jueves, 15 de abril de 2021

El Ángel de la Muerte

Ahh… Gabriel. Regresaste a Churubusco el Alto todo roto. La vida fue complicada para ti estando lejos de quienes se hacían llamar tu familia; pero así lo había predicho Evangelina hace muchísimos años, antes de que tu madre o yo naciéramos. Pero esa anécdota requeriría un libro completo: la bruja, el amorío de Epitafia Olmedo y la temible cruz de tu familia.

Fuiste maldito por el mismísimo Gallo Negro. Los golpes en la puerta resonaron cuando tú nacías. Su aparición fue un milagro y a partir de entonces supimos que eras especial, Gabriel.

Por eso te cuidaron tanto. Desde chiquito, no te despegaban la mirada y tenían toda clase de talismanes colgando de tu cuna y mameluco; ¡hasta danzante de Virgen parecías! Lleno de arreglos, hacías un sonsonete, un repiqueteo propio de tus futuros dones: el toque de ángel de la muerte y tu ley de atracción. ¿Y cómo ignorarlos si era lo más prodigioso que había presenciado tu familia en lustros?

Todavía recuerdo esa tarde de agosto. Ahí andabas, jugando a correr y a atrapar mariposas en el patio de la casa, cuando llegó la señora Macabea a visitar a tu madre. El día era templado, con un sol que no te mordía, pero tampoco te olvidaba. Por eso el alma de Macabea necesitaba descansar. Y fue justo cuando llegó a sentarse que tú la viste —achacosa de canas y palabras— y clavaste tus ojos azules de cielo en ella.

—¡Qué chulo está su hijo, Esmeralda! —dijo la visita poniéndose el bolso sobre sus muslos. Parecía incómoda de llevar esa cosa.

—Goyo hasta cree que le puse el cuerno: como nadie en la familia había nacido con esos ojazos.

—¡Y hasta güerito salió!

—Ya se va a tostar cuando salga a trabajar. Ahorita porque lo tenemos acá guardado —tu madre sonrió como queriendo ocultar la mentira con falsas charlas de té—, ya ve que luego se los roban por ser blanquitos.

—¿Por eso anda con tanto chuncho el niño?

—Cosas de mi madre, ya ve.

—Ay, qué linda tú. Si yo me sigo lamentando la partida de mi Justino.

Ese nombre te llamó la atención. Supiste que debías acercarte y escuchar. Invocar a los difuntos era algo prohibido en la Casa y esa señora lo había hecho tan fácil. Parecía no darse cuenta de que la Perra blanca de la Muerte ya le olía su rastro por las calles.

—¡No hablemos de cosas feas! —se interpuso tu madre en las memorias de la primera viuda Serrato—. ¡Pero, dígame! ¿Qué puedo hacer por usted hoy? ¿Gusta otra tacita de té?

Macabea se quedó pensando cómo decirle la verdad. Estaba segura que lo entendería, al final las ideas de la iglesia y las de Esmeralda Sánchez eran distintas siempre. La señora se dio cuenta que igual la iban a tachar de loca.

—Me quiero morir, Esmeralda.

Un viento helado proveniente de la Sierra Caliza se les metió por la espalda.

—Macabea… —el tonito de Esme fue de consuelo; aunque muy en sus adentros, sabía que era verdad: no por ser madre, no por ser bruja; sino por mujer. Macabea estaba desquebrajada, como tú hasta que regresaste.

—Esmeralda, extraño a mi flaco.

—Pero tienes a tus hijas, ya dos están casadas. Luego vendrán los nietos y te olvidarás de todo.

—¿Y cuánto me costaría que me vendieras algo, Esme? —la anfitriona se encogió de hombros, porque, aunque piadosa, también era negociante, y su familia necesitaba el dinero—. ¡Dime cuánto! Aquí traigo suficiente como para comprarles un pedazo de tierra a los Miramontes. ¡Dime! —abrió su bolso y reveló una cantidad exuberante de monedas. Macabea había cargado su féretro desde casa y ahí lo dejaba sobre la mesita mientras tú escuchabas todo tras los pilares del patio.

—Voy a consultarlo, ¿me esperas? —tu madre se puso de pie y se fue a preguntarle al espíritu de tu abuela. El procedimiento lo sabía, el precio… era discutible.

Y llegaste a su lado cuando estaba sola, mojándose por dentro con las lágrimas que no lloraba.

—Tan chulo el niño. ¿Cómo te llamas?

—Grabiel —le contestaste.

Ella se rio y te revolvió los cabellos.

—Mira —separó un real de plata—, para ti.

Fue tu primer trabajo, bien me acuerdo. Pusiste tu manito en el regazo de la mujer y ella sintió el calor, el amor perdido. Una emoción la invadió por completo y desbordó las charcas de llanto que tenía guardadas bien adentro de su alma.

No sabías lo que hacías: no te culpo; ¿quién iba a pensar que una vieja con ganas de morir se iba a topar con alguien como tú?

Yo sé lo que vio la infeliz de Macabea: estaba ella en su amplio patio de la mansión Serrato. Su cabello canoso ahora tenía un castaño feliz y tranquilo. En sus manos no había hijas ni platos para alimentar a sus nueros, no tenía nada más allá además de una tacita de café. Macabea respiró los granos que recibía su marido desde la capital. Vio las enredaderas verdes trepar con gusto por las paredes; ella había dejado secar aquello hacía tanto tiempo porque el jardín era de Justino. Ahí, había calma; percibió esa humedad del petricor, de tierrita de cementerio, de osario fresco. Era ella, la Macabea Müller recién casada, la de aquellos días felices sin sus horribles hijas; era la Macabea que coincidió en un café con Justino Serrato antes de unirse a él y abandonar la soltería. Sentada ahí, estaba plena, feliz, expectante de su marido, con una taza de café en mano. Macabea dio un sorbo y el gusto le llenó por dentro. Fue cuando el cerrojo de la puerta principal giró para dar paso a Justino Serrato: él se fue acercando hasta ella, le dio un beso en los labios y todo se desvaneció.

