Ramona, algo le pasaba.

De pronto, el hielo que cargaba entre las piernas se le derritió y escurrió por el mármol a chorros. La superiora se estaba poniendo roja-roja-roja.

Todos en la iglesia se miraron, hasta las estatuas tenían cara de no entender qué ocurría, y entonces, la madre Ramona se escurrió, no solo en agua, sino en un llanto demente.

Entre las filas una persona reconoció a la madre Ramona y se quejó sofocando un “Ah” lastimero. El pueblo dirigió la mirada al susodicho: era el general Fulgencio Buenrostro quien se llevó una mano a la cara como lamentándose aquella mala fortuna.

La monja fue bajando del altar paso a pasito. Conforme avanzaba seguía chorreando el mármol. Posesa como estaba, no se persignó ni miró a otro lado que no fuera hacia el general.

Los “Compermiso”, “Disculpe” y “Perdón” sonaron entre las filas. El general Buenrostro necesitaba salir a trompicones de ahí. Pronto se le vio corriendo.

La madre Ramona gritó un “¡Fulgencio!” desde el fondo de su pecho. Aquello hizo saber a los feligreses que ella era de quien tanto hablaba el hombre: la malquerida que se enamoró de él en Atototlán de la Paz y a la que la refundieron en un convento para bajarle los sopores de la juventud.

De no haber sido porque el padre Aparicio era chismoso, todos se habrían quedado paralizados en la iglesia; y no fue hasta que el religioso conminó al pueblo entero para ver cómo terminaba aquello que los parroquianos salieron en busca del espectáculo. Si se apresuraban, podrían darle alcance a la madre Ramona y averiguar qué había roto su máscara de seriedad. Muchos ya se daban una idea, pero querían testimonio de primera mano.

Las calles de Churubusco el Alto se convirtieron en un maratón donde los primeros en línea eran el general Buenrostro y la madre Ramona en segundo. Las polvaredas se elevaron mientras las multitudes seguían ese rastro de hielo derretido dejado por la superiora. Por su parte, el general Buenrostro huía, y pese a su panza de pudiente, todavía mantenía buena forma. La madre Ramona iba unos metros tras de él, pero las rodillas peladas le lastimaban en su pesquisa.

Iglesia, la plaza, la mansión de las Serrato; dieron vuelta en el bar de don Apolonio Garcés. El general Buenrostro llegó entonces a la entrada de Churubusco el Alto, ahí estaba un camión esperándole con un don Luciferino apurándolo, dando brazadas para que corriera más rápido.

Fueron unos instantes, pero en cuanto el hombre subió, don Luciferino le dio dos golpes a la carrocería; el vehículo comenzó a alejarse hacia lo lejos.

—¡Fulgencio! —el sudor perlaba la cara a la monja.

—Madre Ramona —don Luciferino le sonrió, seguía moreteado—, si quiere, le vendo un boleto para ir tras él.

La respuesta de la superiora fue aventarle a la cara el hábito y su bien balanceado rosario. —Ya sé quién eres, bestia rastrera. Pero rapidito con el boleto —y tronó los dedos dos veces.

El corro de espectadores se apelmazaba mirando a la madre Ramona en calzones apurando al Diablo para que la ayudara a subir al camión.

—La libretita, madre —pidió parcimonioso.

Con aspavientos, puso el cuadernillo sobre el atado de ropa. —¡Mi boleto!

El camión se fue acercando, pero la monja corrió despavorida para subirse.

Desde el Arco de Ingreso el pueblo observó cómo la monja se alejaba de sus vidas.

Aún anonadados miraron a don Luciferino aproximarse al padre Aparicio y darle la libretita. —Su permiso para quedarse en Churubusco el Alto.

Las multitudes aplaudieron y comenzaron una algarabía de fiesta tal que hasta lo habrían canonizado.

Un silencio amenazó al pueblo entero, el camión venía de regreso. Asustados de muerte creyeron ver a la madre Ramona bajarse para imponer de nuevo una dieta de comidas tibias y vinagres. Los semblantes cambiaron cuando don Luciferino se acercó a la puerta del vehículo y ayudó al general Buenrostro a bajar las escaleras.

—¿Cuánto le debo ahora, don Luciferino?

El aludido asintió ligeramente con la cabeza y se llevó unos dedos al cardenal bajo su párpado derecho. —Viene por parte de la casa, general. Es mi regalo por su anterior compra.

El militar rio entre dientes. La multitud ya se iba desperdigando cuando don Apolonio Garcés lo abordó.

—¿Y esa era la loca que lo perseguía por todos lados allá en Atototlán de la Paz?

—Ya ve, ¡viejas locas, nada más!



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domingo, 8 de noviembre de 2020

El funeral de Esmeralda Sánchez

Por más que odiara a su abuela Epitafia y a mamá Esme, Gabriel Núñez debía seguir su camino; con el sol y las memorias quemándole con rencor la espalda.

Llevaba cuatro días caminando desde Atototlán de la Paz. Al norte del Valle Mayor estaba la Sierra Caliza —aún sin nieve en sus puntas—, le recordaba su infancia: eso que tuvo y le arrebataron tan fácil. Siguió avanzando por el camino enterregado hacia su pueblo —o a lo que alguna vez pudo llamar hogar—: Churubusco el Alto. Quien cruzaba el Río de los Gambusinos para un lado, rara vez podía irse de regreso; esto le llegó a la cabeza cuando distinguió aquel viejo puente de madera: la frontera.

Ahí se erguía el Puente de la Asunción, suspiró sabiendo que al fin era libre de cruzarlo. Sintió el frescor del agua corriente deslavándole el sudor repegado en su rostro. Podría haberse ido en otra dirección: hacia Libertad de Juárez, a la capital, pero él —necio— regresaría a casa.

Y allá delante: su primera prueba.

Una niña corría de un lado al otro del puente. Junto al vado, un par de borrachos se ahogaban en alcohol, aún se acordaba de aquellos dos; sin embargo, la niña era nueva en el paisaje. La miró como analizándole sus intenciones.