Quitaste tu mano cuando tu madre trajo el fatídico gotero; vio a Macabea muerta con una sonrisa de gusto. Esmeralda no podría saber qué clase de poderes tenías, ni siquiera se habían propuesto enseñarte nada, la tradición debía pasarse de madres a hijas, pero resultaste tan apto como cualquier bruja del Valle Mayor.

Ay, Gabriel. Ahí se marcó el destino que te tocaría sufrir, porque tu madre se llenó de un miedo y tu hermano de un coraje. Las dos emociones explotarían años más tarde cuando ya hubiese nacido tu hermana.

Yo me acuerdo de todo lo que ha ocurrido en estas paredes. Y soy la única que puede dar fe de lo que te acusaron. Era un día de calor como ningún otro. A ti ya te dejaban salir a la calle y tratar a los desahuciados. Tu madre prefirió educarte bien; lo primero: saber cobrar. Te enteraste que esa plata de Macabea Müller era algo insignificante a diferencia de las dieciocho mil monedas que tu padre supo desaparecer del bolso abandonado en la mesita de café. Y así, recorrías las calles de Churubusco el Alto con el gusto de un buen trabajador, mientras tu maldición iba manifestándose poco a poco: la belleza de un ángel, la candidez de un ser divino, el poder trascendental de quien mata sin dolor y que goza de ese rostro hermoso que hasta Los Muertos te quieren agarrar la mano.

Los cansados, los fastidiados, los sufrientes de vida; todos ellos te rebautizaron como el “Ángel de la Muerte”. En el Valle Mayor se empezó a hablar de Gabriel, quien haría cosas más prodigiosas cuando llegara a viejo; debíamos esperar a que crecieras. Seguro superaría a su abuela Epitafia de Sánchez. Y justo fue ella quien sintió mermar sus fuerzas; corrupta de muerta y de ira, empezó a verte con recelo desde atrás de las paredes. Tú sentías su presencia; pero sabías que la abuela era así: pocas veces te hablaba, como si no quisiera interactuar contigo. Creías que te odiaba, aunque la verdad era distinta; muy distinta. No sabías que habías nacido con esas energías que atraían a todos. No era recelo, era algo peor: el deseo. Tenías a medio Churubusco el Alto tras de ti, Gabriel. Bajabas suspiros y levantabas pasiones; de la misma manera que el Gallo Negro infundía miedo, tú desbordabas la carnalidad insana.

Tendrías catorce cuando tú —creyéndote solo— revisabas el jardín. A veces te daba por eso, no eras de mina como Gregorio padre o Gregorio hijo; eras más delicado, quizá por tu color de piel o tus ojos de agua calma. Con cuidado, viste si todo estaba limpio, arrancaste una a una la mala hierba y acarreaste costales de tierra hasta las plantas. Cuánto sol, cuánta humedad. Te quitaste la camisa, y así como yo siempre te había visto, te vio tu abuela.

Todo blanco y delgado, los ojos de la anciana se escurrieron por tu piel. El pecado del incesto se le antojó con descaro. Yo te escuchaba por las noches quejarte de cómo las niñas del pueblo te miraban con risitas insulsas: Lucy se fijaba más en ti, y aprovechaba cada salida con su hermanito para espiarte desde la calle y suspirar si te veía. Eran deseos iguales a los de tu abuela.

¡Pero qué enfermo! ¡Qué sucio! Tú, inocente, no sabías siquiera qué era amar a otra persona; lo que aprendiste ese día fue a desconfiar de quien te quisiera amar.

—Muchacho —la voz muerta de Epitafia sonó sin eco en el jardín. Tú atendiste; finalmente eras un niño educado y agradable—. Gabrielito…

—¿Mande, abuela?

—Necesito ayuda con algo. Venga.

Cuando escuché eso supe que no debías seguir.

Señaló su cuarto.

Ya sabías que esa habitación estaba cerrada desde siempre, nadie tenía llave y a la abuela no le gustaba que se acercaran ahí porque era la habitación donde Epitafia de Sánchez había fallecido.

Pero ella, lista y astuta, era carcomida por el desprecio y atraída por tu espíritu. Abrió la puerta sin llave alguna. Su voluntad era la cerradura, y ella quiso abrirse para ti, Gabriel.

Pensaste en algo inocente: seguro la abuela ya quería descansar, te pediría que limpiaras sus huesos para juntarla con Los Muertos.

Ya dentro, un olor a cripta inundó el ambiente; eras el primero en tanto tiempo en ver su lecho. Los polvosos muebles presumían una pátina gris recubriendo cada superficie, esto, incluía la cama con el cuerpo ya momificado de la abuela. Enjuto, el cadáver de Epitafia de Sánchez descansaba con la mandíbula caída como repitiendo un eterno estertor de miedo; el pelo y las uñas le habían seguido creciendo hasta convertirla en un espectro del pasado. Pero tú, Gabriel, tan cercano a la muerte como tu abuela, no te inmutaste.

—Necesito que cierres la puerta y te quites la ropa.

¿Cómo no dudaste de sus intenciones, Gabriel? Te faltaba malicia… y es culpa de tu madre que te cuidó tanto y te protegió de las malas influencias.

Hiciste lo que se te ordenó: bajarte el pantalón y luego cerrar la puerta.

Tu energía le pulsaba en su espíritu como sangre agolpada por el deseo, como saliva ante un manjar suculento. Tener así a tu abuela me dio asco, ¿para qué mentir?

A pesar de haber visto a tu familia cortar perros y gallinas para sacarles las entrañas, esto era de lo peor que jamás presencié: el espíritu de tu abuela entrando en el cadáver apergaminado mientras tú apoyabas manos y rodillas sobre los cobertores. Los llamados constantes de un “Gabrielito” que decía tu abuela te puso en ristre y listo para iniciar aquel horrible ritual. Tu carne rasgando el himen momificado, el resonar hueco del cuerpo ante el bombeo que te obligaba el espíritu de tu abuela. Aquella mujer te obligó a hacerle lo impensable y aún sufro cuando recuerdo cómo terminaste mojando las entrañas secas de su cuerpo corrupto con tu semen. La pútrida forma de repetir tu nombre: “Gabrielito”, salía como fuga de aire mientras le seguías dando al cadáver pese a ya haberte escurrido. Tú no sabías qué clase de ritual era eso; para la abuela era el placer del fornicio.

Se levantaron por todo el cuarto el aroma de tu sudor de niño con el miasma del cadáver. Los gusanos resecos en las entrañas de Epitafia volvieron a la vida cuando el cadáver empezó a calentarse por dentro. Mientras más entrabas y salías, esa corrupción dormida que llevaba consigo iba aumentando: arrojando aromas pútridos mientras se iba ennegreciendo ese incesto necrófilo.

Tengo presente la puerta abriéndose de golpe cuando tu madre entró en la habitación y miró tus nalgas apretadas por las manos disformes de ese cuerpo muerto.

—¡Esmeralda! —gritó tu abuela angustiada sacando su voz desde la momia cuando la vio ahí parada.

—¿Gabriel…? —tu madre ni siquiera supo qué pensar: tu pantalón tirado a la entrada del cuarto, las huellas descalzas que habías dejado en el polvo hasta cometer una de las peores atrocidades de Churubusco el Alto.

—¡Quítamelo! ¡Tu hijo se ha vuelto loco!

Te sacaron a la fuerza de tu abuela. Tú no entendías, habías seguido las indicaciones de esa pérfida; pero tu madre arremetió con fuetes desoyendo razones.

Tu hermanita apenas recuerda los hechos y tu hermano supo de lo ocurrido por habladas de tu mamá Esme; el único que dudó de Epitafia fue tu padre; pero él no había nacido especial, no podían votar para arrojarte o no de la Casa.

Así, en unos minutos, tu madre ya había hecho un atado y empujado tu cuerpo desnudo a la calle, lo que te gritó fue solo para ti, pero yo también lo escuché:

—¡Mientras yo viva, jamás pondrás un pie de nuevo en Churubusco el Alto! Vete a Atototlán de la Paz. Y que lo que hiciste aquí, no lo repitas nunca.

El grito se cuajó dentro de ti y se adhirió a tu alma: debías partir con el mandatorio de tu madre marcado a fuego en tus huesos, como amenaza y como hechizo.

—Si vas a creer en ella y no en tu hijo… —te relamiste el coraje—, pues esa será la última cosa que le escucharán decir.

Y la orden se cumplió, sellando los labios de tu abuela por toda la eternidad. Tu familia se dio cuenta muy tarde de que te necesitaba para regresarle la voz, aceptó ese mutismo por medio de un coraje prolongado.

No supe qué fue de ti, te perdí. Concuerdo con doña Macabea: tan chulo que eras. Pero ya ni llorar es bueno. Lo importante es que has vuelto, que estás sano; que esos pies infantiles que quedaron marcados en mi piso ahora vuelven a posarse enfrente de quienes le dieron la espalda, y yo siento tus dedos sobre mis paredes, mientras tus caricias materializan mis recuerdos.


Imagen de Pexels en Pixabay.com


sábado, 10 de abril de 2021

Onward: parodia de D&D más que de la vida misma


Mis unidos lectores, esta semana terminé dos de la películas que le debía a Disney y que gracias a su servicio de streaming he podido ver: Toy Story 4 y Onward. ¡Al carajo la primera! Soy rolero y hablaré de esta última.

Onward —Unnidos en LatAm—: película del 2020 estrenada apenas unos días antes de que la pandemia interrumpiera muchos de nuestros proyectos personales —una ida a Argentina, por ejemplo— y que por lo mismo creo que no tuvo el reconocimiento que merecía.

Siendo sinceros, como un objeto estético, es un trabajo curiosamente ambivalente. La animación es preciosa, el diseño de personajes y de manejo de ambientes me parecen cuidados a detalle. Walt Disney Pictures y Pixar hicieron un trabajo maravilloso, he de admitir.

Todas las referencias a los juegos de rol y demás me pareces llamativas: hay dados de veinte caras en todos lados; pero, ¡vamos! No es como si los roleros realmente tengamos tanta fascinación por mostrarle al mundo en qué nos entretenemos los fines de semana. Más si hablamos de Barley: un LARPero compulsivo que deja la mesa con el setup de miniaturas listo y preparado; yo hago eso en mi casa y mi marido me termina corriendo. Por otro lado… el hecho de que Quest of Yore tenga hechizos reales… no sé… no imagino a alguien de nuestro mundo aprendiendo magia con componentes verbales, somáticos y materiales y gritando Dream of the Blue Veil o un simple Fireball en nuestro mundo sólo porque Gary Gygax y Dave Arneson así lo planearon. Sospecho que como aventura mágica es interesante, y más si reconoces esos detallitos que identificarán los roleros o los lectores de maravilla épica.