—¡Niña! —gritó sin pisar la madera.

Ella sonrió alegre y lo saludó con la mano.

Gabriel se quitó el sombrero y una mata rizada de pelo castaño se meció con el viento, sus ojos azules refulgieron al mirar a la pequeña.

—¡Niña! —gritó con más fuerza, pero ella no se acercó.

Leyó todos sus indicios y supo que —si ya era complicado volver a casa— aquello le haría dar un rodeo.

Era el único cruce en kilómetros, y le urgía llegar a Churubusco el Alto esa misma noche. Sopesó la caminata y supo lo que debía hacer. En medio de una rabieta, Gabriel se sentó en la tierra y comenzó a desabrocharse las botas, le había costado caro tenerlas y no iba a dañarlas. Y todo por esa niña de listón verde olivo: Gabriel ahora debería cruzar el río por debajo del puente.

Entró al agua descalzo. Sus pocas pertenencias que había traído consigo desde Atototlán de la Paz estaban en un bolso sobre su cabeza. El agua estaba fría: seguro le iban a salir ampollas; pero prefería eso al mugroso fantasma de esa niña.

Desde el vado, los borrachos renegaron entre burlas e insultos. “Ya volverá”, pensó la mujer del río, quiso observar las reacciones de la niña, pero ella ya no estaba ahí.

 

Empapado de panza y piernas, Gabriel continuó su caminata sin ponerse las botas. El calor le mordía los pies, pero estaba seguro de que pronto llegaría a los sembradíos de trigo plateado. En su memoria se detonaron las imágenes de aquellas tardes de pan recién horneado con don Santiago Jojoringo. ¡Aún se acordaba del nombre!; bueno, también él no lo había traicionado como su propia familia. Un temblor le movió por dentro y no supo si era el río helado que le calaba los huesos o las ansias de enfrentar a sus rostros de su juventud. ¿Cómo lo recibirían?

Esta respuesta la tuvo cuando la Luna llena decoraba el cielo. Mientras el astro brillaba sobre los senderos, era libre; ¡de haber sido Luna nueva, ni loco se hubiera adentrado en el Valle Mayor! No iba a cometer ningún error, no esta vez.

Las campanadas del convento de sor Melchora de Eixample tañeron como advirtiendo la llegada de Gabriel, coincidiendo con el primer paso que daba dentro de Churubusco el Alto desde hace tanto tiempo. Un llanto de felicidad se agolpó detrás de sus ojos, entonces las lágrimas fueron avanzando junto a él.

Una mujer se extrañó del viajero. Así como estaba vestido, parecía un indio cualquiera: ropa deslavada y un atado a la espalda; para la gente del pueblo, Gabriel no podría ser reconocido si no se le veía vestido con el traje ceremonial de los Núñez.

—¿Visitante? —dijo aquella: por su cara, voz y complexión, era una persona de bien. Ella, ante el desharrapamiento del extraño, podría considerar invitarle a cenar.

—Residente… —los ojos azules de Gabriel sacaron un brillo de antorchas y velas—. ¿Señora Loreta?

La aludida se maravilló. No conocía a ningún joven así de guapo en todo Churubusco el Alto; no desde… —¿Gabriel? —el nombre se arrastró como un eco que caló en los oídos de todos los habitantes—. ¿Gabriel Núñez?

—¿Cómo está, señora Loreta?

—¡Mi corazón! No te veía desde que estabas así de chiquito —el ademán fue una seña de estatura, pero Gabriel lo interpretó como de madurez. Estaba de regreso siendo un hombre—. Pero qué milagro. ¿Ya cenastes? ¡No has comido! Te invito a mi fondita.

Gabriel sonrió con ese rostro hermoso que siempre le había causado problemas. —No se preocupe…

—Pero debes cenar algo, ¿no? ¿Cuándo comistes por última vez?

—Hace varios días —estaba seguro de que le invitaban porque se sentía atraída por él.

—Muchacho, tienes que comer, y ve nomás: todo un hombrecito.

Sí, era por eso que era amable con él.

—Y hueles a chivito correteado, también. Pásale conmigo y te aseas, que no puedes llegar así a tu casa… ¿qué va a decir tu familia?

Le importaba poco. Apestando o hambreado, iba a plantárseles frente a todos.

—Descuide, doña Loreta —el nombre se le hizo extraño, ¿cómo le decía el pueblo a esa señora?—. Tengo que llegar con la familia, ya ve lo de…

—Sí… lo de tu mami —chasqueó la lengua en señal de conmiseración—. Pero llega conmigo cuando quieras, ¿eh? —y le sobó el brazo izquierdo como movida por una fuerza que apenas reconocía en ella. De pronto deseaba ayudarle en todo lo posible.

Gabriel sonrió y se alejó despacio despreciando el contacto físico. Seguramente la mujer estaba tentando la carne; siempre le pasaba, en todos lados él era solo una cara bonita: era su maldición. Así, indignado, se puso de nuevo el sombrero para cubrir su rostro.

Caminó todo derecho, la casa estaba hasta el otro extremo de Churubusco el Alto, a su familia le gustaba aquella zona: tan lejos de todos y tan cerca de las minas.

¡Doña Mitotes! ¡Así le decían a la dueña de la cenaduría! Seguro se dejó ver como un tonto al llamarle por su apellido.

 

La noticia de que Gabriel Núñez —el Ángel de la Muerte— había regresado, se esparció en menos de lo que se calentaba un plato. Doña Mitotes se encargó de hacerle honor a su nombre y esa noche, desde Flavio Miramontes en sus peleas de gallos, hasta el mismísimo don Luciferino, supieron que había regresado a Churubusco el Alto el eslabón que le venía faltando a los Núñez desde hacía varios años. Los engranajes del mecanismo desarmado antaño por la vieja Epitafia de Sánchez empezaban a trabajar de nuevo; a trompicones y oxidado; pero avanzando. Don Liberación se alistó para preparar un nuevo menjunje para el recién llegado, don Fernando, el barbero, preparó su silla para escuchar todo lo que quisieran decirle mientras le cortaba el pelo. El pueblo, ansioso de novedad, quería asir alguna historia, chisme o rumor sobre el Ángel de la Muerte. Churubusco el Alto estaba presenciando el inicio de una revolución equiparable a la de 1738, año de la Virgen del Valle Mayor.