Sin embargo, creo que es una muy buena historia. ¡No abandones tus sueños originales ni niegues tu pasado! La mantícora ahora se siente mejor al ser ella misma, las hadas han descubierto que no volverán a gastar en gasolina, y el gordo jefe de policía ahora puede irse a trabajar cabalgando teniendo un mejor cuerpo para la elfa señora. Todo muy bien en el mensaje. De hecho, es algo que puede llegarles a muchas personas que han sufrido pérdidas familiares, que se sienten relegados o que creen que no encajarán nunca por culpa de no haber conocido a sus padres. La verdad, la moraleja que da esta película es bueno y creo que en ello radica parte de su grandeza. Los métodos que utilizan Disney y Pixar son más dudosos… ¡qué importa si tiras una escuela!, ¡haz que tu camioneta vuele sin problemas por un barrio tranquilo!

¿La recomendaría? Claro que sí, sólo si eres de ese selecto grupo que adora el rol; sin embargo, los agujeros en la trama son bastantes: muchos de ellos tienen que ver con la normalidad de ver que una mujer sale a la calle con un hacha o que una mantícora queme el pastel de cumpleaños de tu hija. Estos son momentos que evidencian que no es nuestra misma sociedad; y, finalmente, son parodias de nuestro mundo. Tenemos que tomarlo como eso y disfrutar la película, que como historia de hermanos, novela de crecimiento y hasta de superación personal, Onward se lleva las palmas.

¿Los demás creen que la quema del restaurante se pudo haber evitado de haber escuchado a la mantícora diciendo “se basa en mis antiguos mapas” o si Ian hubiese copiado en su práctica libreta el mapa en vez de tomarlo como atrabancados delincuentes juveniles?

Pese a todo, mis unidos lectores, creo que son cosas que no podremos resolver sin entrar en discusión. La película es buena, sin embargo, es un filme pochoclero de esos para ver en domingo… mi caso.


Imágenes publicitarias propiedad de Disney y Pixar




miércoles, 31 de marzo de 2021

WandaVision: un reflejo del arte contemporáneo

 Mis metahumanos lectores, hace mucho que no escribía una reseña, pero justo ahora estoy en una etapa en que revivo viejos proyectos, quizá por las vacaciones o quizá como procrastinación de mi tesis.

Primeramente advierto que incluiré algunos spoilers y revelaré unos aspectos primordiales de la trama de la serie WandaVision (2021) la cual terminé hace poco vía Disney+. Primeros datos que podemos mencionar: La dirección está a cargo de Matt Shakman y forma parte del expandido universo cinematográfico de Marvel —en ese orden de palabras— colocándose justo al terminar Avengers: End Game (2019). Además, Rotten Tomatoes la califica con un coqueto 91% de aceptación.

Pero, ¿por qué me cautivó WandaVision? Entre las muchas posibilidades: se trata de una obra metaficcional, algo que —justamente— me encanta analizar en la literatura. La serie empieza en blanco y negro como un sitcom (Comedia de situación) de los años 60 y para el humor tan rancio que nos han enseñado que debemos tener durante este siglo xxi, WandaVision representa un descanso de lo que estamos acostumbrados. Razones que tenemos que considerar para comprender a profundidad el porqué de estas obras. El primer episodio termina con alguien dejando una pluma frente a una pantalla mientras suena el ending del episodio que acabamos de ver.

Después de esto —y aquí advierto los spoilers— nos damos cuenta de que es una realidad construida por Wanda (Elizabeth Olsen) ante la muerte de Vision (Paul Bettany). Por lo que estamos viendo una metaserie —una serie dentro de otra serie— y el interés del espectador será descubrir por qué se eligió este formato. Desde el primer capítulo hay un rompimiento de este mundo posible que experimentamos: un foco rojo intermitiendo durante el comercial de un tostador marca Stark. ¿No era en blanco y negro? El espectador podría ignorar por completo esto, pero son signos muy interesantes de por qué se pone en juego la ficción misma.

En sí, cuando recuerdo todos estos recursos estéticos quiero volver a verla y luego pienso en que The Mandalorian sigue en espera. WandaVision es una obra metaficcional donde la misma realidad inventada habla mucho de la psicología de los personajes. Tenemos a una protagonista sumamente dañada y que necesita ir a terapia, pero vemos cómo actúa desesperadamente adentrádnose en una negación del tamaño de todo Westview. Este aspecto podría llegarle a más de algún espectador en una situación de pérdida o que tenga algún trauma parecido. ¡Punto extra para WandaVision!

Son quizá estos dos detalles —la metaficción y la psicología— los que en conjunto hacen que la serie sea rica en análisis. Quizá podamos mencionar también el uso de personajes del MCU que evidencian una continuidad narrativa: el actor Randall Park que vimos en Ant-Man and the Wasp (2018) y en Agents of S.H.I.E.L.D. (2013) sigue interpretando a James Woo, por su parte Darcy Lewis (Kat Dennings) vuelve a hacer de las suyas descubriendo cómo analizar los poderes de los metahumanos. Pero entonces, sabiendo esta recurrencia de personajes, decidieron incluir a Evan Peters (X-Men: Apocalypse) como Pietro Maximoff y no al Aaron Taylor-Johnson que vimos en Ultron (2015). La serie lo explica, pero no deja de ser interesante cómo juegan contigo incluso en esos momentos y es lo que hace de WandaVision una joyita de la metaficción y —además— un divertimento para los fans de Marvel.

Pues bien, mis metahumanos lectores, espero volver a ustedes pronto con otra reseña; sin embargo, entiendan que estoy de vacaciones y quizá esto me dio la oportunidad de hablar con ustedes. Sin embargo, al ver que WandaVision poseía muchas aspectos que estudio en mi doctorado, dije: “Necesito ponerlo con palabras”.