 

El padre Aparicio iba en el tercer misterio. La familia rezaba en medio de un aire cargado de pachuli y otras hierbas. Al religioso no le gustaba el sincretismo de los Núñez: los aromas eran hasta paganos. El altar construido para Esmeralda Sánchez parecía más propio de la superchería que de buenos cristianos, pero debía corresponderles a los Núñez, ellos le habían quitado aquel dolor de huesos que casi lo mataba. Debía darles la misa privada para el descanso eterno de aquella mujer.

El padre cerraba los ojos abrazando su fe y esperando no quedarse dormido después de aquel día: era jueves y traía unas copitas y cigarros encima; siguió con la letanía memorizada: —Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…

Silencio.

—Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo…—repitió esperando la respuesta de los presentes.

Abrió sus ojos rojos de alcohol y tabaco. A la entrada del salón, estaba un hombre descalzo y de sombrero ancho; todos en el funeral lo miraban dándole la espalda al padrecito.

—Como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos —Gabriel empezó a avanzar. Se santiguó—. Amén.

Las caras y reacciones fueron distintas: su padre lo miraba con cariño y gozo, sus hermanos entre el coraje y la decepción; pero la más importante: Epitafia de Sánchez. La abuela se sorprendió al verlo ahí. Recordó por qué lo habían corrido del pueblo y mejor cerró los ojos ahogada en ira.

Gabriel no se tentó el corazón; se siguió de largo hasta la primera fila y tomó asiento; se persignó una vez más y entrelazó sus manos en señal de oración. Cerró los ojos con respeto: ahí yacía el cuerpo de su madre, al menos debía fingir un poco.

Los insultos se pensaron con tanta fuerza que casi se les salían hasta por las orejas. Graciela Catenaria frunció los labios en una seriedad de culo de gato.

—¿Continuamos, padre Aparicio?

Gabriel ni conocía a ese religioso, se acordaba de cuando el padre Arnulfo lidereaba a las jerónimas, ¿qué habría sido del padre Chucho en todos esos años?

 

El religioso terminó su oficio y salió de la casa. Al paso, le abordó Gregorio Núñez hijo y estiró la mano con unas monedas de plata. El parroquiano insistió en que era su deber, que no podía aceptarlas. Goyo no estaba en ese momento para aguantar falsas modestias, por lo cual se las guardó agradeciendo con un movimiento de cabeza; regresó al salón y se dispuso a pelear con su hermano en cuanto el padre Aparicio saliera de la casa. Por su parte, el religioso pensó en que nunca más volvería a negarse a unas monedas; menos desde que llevaba una racha de tres semanas perdiendo a las cartas contra Francisco Albarde.

—¿Tú qué haces aquí, maldito? —empezó Gregorio Núñez hijo, su hermano.

—Maldito no, pero sí despreciado —elevó la mano para calmar los ánimos—. Tengo derecho de estar acá.

—Mamá te desterró —completó Graciela Catenaria.

—Mamá ya se murió, ¿no? Mi exilio se acabó esa noche.

—Ni el novenario le respetaste.

—Hubiera llegado antes de haber podido; pero Atototlán de la Paz no está aquí a la vuelta.

—Y ni zapatos traes —su hermana regresó al ruedo—. Habrase visto una pinta tan más jodida.

—Hermanita, respeta el cuerpo presente de mamá.

—Ni es tu madre, ni somos familia.

Ante los presentes, Gabriel deshizo el paquete que venía cargando. Se quitó el sombrero y la camisa de manta frente a todos. La abuela Epitafia de Sánchez masculló en silencio y no dejó de lanzarle miradas iracundas mientras lo veía desnudarse. Por su parte, Gabriel se vistió con la ropa púrpura propia de los chamanes, se endilgó al cuello el tótem de tecolote confeccionado con plata y amatista y puso en sus manos una piedra oscura. La presencia de aquello silenció a todos los asistentes del velorio. El señor Gregorio Núñez, su padre, se llenó de orgullo al ver la cachetada que les había dado a sus hermanos; estos, por su parte, apreciaron la calidad de los materiales. La abuela, muda, molesta y maniaca, recapacitó que ese muchachito salido de casa a los catorce años, volvía ahora con más indumentaria que cualquiera de los Olmedo, de los Sánchez y de los Núñez. En su árbol familiar, nadie había conseguido un pedazo de meteorito, ni siquiera ella.

—Tengo que mandar a mamá a descansar antes de meterla en el Osario. ¿Y quién va a poder hacer eso? Con todo respeto, digo… —fue mirando de uno a uno a los presentes—. Ni un chamán que acaba de aprenderse los ritos de paso, ni una niña que nomás habla con los espíritus… Y la abuela —sonrió socarronamente— no puede desde que le quité la voz.

Las miradas de asombro fueron a juego con las ofensas apelmazadas en la garganta.

Don Gregorio Núñez no podía estar más alegre por su hijo que había vuelto con bolsas vacías y ansias llenas.

En medio de una nube de aires mágicos y escándalos a media voz, Gabriel levantó en alto la piedra negra que lo distinguía como un chamán de verdad. El fragmento de meteorito era un logro exclusivo para los más iniciados en las artes de Evangelina: la maestra familiar. Quizás eso era lo único que había acallado las maldiciones que querían lanzarle desde que entró desarreglado y arrastrando las arenas de los caminos hasta las alfombras de la casa.

—Esmeralda Sánchez de Núñez: madre, estás muerta.

La voz de Gabriel apagó todas las velas del lugar.

Los presentes percibieron en esa oscuridad un olor a cementerio y a plata mojada; fue entonces que cada flama prendió —ahora— en tonos purpúreos,

La imagen regordeta de una señora, mamá Esme, se manifestó sobre su cadáver.