Recuerden que estoy dispuesto a leerles cualquier comentario. Prometo no desaparecerme tanto y respetar más los espacios de las reseñas que ya me extendí un poco; sin embargo, ya no estoy en el periódico y puedo disponer de unos cuantos caracteres de más.

 

Poster oficial propiedad de Disney+

jueves, 25 de marzo de 2021

El gallo negro

El doctor Agustín Mendiola preparó todas sus cosas antes de salir de su consultorio. Ya llevaba un tiempo atendiendo al anciano Secundino Miramontes, pero el paciente insistía en que lo revisaran cada día; la paga no estaba nada mal, por esto el doctor Mendiola aceptaba tratar diariamente al enfermo en casa.

El médico llevaba poco en Churubusco el Alto. La gente supo que ese joven de bata blanca y de cabello rebelde y femenino había sido enviado desde Atototlán de la Paz para trabajar como patólogo general e internista en su pueblo. Agustín Mendiola sabía que más que un hospital, estaba a cargo de una mediocre casita de tres habitaciones: una para el encargado y las otras dos para tratar a los enfermos con la precaria tecnología de Churubusco el Alto y que parecía haberse quedado a inicios de los 1800.

Salió de su consultorio recordando que esa noche habría Luna nueva. Ya le habían advertido mucho sobre ese temporal. Si se apuraba, regresaría a su casa antes de que la noche su hubiese comido las calles; tomó camino entre las gentes del pueblo. Empíricamente, si andaba por su derecha, nadie le molestaría.

La llegada del doctor Mendiola fue recibida de forma ambivalente por Panacleta de Miramontes. Abrió la casa con el cerrojo que siempre tenían puesto: levantar para luego dar un tirón y abrir la puerta de manera mecánica.

—Llegó temprano hoy, doctor.

—Me desocupé antes del consultorio.

El barrido que le hizo Panacleta al hombre pareció adivinar que algo se ocultaba en esas palabras, seguro y era el miedo primigenio a las noches sin Luna experimentado por todos los del Valle Mayor.

El recorrido fue hecho con parsimonia. El pasillo era amplio, recto y comunicaba hasta el fondo con la habitación de visitas, la cual habían adecuado para atender a Secundino Miramontes.

Aquella noche al enfermo se le iba la vida. La calentura parecía demostrar que —pese a los cuidados del doctor Mendiola— no llegaría a un día más.

El proceso fue rutinario: temperatura, preguntas, toma de pulsos y ritmos respiratorios, limpiarle la lengua saburral y esperar la arcada de vómito para sacar la bilis cargada de rencores que traía. En esta ocasión, el doctor Mendiola se dio cuenta de que la temperatura se le había disparado y le inyectó un sedante para dormir más plácidamente sin el efecto de los calores.

Ya en la sala, el doctor le confesó sus miedos a la esposa: —No me hago tantas esperanzas.

Panacleta, más que acongojarla, vio en esa sentencia una promesa de libertad. Su marido la había tratado mal hasta el hartazgo; así, ella podría tener una tranquila viudez y descansar como debía.

—Oiga, doctor. ¿Y no está muy, muy, muy enfermo?

—Es lo que le estoy diciendo, señora. Su esposo está delicado. Está a tres corajes de que la bilis se lo coma por dentro. Debería dejarlo tranquilo y consentirlo un poco a ver si mejora con las pastillas. ¿Se las sigue dando?

—No me lo tome a mal, doctor. Usted está joven… y quizá no conoce nuestras costumbres; pero le conviene a mi marido ya ponerse a descansar ¿no?

—No entiendo qué quiere decir.

—Mi esposo siempre ha sido hombre de campo. Tenemos vacas y caballos. Yo no sé tanto de los asuntos de los animales; pero él siempre fue caritativo cuando uno de sus caballos se lastimaba una pata. ¿Sabe? Ya no pueden volver a caminar sin relinchar de dolor los pobrecitos. Él les decía a los mozos que debía acabar con el sufrimiento de aquellos. Los llevaba a un lugar tranquilo, los acariciaba y de un tiro, los hacía descansar por fin. ¿Usted no tiene algo similar? No digo que le dé un balazo —Panacleta de Miramontes se arrugó el vestido tratando de darle coherencia a sus palabras—. Pero, pues… algo que le haga sentir más relajado y en sintonía con Dios.

El doctor Mendiola supo a qué se refería. Y así como ella adivinó el miedo supersticioso del médico, él comprendió el rencor que esa mujer traía metido en sus ojos.

—Ay… —suspiró el doctor—. Creo que no le puedo ayudar, señora. Yo hice un juramento para salvar la vida de mis pacientes, no para acabarlas. Con gusto puedo dejar de tratarlo —se mordió la lengua al darse cuenta de qué decía—, pero eso será porque usted me lo diga. Eso, por más caritativo que sea, no puedo permitírmelo.

La mujer bufó con desgano sabiendo que el terco de su esposo terminaría viviendo por otro mes más. El doctor Mendiola había empezado sus tratamientos hacía tres semanas y le pronosticaba dos meses al inicio; pero conforme avanzaban los días, las porciones de medicamentos se hicieron mayores y las expectativas de vida más cortas.

—Descuide, doctor —Panacleta de Miramontes sonrió con la única cara que sabe hacer una mujer violentada por el yugo matrimonial y abrió de nuevo la puerta: alzando y empujando para destrabar el prestillo—. Ojalá pueda dormir bien esta noche. Mañana lo vemos.

Cuando el doctor estuvo fuera de la casa, Panacleta de Miramontes puso seguro nuevamente: pensó que quitarle la llave podría hacer que el espíritu de su marido quisiera irse esa noche sin Luna, pero esa tradición ridícula de los Miramontes era por los querencieros que venían en esa casa un botín de plata y joyas.

Qué le costaba esperarse tantito. Días más o días menos, el doctor Mendiola terminaría liberando los papeles para que, en poco tiempo, los chamanes hicieran los ritos fúnebres. En muy poco tiempo…

 

Churubusco el Alto dormía en silencio y el doctor Mendiola era el único afuera en esa Luna nueva. Aún no se enteraba de todas las cosas malas que decían los parroquianos, solo aquellos rumores en el puestito de comida de doña Jacinta. Es más, ni se sabía aún las tradiciones a respetar en Churubusco el Alto. Con decir que cuando lo vieron pagando con monedas de oro, se doblaron de risa. La gente le dijo que nadie cambiaba aquellas monedas de fantasía, que volviera cuando tuviera monedas de verdad: reales de plata debidamente acuñados. Por fortuna-desgracia, don Secundino Miramontes cayó enfermo y le dio un cuantioso botín para empezar su vida en el Valle Mayor.

El viento arrastró las hojas secas que yacían en el suelo y el sonido le nubló los recuerdos de todo lo que le habían advertido sobre estar fuera tan tarde. Notó que las calles estaban solas y las velas daban una luz mediocre a sus pasos. En efecto: el pueblo y el astro nocturno se habían resguardado en sus casa sabiendo que debía temer a lo que empezara a deambular.

En la mente del doctor Mendiola —como buen hombre de ciencia— surgieron digresiones tranquilizadoras que le explicaron que todo aquello, seguro era parte del folklore. Sus cosas ocurrían también en Atototlán de la Paz: pero la gente de su pueblo natal sabía que en Churubusco el Alto algo desentonaba con la lógica. Y quizá fue esa incredulidad o predisposición lo que hizo que un miedo preternatural le soplara los pensamientos cuando vio al final de la calle a aquella persona.

La figura avanzaba con paso lento y seguro en su dirección, vestía completamente de negro, y pese a la distancia que los separaba, podía notar sus ropas finas como si hubieran sido hechas de un lino exquisito o de alguna manta traída desde Libertad de Juárez.

El doctor Mendiola recapacitó, nunca había visto a nadie con ropas tan exquisitas en todo Churubusco el Alto de no ser por los vestidos de Panacleta de Miramontes o de su hijo Edgardo. Llevaba poco tiempo y sabía que los tres matrimonios Serrato tenían bastante dinero, pero ellos no estarían caminando hacia él, además, los esposos de las Serrato eran hombres más famélicos, y esta figura se veía de espaldas anchas, brazos duros y piernas de corredor.

El viento movió de nuevo las hojas y las arrastró calle arriba; pero no movió ni un centímetro las telas de aquel hombre que se aproximaba despacio hacia el médico. Notó entonces el repiqueteo de unas espuelas plateadas con cada paso. Las botas, finamente decoradas, hacían juego con el sombrero caído sobre la cara tapándole lo que el doctor creyó sería el rostro de un hombre de verdad, con ese cuerpo y esa actitud tan soberbia y bruta, no cabía duda de que debería ser alguien de mentón grueso y bigote. Cuando se puso a analizar a aquel sujeto, descubrió que vestía casi el sueldo de veinte años de un médico de pueblo como él, o incluso más.

El extraño venía bajando la calle justo en dirección contraria. Agustín Mendiola tenía su consultorio junto a una vecindad a las afueras del pueblo; allá, mucho después de la escuela. Aquel extraño parecía venir del norte, como si la Sierra Caliza se hubiera abierto para dejarlo pasar. Recordaba haber leído en su infancia alguno que otro cuento infantil donde los niños eran comidos por una montaña gracias a un flautista, y aunque aquel cuento distaba mucho del páramo altoaltochurubusquense, se percató de que, aun así, empezaba a percibir un efecto ominoso en ese encuentro.

Los pasos de cada uno iban aproximándose. La calle era ancha, pero el extraño parecía avanzar por su izquierda, de seguir así, acabarían en un inminente choque. El doctor Mendiola se movió al lado contrario para dejarlo continuar, casi pegándose a la pared y reduciendo su velocidad. El extraño hombre de negro siguió su andar rítmico, las espuelas de plata parecían campanas de ultratumba en medio de la noche. Agustín Mendiola se detuvo y colocó frente a él su botiquín para indicar que le cedía el paso, reconociendo que a esos hombres no debía detenérseles.

A pocos palmos de distancia el uno del otro, el doctor Mendiola sintió un miedo total: el sujeto de negro no estaba vivo. Aquel ser, robusto y fornido, era realmente un esqueleto andante que asomaba la punta de sus falanges por los guantes de montar. El rostro no era aquel que imaginaba, sino un terrible retablo híbrido: era el cuerpo de un hombre rematado con un cráneo de gallo enorme. El pico sin carne refulgía casi como si fuera de plata brillando con la intensidad de las almas en pena, sus cuencas oculares se rellenaban de fuegos danzantes que vagaban entre el azul y el naranja.

Eran las brasas de los demonios en el Infierno: pensó el doctor justo al momento en que aquel detuvo su andar continuo. El espectro giró su pico y se pudo escuchar un olfateo denso como si quisiera llenarse por completo del aroma del médico. Las llamas de sus ojos se avivaron con el aire y tornáronse aún más terribles.