—Qué vergüenza la mía —el aire resonó con la voz del ánima—. Ser evocada por mi hijo desterrado. ¡Bastardo!

Sus hermanos quisieron intervenir, aproximarse a Gabriel e interrumpir aquel horrible proceso. Su padre tomó el brazo de su hijo mayor. La orden fue silenciosa: una mezcla de cortarle el pulso y de una mirada severa.

—Eres el ánima de Esmeralda Sánchez de Núñez, y yo soy el chamán. No te permito hablarme así —la boca traslúcida del fantasma se selló como si nunca hubiese existido.

Epitafia de Sánchez mordió el aire como recordando con furia el momento en que perdió la voz del mismo modo.

—Esmeralda Sánchez de Núñez, soy Grabiel Núñez. Y aquí le pregunto —la boca del espíritu apareció de pronto; ella no se atrevió a volverla a abrir—: ¿quiere quedarse en nuestro mundo o ascender?

Graciela Catenaria se puso de pie como queriendo reclamar esa audacia. Allá, la abuela, muda como estaba, la fulminó con un reclamo silente que la hizo regresar a su asiento.

Las luces purpúreas volaban con un viento inexistente que les helaba el miedo a todos.

Esmeralda Sánchez respondió: —Primero muerta antes que verte todos los días.

La entrada fue aporreada con ira: nueve ronquidos, nueve golpes en la puerta. Todos en esa casa supieron de qué se trataba. Epitafia de Sánchez movió los labios en un llanto ahogado en su pecho. ¡Era él!

Esmeralda Sánchez se arremolinó sobre su cuerpo. —¡Me quiero quedar! ¡No me voy a ir con ese!

Gabriel, teniendo el poder que ostentaba, supo que su madre había tardado en contestar. De haberle pegado el ánima a sus huesos, el Gallo Negro no habría podido reclamar aquella alma. Gabriel suspiró lastimeramente.

—Pues, Esmeralda Sánchez de Núñez, despídete de tu cuerpo, y que así sea hasta que puedas salir de nuevo a las calles, tomar camino hacia la Sierra Caliza y recoger tus huesos.

El fantasma se fue corporeizando y se colocó a un lado de Epitafia de Sánchez: las dos matronas habían muerto y ahora quedaba un desquite entre el hijo mayor: Gregorio; el segundo y más poderoso: Gabriel; y la única mujer: Graciela Catenaria. Los tres Núñez se discutirían el título de nuevo jefe familiar. Allá, los dos espíritus de las difuntas refunfuñaron con desprecio, al menos a mamá Esme le habían devuelto su voz y no estaba condenada a un silencio eterno como Epitafia de Sánchez.

Nadie se metía con Gabriel: el Ángel de la Muerte, el que podía doblegar los poderes del Más Allá, el que, según las enseñanzas de Evangelina, rompería la maldición de la familia, liberándolos para siempre del Gallo Negro y de esos toquidos en la puerta que llegaban cuando los chamanes o los Miramontes fallecían.



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martes, 27 de octubre de 2020

Militancias

El señor Serrato fue el primero en ver llegar ese autobús a Churubusco el Alto: descendieron Luciferino —quien unos meses atrás había colocado su agencia de viajes a una calle de su terrenito— y un sujeto embarnecido, este último llevaba al hombro una bolsa de cuero. El extraño era rubio, blanco y de ojos azules; hasta gringuito parecía. El señor Serrato espió desde la esquina cómo aquellos dos discutían un asunto misterioso e importante.

Luciferino había prometido a todos en el pueblo que iba a renovar el turismo y traer más almas a Churubusco el Alto; a pocas semanas ya tenían un nuevo inquilino.

La pareja se dio cuenta de cómo Justino Serrato los miraba y decidieron agarrar camino. Quisieron librarse de la plática, pero al estar parado en la mera esquina, el señor Serrato les interceptó.

—¡Qué tal! —se animó a dirigirles la palabra —. Buenos días.

—Buen día, don Serrato —le respondió Luciferino—. Le presento a mi amigo el general.

—¿General? —el señor Serrato recorrió de arriba abajo al hombre. Se le veían unos brazos anchos y un rictus marcial—. Pues sí… sí parece militar.

—General Fulgencio Buenrostro, señor Serrato. Mucho gusto.

El apretón fue tan duro como una cabalgata en el desierto; Justino no estaba acostumbrado a la rudeza.

—Qué buenas manos —abanicó el brazo como para desembarazarse del dolor.

—Gracias, señor.

—¿Viene de visita?

Luciferino interrumpió: —Hoy compra casa aquí.

—¿La casa del padre Morelos? —preguntó el señor Serrato.

—Exactamente. Ahí a un lado de la Alcaldía.

—¿Seguimos? —el general Buenrostro, algo harto, le hizo un ademán a Luciferino.

Los dos se encaminaron calle abajo hasta doblar a la derecha.

 

El padre Arnulfo esperaba al interesado en comprar la Casa Morelos. Tarareaba alguna canción folklórica y cruzaba las manos por detrás de su espalda. Su ánimo se le cuajó cuando vio a Luciferino a lo lejos. Algo tenía ese nuevo inquilino que no le gustaba; pero vender la Casa Morelos le ayudaría al convento de sor Melchora de Eixample.

—Padre Arnulfo —Luciferino sacó su sonrisa felina—, pero qué coincidencias. ¿Usted va a mostrarle la casa al general?

El religioso analizó al rubio y se dio cuenta que sí, efectivamente: era un militar.

—General Fulgencio Buenrostro, padre. Mucho gusto —el apretón que dio casi le rompe el viacrucis al hombre—. Tengo entendido que quieren vender esta casa. ¿Puedo verla?

 

El lugar era fresco y polvoso. Desde los tiempos del padre Morelos —primer religioso de Churubusco el Alto— la casa no se había limpiado. El polvo intacto parecía querer conservar la beatitud del muerto; no era para menos, el padre Morelos era quien había traído al pueblo a la Virgen del Valle Mayor.