Al doctor Mendiola solo se le ocurrió correr: los frascos de vidrio y sus instrumentos de metal reventaron dentro de su maleta mientras huía despavorido. Jamás en su vida había corrido tanto, las dos calles que le faltaban para llegar a su hogar las completó en menos de un minuto y cuando llegó a la esquina, giró reticente hacia atrás, aquel cráneo de gallo lo veía desde lejos; los puntos ardientes de sus ojos seguían clavados en él, pero pronto la cabeza que miraba anormalmente hacia atrás recuperó su posición. Aquel ser siguió avanzando en la misma dirección que el doctor Mendiola había tomado, El Gallo Negro iba a visitar la casa de los Miramontes.

 

Los tosidos secos de Secundino seguían escuchándose en la hacienda. Edgardo, inquieto, le rezaba a la Virgen del Valle Mayor para hacerle el milagro de regalarle a su padre varios años más. De haber sido por Panacleta de Miramontes, le hubiera pedido que parara y no solicitara semejantes cosas, que dejara a su padre morir como se debía. Sin embargo, ella no quería enemistarse también con su hijo de quince años, quien ya mostraba comportamientos similares a los de Secundino: agresivo, contestón y altanero, todo desde hacía un año en que su padre lo había llevado de pesca a la Presa de la Carpa. Por eso, prefería seguir la fiesta en paz, no fuera que se muriera el marido y su alma podrida se le metiera en el hijo.

Panacleta de Miramontes no se había tomado tiempo en preparar la cena: sacó un poco de leche y se dispuso a tomar un pan dulce de con Santiago Jojoringo como su única merienda.

Estaba en la cocina cuando todos aquellos con el apellido Miramontes en su nombre escucharon tres horribles toquidos en la puerta. La potencia con la que la madera retumbó la hizo despegar los ojos de la estufa; al mirar atenta hacia la entrada se perdió de un espectáculo que no volvería a ver en su vida. Lo mismo le pasó a Edgardo Miramontes, quien sintió un ansia enorme por abandonar la figura de la Virgen del Valle Mayor y la veladora puesta frente a ella.

Otros tres toquidos retumbaron en la hacienda Miramontes. Madre e hijo pudieron haber permanecido en sus labores para ver al fuego tornar en un púrpura infernal; pero ellos —más preocupados por lo que había allá fuera— no notaron al viento de olvido que apagó las veladoras ni a la leche hirviendo tan rápido por intercesión demoniaca hasta desbordarse y silenciar aquel fuego purpúreo.

Una tercera vez: tres golpes.

Para Secundino, aquello era claro: se trataba del Gallo Negro que venía a buscarlo.

Los tosidos secos del enfermo retronaron como respuesta en los pasillos. Madre e hijo escucharon el sonido palmeante de los pies descalzos de Secundino avanzando como podía hacia la puerta.

A partir de ese instante, Edgardo sabría cuál era el final de todos los Miramontes: de los toquidos del Gallo Negro para ponerle fin a la maldición que empezaba a los catorce años. Los nueve golpes retumbaron en su alma como una nueva tradición.

—Papá, ¿qué está haciendo despierto?

—¿Tu papá se levantó? —Panacleta de Miramontes salió de la cocina para ver a su marido pegando la mano en las paredes, avanzando poco a poco, guiado por un hálito extraño en dirección a la calle.

—Tengo… —la tos lo volvió a invadir—. Tengo que abrirle. Tengo que irme ya.

—¡Papá! Regrésese a la cama. Está malo, no puede estar caminando descalzo así como así.

Panacleta de Miramontes no quiso decir nada anhelando que aquello fuese el verdadero delirio de un hombre antes de morir. La promesa del doctor Mendiola sobre lo inminente de la muerte de su marido se cumplía.

Secundino empujó a su hijo sin siquiera perder el equilibrio. Esa era la fuerza sobrehumana de cualquier Miramontes y volvió a relucir por última vez cuando Edgardo salió volando para estrellarse contra un espejo de casi cien años.

En la puerta principal, escucharon ruidos. Panacleta de Miramontes reconoció el sonido de una llave introducida desde fuera para abrir la puerta, eran esos tres botes metálicos antes de que la llave entrara por completo, notó cómo levantaban ligeramente la puerta y la empujaban antes de girar la perilla.

Los goznes chirriaron con un óxido de ultratumba.

Secundino Miramontes corrió en un ataque de tos que casi le hizo estallar los pulmones, su cara estaba roja y tenía los ojos abiertos como un maníaco. A pesar de aquello, la bilis acumulada brotó en un sudor chorreante y viejo.

Edgardo recobró el sentido para observar a su padre abrir la puerta. Ahí estaba aquella figura vestida de un negro lujoso rematado en plata y con un cráneo de gallo sobre sus hombros. Percibió aquel tono purpúreo y experimentó en su cabeza el miedo de saber que esa sería la última cosa que vería antes de morir. Su padre dio un paso hacia fuera. Allá en la cocina, quieta de pánico, Panacleta de Miramontes vio cómo su marido salía de sus vidas para siempre, y aquel camisón que vistió durante sus tres semanas de agonía se iba ennegreciendo, haciéndose la misma ropa de ese ser.

En un abrazo sobrenatural, ambas figuras se fusionaron en un solo monstruo de ojos morados. El nuevo Gallo Negro miró a Edgardo Miramontes antes de dar la vuelta y alejarse del portón. Antes de siquiera llamar a su padre, la puerta se azotó de golpe y el sonido de la cerradura retumbó dentro de la hacienda.


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viernes, 11 de diciembre de 2020

Biblioclastia: la subsistencia y destrucción en la metaliteratura

 

Malaquías es el único que tiene acceso al libro. Si no es el culpable de los crímenes, quizás ignore los peligros que ese libro encierra...