Al padre Arnulfo se le hizo raro ver la casa tan descuidada, porque en vida, la hermana del religioso, Jacoba Morelos, siempre había sido diligente con el orden: se la pasaba limpiando la casa de su mellizo. Decían las malas y buenas lenguas de Churubusco el Alto que la Casa Morelos era un ejemplo de inigualable pulcritud porque Jacoba se pasaba horas fregando trastes, lavando ropa o cosiendo en su habitación. Seguramente, si hubieran sido más sentenciosos, entre frase y frase, podrían haber escuchado aún los suspiros de Jacoba escurrirse por las paredes.

—¿Viene solo o tiene esposa?

El general se abrió de ojos y Luciferino no pudo hacer más que reír por lo bajo. Si supiera sus motivos para llegar a Churubusco el Alto; esa loca.

—No… es para mí nada más.

Abrieron la entrada, el zaguán conectaba con el patio; este a su vez daba a tres espacios diferentes: una habitación con toda la pinta de ser estudio, la cocina y un baño; al fondo del patio había unas escaleras para ir al piso de arriba, ahí se ubicaba la recámara principal, el cuarto de lavado con otro baño, un bonito cuarto con vista a la calle y la habitación del fantasma. Si uno se seguía hasta la cocina, encontrarían un gran árbol de limones, lo malo era que estaba seco como lágrimas de viuda.

La casa parecía muy buena.

—Se la dejo en seis mil piezas de plata, señor Buenrostro —es el remate que le da la arquidiócesis.

—¿Y cuánto sería en oros?

—¿En oros? —el padre Arnulfo sintió que le hablaban en ruso. Gracias a la Iglesia sabía del oro, pero nadie en Churubusco el Alto usaba aquella medida.

—Como sabrá… —intervino Luciferino—, el general viene de Atototlán de la Paz, y allá no usan reales.

—Sopéselas usted —el militar le dio una moneda de oro al padre Arnulfo y pudo sentir el gramaje.

Al padre se le abrieron los ojos como maravillado: tan puro y limpio; tenían razón los otros religiosos con quienes se carteaba de vez en cuando: el oro era la representación de Dios en el mundo. Si aceptaba ese metal no sería por codicia, sino porque la plata de Churubusco era negra y corrupta.

—Pues… oiga… pesa mucho.

—Claro, padre; es oro.

—Con esto, si quiere…

—Padre… es una moneda solamente —el general miró a Luciferino con un rictus de incredulidad.

—No-no-no-no-no… — el religioso abanicó su mano mientras se quedaba absorto en su reflejo dorado—. Más bien le tendría que dar cambio yo.

—Padre Arnulfo —el general quiso rechistar; pero Luciferino levantó un dedo al aire.

—Si su excelencia está de acuerdo —se sacó un contrato de entre la ropa—, podemos firmar—. Sospecho que el general Buenrostro no requiere que le den cambio.

—Pero es muy poco por una casa, es apenas una moneda, en Atototlán de la Paz una casa me valdría…

—¡Dos monedas! —gritó Luciferino—. Pero comprenda, general: Churubusco es más barato que las capitales. Usted guarde su dinero. Después de todo lo que tuvo que pagar para venirse a vivir acá, no vamos a desfalcarlo —le dio unos golpecitos al bolso de cuero curtido; allá dentro habían cerca de veinte mil monedas más de aquellas. Su retiro iba a salirle baratísimo. No quiso ni preguntarse cuánto ganaba el resto de las personas en ese pueblito.

 

Después de una larga charla en la agencia y una buena comida en la cenaduría de doña Mitotes, Luciferino llevó al general Buenrostro a probar suertes en el bar de Apolonio Garcés.

—¡Pásale, Luciferino! —el joven cantinero recibió a los nuevos clientes—. ¡No hay mejor manera de conocer Churubusco el Alto que venir a mi taberna! —en la barra resonó el vasito lleno de brandy de Jerez.

Luciferino hizo una seña para que le sirviera lo mismo al nuevo. Apolonio Garcés se la pensó un poco, pero cumplió con la comanda.

—Aguas que está fuerte, para morirse—Apolonio Garcés guiñó estúpidamente—. ¿Sí habla español?, ¿o es gringuito?

—Claro que sí, señor.

Apolonio Garcés se asustó de esa voz que sonaba como trompetas de llamado a honores. Era la voz que debía tener un hombre, y lo demostró bebiéndose de un solo trago todo el brandy de Jerez.

Luciferino se maravilló de aquella hazaña, él también podría haberlo hecho; pero esos licores eran raros y debían paladearse.

—Sírvale a mi compañero algo más fuerte, ¿no, don Apolonio? Algo que se pueda tomar así de aguerrido.

Nadie le llamaba “don Apolonio”, pero cuando escuchó aquello supo que sería su nuevo nombre.

—Como guste, don Luciferino.

Aún nadie llamaba así tampoco al Diablo; pero supo que ya se irían acostumbrando a tenerlo ahí metido entre las gentes de Churubusco el Alto.

El tabernero dejó una botella de aguardiente frente a la pareja. Don Luciferino seguía dándole sorbitos a su brandy de Jerez. El general Buenrostro se sirvió un par de tragos y los apuró con la sed de un hombre que descansaba después de una campal. Tanto había sufrido por esa vieja loca; pero ahora estaba lejos: con casa y con dinero, se sintió realizado. Y, de trago a trago, iba a brindar para sus adentros hasta que se le olvidara por qué celebraba.

—¿Y qué hace usted por acá en Churubusco el Alto? —preguntó Apolonio Garcés.

—Me retiré del ejército.

—¿Era soldado? —poco a poco los rumores de la plática fueron viajando en el alcohol de las palabras.

Luciferino le contó ya ocho tragos.

—General —le corrigió—. Batallón 604 de Atototlán de la Paz —el hipo le atacó de súbito—. Estaba requerido a proteger la zona de unos criollos: los Olotes; pero tuve complicaciones…

Luciferino interrumpió: —Una mujer…

Esa intervención no le hizo gracia al general Buenrostro.

—¿¡Se le murió!? —Apolonio Garcés se llevó la mano a la boca.

—¡Ojalá! —se rio el general y se echó a la garganta el décimo trago de la noche—. Me estaba persiguiendo, la coneja aquella.

—¿Cómo?

—Viejas raras… Se enamoró de mí la méndiga. Que me vio güero y se le mojaron las ganas a la cagrona; pero nadie le da órdenes a Fulgencio Buenrostro. ¡Que no querían que me tostara con el sol! ¡Ja! —Luciferino calculó otros seis tragos antes de que perdiera el conocimiento.

—Pues con respeto, pero sí está guapo, señor general.

Luciferino soltó una risa ahogada. Sacó su pluma fuente y escribió unas cosas en un posavasos que luego guardó. Apolonio ardió de envidia sabiendo que aquello seguro era otro soneto.

—¿Y le dijo que no?

—Me la pensé… me ofrecieron dinero —juntó los dedos para hacer más histriónica su narración—. En el ejército yo daba las órdenes, y no una descabezada como esa.

—Entonces le dijo que no.

—Para nada. Le dije que sí.

—¿Y eso?

—Fue cuando conocí a Luciferino.

—Ah, jijo, ¿andaba en Atototlán de la Paz?

—Negocios: me llegó desde Alemania una máquina para hacer joyería, eso y quería comprarme una pluma nueva. ¿Quiere verla? —la arrastró por la barra hacia él—. Me lo encontré en un bar. Ya sabe que busco bebidas de buena calidad.

—¿Y qué le dijo?

—Pues… —Luciferino estiró la mano y le hizo una seña a Apolonio Garcés para que probara la pluma fuente—. Lo vi desangelado, le comenté de mis negocios…

Dos tragos más y se le iría por completo.

—¿Su agencia de viajes?

El general Buenrostro se burló en silencio. “Ah, pa’gente tonta”, pensó el militar. Creyendo que Luciferino tenía un negocio digno. Bien se acordaba de aquel papel mohoso que firmó con sangre. “Ya ni llorar es bueno”, se dijo apurando más licor a su garganta.

—Le di una oportunidad de tener una vida nueva. Le llamé al padre Arnulfo y compramos la Casa Morelos.

—¿Y en cuanto le salió?, si no es mucha indiscreción.

—Seis mil reales de platas en oro.

—¿En oro?

Luciferino se adelantó: —Sí, es la moneda de Atototlán de la Paz, allá no usan reales.

—Qué raros son… sin ofender al presente.

El general Buenrostro se echó el último trago de la noche.

—Viejas locas… y su familia más. Pero el dinero… —Luciferino le puso una mano en el hombro al general Buenrostro—. La van a meter al convento a la entenaa: ya la quiero ver como si estuviera en la cárcel: sumergiéndola en agua helada y dándole de tomar vinagre para que se purgue toda su locura.

—¿Nos vamos? —Luciferino se puso de pie.

Apolonio Garcés se quedó mirando al par con desconfianza.

—Páguele, general.

—Seis monedas.

El general Buenrostro veía triple; apoyándose en Luciferino sacó las monedas de oro que golpeó aparatosamente en la barra.

—Pero de plata…

—Cabrones aprovechados.

El hombre dispuso otras seis monedas y se las puso en la barra. Desde ese día la taza de cambio de la taberna sería dos a uno, perdiendo el oro.

Apolonio Garcés se la pensó dos veces en hablarle a Luciferino: —¡Se le olvida su pluma! —le dolió desprenderse de aquel objeto.

—Don Apolonio… —Luciferino hizo un ademán extraño—, la información que escuchó es delicada… ¿Me entiende? El general tiene que proteger su reputación y no podemos dejar que aquella insana mujer lo encuentre.

Apolonio Garcés asintió. Empezaba a desarrollar cierto asco hacia el extraño, mismo que iban sintiendo los demás pobladores de Churubusco el Alto.

—¿Le parece si guardamos el secreto y perdona a mi amigo?

Silencio.

—Es más… —el ademán se repitió—, quédese mientras con la pluma como señal de buena voluntad… a la mejor le sirve para echarse unos sonetitos.

La codicia carcomió a Apolonio Garcés, haciéndole sacar una mueca de felicidad: pecado disfrazado de sonrisa.

—¡Qué sería de mí si mis clientes no pudieran confiar en Apolonio Garcés! —Luciferino lo tenía por completo, él era su as bajo la manga—. ¡Buenas noches a ambos! Acá los espero.

Vio alejarse al par: Luciferino cargaba al general sirviéndole de muleta. Pese a la delgadez del vendedor y la complexión del militar, parecía no costarle trabajo cargarlo. Ya que escribiera con la pluma entendería por qué era aquello, por fin tendría completa conciencia de quién era Luciferino y compartiría el secreto con Fulgencio Buenrostro, el boticario… y próximamente con don Gaspar.

Por su parte, el general descubrió que en su tierra natal una casa podía pagar cerca de cien mil bebidas; pero aquí —en Churubusco el Alto: tierra de locos—, necesitaba doce casas para comprarse una noche de borrachera. ¡Bonito lugar al que había llegado!

 

No supo cómo amaneció en su cama vistiendo un pijama verde militar. De hecho, por su resaca, poco le preocupaba razonar aquello. A menos que estuviera en casa de con Luciferino; no tenía ni idea de dónde se encontrara.

A estas alturas y con esa jaqueca taladrándole la frente, quería dormirse todo el día: preocuparse poco o nada por dónde estaba. Era libre, era lo que importaba. Libre, rico y con un mundo por delante.

—¡Levántese! —era una voz femenina.

Fulgencio Buenrostro medio abrió un ojo y vio a una mujer colocar un vaso con sal de uvas bien diluida en la mesa de noche.

—Lleva casi media mañana durmiendo; ya son las 10:28 y sigue en la cama.

El general Buenrostro entreabrió un poco más los ojos. ¿Y eso qué le importaba a esa señora? Borroso, vio difuminada a la mujer aquella. Parpadeó un par de veces, pero entre la luz y la resaca, no pudo ni levantar la voz.

—¡Señor, es hora de despertarse! Ya se le fue toda la mañana.

—¿Y usted qué quiere? ¡Déjeme dormir, carajo!

Se escuchó un respingo y la mujer desapareció.

Minutos más tarde, el general Buenrostro medio abrió los ojos y vio el vaso servido. Decidió acabárselo de un trago y buscar dónde estaba. Encontró —además de mareo y náuseas— su ropa —incluso la que no se había traído a Churubusco el Alto— perfectamente colgada en el ropero. No sabía de dónde salieron tantos muebles: en definitiva la decoración era un poco anticuada, como de siglos pasados; pero le parecía agradable, aunque le recordaba la casa de su abuela.

Salió de la habitación y pudo ver el cuarto de lavado, la otra recámara: era su casa. Chasqueó la lengua y bajó las escaleras.

¿De dónde habían salido todos los muebles?

¿Qué hacía aquella en su casa?

Giró para adentrarse en la cocina y la misma mujer le extendió la mano con un papel: —Se lo dejó el señor Luciferino anoche antes de montar los muebles.

Ni abrió bien los ojos, es más: ni reclamó su presencia dentro de la cocina.

 

Mi estimadísimo general,

Me tomé el atrevimiento de decorar un poco mejor la Casa Morelos, ahora deberemos llamarla Casa Buenrostro.

Algunos de los muebles estaban en el sótano; pero descuide, ya me encargué de ponerle naftalina para que no siguieran oliendo a humedad.

En cuanto a su equipaje: mis hombres saquearon su habitación en Atototlán de la Paz. Si se preocupa de que cierta persona supiera de su viaje, tenga por seguro que usted no será localizable ni por los mismísimos ángeles. Su admiradora, no tendrá rastro suyo en ningún momento. Y, en caso de que esa mujer llegue a Churubusco el Alto, yo le prometo que lo coloco en un autobús que lo mande a otro lado donde siga teniendo tranquilidad.

Lo que pagó fue suficiente para que le diera su vida. De eso me encargo yo.

Si tiene necesidad de hablar conmigo, ya sabe dónde encontrarme.

Luciferino

 

Le dio una segunda leída a la carta. Comprendió que estaba en su casa y que aquellos muebles eran parte del mal gusto de su contratista. ¿Qué podía esperar de alguien que usaba zapatos puntiagudos y saco en pleno sol de la tarde? Reparó en que tuviera todas sus monedas de oro, el bolso pesaba lo mismo; pero se dio cuenta de su inocencia: primero desconfiar de los hombres que de Luciferino.

—¿Va a querer desayunar? Su amigo dejó papas, huevos y chorizos ¿Qué le preparo?

¡Esa voz de nuevo! Allá una mujer fregaba la loza. Pero ahora que la veía un poco más despierto notó que algo debía tener en los ojos: era transparente.

—Mucho gusto, señor. Soy Jacoba, para servirle a usted y a… bueno… a usted nada más.

—¿Cómo entró en mi casa? —el general era hombre de guerra, pero se dio cuenta de que a simple vista una mujer no resultaba tan amenazante; aunque, era rara. Conocía todo tipo de mujeres en Atototlán de la Paz, ¿pero transparentes? Algo había escuchado de que en ese pueblo pasaban cosas medio raras: como el chamán Grabiel que mataba con una imposición de manos; pero, ¿personas transparentes?

—Nuestra casa, dirá.

—No, señora. Pagué por ella con dinero constante y sonante —era muy temprano para andar con pleitos.

—A mí no me engaña ni me hace taruga. Vi cuánto le pagó y yo sé lo que vale mi casa.

—¿Y quién se cree usted para decir que es su casa?

—Jacoba Morelos, heredera legítima de esta santa construcción hasta que me vaya al cielo… ¡Y no me voy a ir!

—¿Morelos? Entonces es de los antiguos dueños.

—No me malentienda: no soy de los viejos dueños; que muerta sigo siéndolo. Eso que usted pagó se lo permito por toda la planta de abajo, sin contar la cocina, claro está; ni el lavadero y menos el cuarto de arriba; ese es mío.

—Qué tonterías son esas. Si quiere que le pague tome —el general se aproximó a su bolso— ¿Cuántas monedas quiere pues?, ¿tres?, ¿cuatro?

—Ahí sí no se puede hacer nada, señor. ¿De qué me sirve el dinero a mí que ya estoy muerta?

—Lo mismo le pregunto: ¿de qué le sirve a usted esta casa?

—Hombre tenía que ser… Se nota que no sabe lo importante que es el hogar para una mujer hecha y derecha.

—Señora, ¡está muerta!

—Pero decente, y eso ni la muerte me lo quita.

—Me fui de mi casa para escapar de una loca y me encuentro con otra. ¡Ah, qué jijos!

—Me modela sus palabras que aquí no se andan diciendo groserías.

—Yo hago lo que me venga en gana en mi casa.

—Pues de la cocina para fuera, que aquí no me va a venir a gritar. Y no ha respondido… ¿va a desayunar o no?

—Ah, viejas canijas. Hasta muertas son buenas para joder.

—¡Jum! Pues no me conteste; le voy a preparar lo que yo quiera.

En pocos minutos, el general Buenrostro tenía frente a él un suculento plato humeante: cuatro huevos revueltos y un pedazo de chorizo que escurría manteca roja.

El fantasma miró al general.

—¡Ándele pues! Lávese las manos y véngase, que mis platos no están para comerse fríos.

Era su segundo día en Churubusco el Alto y el general Buenrostro ya había descubierto que nadie estaba cuerdo en ese pueblo guajolotero; ni siquiera los aparecidos.

—Y antes de que se vaya a asear, mínimo dígame su nombre, oiga. Que no lo voy a estar tratando de “usted” y de “señor” todo el tiempo. ¡Jum! Vivir en mi casa y ni presentarse. Estos muchachos groseros.

—General Fulgencio Buenrostro.

—¿Ve? Tan fácil que era. Ya sígale a lavarse las manos que se le va a enfriar.

En esas miserables horas ya había visto más que en toda la Guerra de los Olotes. Tanta discusión le levantó un dolor de cabeza más fuerte; por lo que se quiso quitar de problemas: fue al baño y se aseó para desayunar. Pese a todo, tenía hambre y la carne le bajaría la migraña; además, lo que menos quería lograr era discutir con otra vieja.

Enojado estaba; pero al dar la primer mordida descubrió una buena razón para que el fantasma viviera con él —que tampoco era como que viviera mucho; estaba muerta—; si esa mujer quería quedarse con él en la casa, le iba a decir que sí.

—¿Está o no está bueno?

—No, pos sí…

El fantasma de Jacoba Morelos movió un par de ollas más y sirvió un par de tazas de café.

—¿Y usted qué está haciendo acá en Churubusco el Alto?

—Nombre, ¿pa’ qué le digo? Las viejas no son de fiar… —probó los huevos y descubrió que estaban tiernitos: como le gustaban.

—Ay, no sea tarugo, señor Buenrostro. ¿Qué no sabe que los secretos se llevan hasta en la tumba? Pero tiene razón en eso de que las mujeres no somos de fiar —la memoria se le agolpó en el espíritu—. Aunque ya con eso, ya me dijo muchas cosas: militar, güero, ojos azules, desconfía de las mujeres y le gustan los muebles de viejita. Pues ni modo, ya me tocaba pasarme la eternidad con un jotito.

—¡Ah, no me friegue, señora! ¡No soy de esos!

—Bueno, tampoco le vería nada de malo.

—Vieja necia, ¡que no! —le dio un sorbo al café: era el más sabroso que había probado en su vida, ¿era canela o clavo ese saborcito que se le escapaba? Nomás por el gusto de la comida decidió contarle todo—. Le vengo escapando a una loca y a su familia. A mí nadie me manda y esos malditos me querían contratar… comprar… ¡algo así! Yo soy hombre pa’que vea.

—Pues da igual le huyó al compromiso. Qué buen general me salió, si no puede con una mujer y dominarla cómo es la ley de Dios… ¡Ay, no Ése qué! La ley del hombre ha de ser. Pero le huyó a una muchacha… ¿Ya ve porque tenía mis sospechas de usted? Pa’mí que sí es jotito, oiga.

—Vieja cabrona.

—¡Qué en mi cocina no se dicen groserías! ¿No escuchó?

—Pinches viejas locas —el general Buenrostro azotó la taza en la mesa. Se puso de pie; tomó su bolso de monedas y se fue hacia la calle. Antes de cruzar la puerta principal dio media vuelta y gritó a todo pulmón:

—¡Cabrona! —el patio sí era suyo e iba a decir lo que le diera la gana, que su oro le había costado.

 

Ya a las 4:00 de la tarde, el general Buenrostro entró de nuevo en la casa. La comida le había costado casi quince monedas de oro y, por desgracia, en ningún lado le ofrecían un cambio justo de una pieza de oro por varias de plata. Hasta parecía que la vieja que lo persiguió por todo Atototlán de la Paz le había pasado su locura al pueblo completo. Sopesó lo que había sufrido en esos dos días: a pesar de todo, tolerar la irracionalidad de Churubusco el Alto era mejor que despertar a medianoche con una vieja encuerada encima de él queriendo endilgarle un hijo.

Dejó su bolso en la mesa de la cocina y se encontró con la taza de café que el fantasma de Jacoba Morelos se había servido en la mañana.

—Bonitas horas de llegar, eh.

—Bueno, ¿y a usted qué le importa?

—Pues que hice de comer y ya se le enfrió.

Se la pensó un poco y miró de tanto en tanto las cosas servidas.

—¿Usted come?

—Ahí anda con sus preguntas tarugas otra vez.

—¿Entonces pa’que cocina?

—Pues ya estoy aquí, ¿qué puedo hacer? Si aquel de arriba me dejó, mínimo me tengo que entretener. Mi hermano me prometió que me iba a dar los santos óleos antes de morirme; pero el desgraciado se le olvidó: nacimos juntos y juntos nos íbamos a morir —un suspiro de ultratumba le dio conmiseración al general Buenrostro—. Ya luego le contaré acerca de las cosas que hizo aquel canijo. Si no se me va otra vez —lo miró con saña—, porque a cómo tiene su carácter… Una le dice algo y luego se encabrona y se va de la casa.

—Señora, está en la cocina; respeto.

El fantasma de Jacoba Morelos se rio. En vida siempre había sido la segunda en nacer, la mujer, la sirvienta, y ahora, con casi cuatro generaciones de haber muerto, se dio cuenta que era la primera carcajada en toda su existencia. Los fantasmas no lloraban; pero de mera felicidad lo habría hecho.

—Ándele pues. Vaya a lavarse las manos en lo que prendo la estufa. Y no me importa si ya comió, ¡eh! Le voy a preparar cuatro tacos; así que se los traga.

Ese fue de los últimos días en que al general Buenrostro se le vio delgado. Sí, se había escapado de Atototlán de la Paz para huirle a esa loca, para no casarse, no tener las responsabilidades de un marido. —Bonita chingadera… —susurró por lo bajo.

—¿Qué anda diciendo?

—Nada… Jacoba, nada —suspiró—. Sírvame el plato, pues —se lavó las manos en la tarja de la cocina.

—¿¡Y a fuerzas quiere hacer lo que quiere verdad!? Las manos se las lava en el baño a la siguiente. Hace las cosas como se debe o no las hace.

—Pues a la siguiente muérase como se debe y así no voy a tener que estar aguantando fantasmas ruidosas.

—¡Ándele, pues! Tome —le dejó el plato en la mesa. Estaría enojada; pero su comida tenía algo de sagrado y no iba a aventarla por un mugre enojo—. Ahí mañana me trae tempranito un pollo fresco y unas papas que voy a prender el horno.

El general Buenrostro se aguantó los regaños y dio un bocado: ya le diría sus verdades al salir al patio.