Umberto Eco

 

Cuando Lyotard habló de la posmodernidad, seguramente no se imaginaba toda la sarta de eventos cienciaficcionales con las que lidiamos hoy en día. La actualidad nos alcanzó, no solo en las artes, sino también a las maneras en que mostramos muchas de las obras estéticas. Los lectores contemporáneos nos enfrentamos a una nueva era de soportes y discursos, donde no sólo tenemos libros y periódicos como la única fuente de conocimiento impreso, sino que también existen computadoras, tablets, lectores digitales y todo un abanico que podría detonarse en los años venideros a la publicación de este trabajo. ¿Qué diría Verne de todas las maravillas a las que nos enfrentamos como el Streaming o las redes sociales? En general tenemos una revolución sobre el modo de informarnos y en cómo la almacenamos.

¿Deberíamos preocuparnos de aquellos millones de resultados que arroja Google al buscar sobre la desaparición del libro impreso? Quizá muchos hemos pensado que eso es un indicador para desanimarnos o creer que el libro está en aras de extinguirse, como tanto han cantado diversos autores sobre la desaparición del papel, la tinta y la encuadernación. Sin embargo, no tenemos por qué sorprendernos: decir que la destrucción de libros es nueva, sería ignorar milenios de historia, y —sobre todo— aparentar ignorancia ante un tema que ha rondado la literatura desde siempre. Hemos afrontado muchísimas veces una posible desaparición del libro, no sólo por manos de la tecnología —como se ha debatido recientemente— sino también a lo largo de los anales: los rollos, el papiro o el incunable; todos descolocados o reemplazados por una nueva presentación y elaboración que extiende su durabilidad. Estos soportes son materiales y no digitales como los que están en boga últimamente; más relevante desde que las películas en soporte rígido se han tornado hasta obsoletas. ¿Nos enfrentamos hoy en día a la verdadera desaparición del libro? Quizá exagere, pero hay muchas razones para pensar que a lo largo de nuestra existencia, la biblioclastia —término más práctico para hablar de la destrucción de estos materiales— es una preocupación de los intelectuales y de aquellos que leen; ejemplo lo hallamos en Borges y su ensayo “La muralla y los libros”, texto que apertura Otras inquisiciones (1952): por un lado la construcción de la monumental Muralla china y por el otro el olvido de todos los registros anteriores al gran Shih Huang Ti. Esta desaparición del conocimiento es contextualizada por Fernando Báez en su obra Historia universal de la destrucción de los libros: de las tablillas sumerias a la guerra de Irak (2004), principal fuente para hablar de la biblioclastia, la libroclastia, libricidio o bibliolitia; términos que van de la mano, pero que para fines prácticos referirán a las conductas, prácticas, procedimientos, dispositivos y políticas para destruir, desvalorar o invisibilizar recursos de información, espacios o personas relacionadas con el mundo bibliotecario o editorial (Báez, 2004). Es hasta irónico que el memoricidio provenga de oriente: lugar donde nació el libro, aplicando por completo la destrucción de libros y bibliotecas por medio del fuego —elemento simbólico en la historia humana— pero que remarca el vínculo que hay con la destrucción de las ideas y las revoluciones constantes del pensamiento. Una de las premisas que no desarrolla por completo Báez la podemos encontrar en el libro Antropología filosófica. Introducción a una filosofía de la cultura (1944) de Ernst Cassirer: el lenguaje oral y escrito, deriva del mito y la religión, de él proviene el arte y después la ciencia (Cassirer, 2016: 205-254). Es quizá este carácter aún subjetivo que puede tener la palabra escrita el que puede hacer que el tema sea volátil y desdeñable en algunos aspectos. La palabra y las artes escritas son discutibles y pueden dañar la ideología de otros, por lo tanto, están sujetas a la iconoclastia.

Podemos observar que el memoricidio coexiste culturalmente con la formación humana. La relación con el análisis literario parece ser aún sutil, pero proviene de las premisas dadas por Báez y trasciende a escritores de hoy en día. En nuestra vida cotidiana, ¿quiénes son más propensos al libricidio, los hombres cultos o incultos? Una respuesta simple podría ser que los no lectores tienden a no darle el peso o importancia que tiene la palabra escrita (Galindo Núñez, 2019). Al desconocer todo el proceso editorial que requiere un libro, parecería usual esa condena inquisitorial que les dan a los libros. Culpar a los incultos simula ser una salida fácil; pero ignorar a los letrados en esta ecuación puede llevar a una puerta falsa. La gente culta conoce todas las horas de trabajo que tiene un solo ejemplar —más si es un tomo medieval— y sabrá que el condenar al olvido un tomo no es sólo destruir papel, sino parte del contexto, y es que muchos de esos libros condenados a la hoguera reflejan de los intereses de una sociedad —como el ensayo de Borges— para prevalecer a lo largo de la historia.

Si miramos la otra cara —la de los lectores críticos—reconoceremos ciertos elementos que podrían desentonar en esta discusión: una persona inculta podría destruir los objetos de conocimiento porque no aprecia su interior; pero el que sabe valorar su contenido también podría querer aniquilarlo. En el famoso escrutinio de la biblioteca de Alonso Quijana en el capítulo vi del Quijote, el cura y el barbero son conocedores de los libros y pueden juzgar cuáles son malos para el seso de su vecino. ¿Qué tipo de pensamientos se ponen en juego al juzgar un libro? En la obra cervantina se intentaba liberar la mente del hidalgo de las infames palabras de la caballería; sin embargo ejemplifica cómo aterran los libros al mundo. La palabra es poderosa cuando puede llegar a la persona adecuada, y el papel del crítico es crucialpara esto.

¿Qué sucedía en El nombre de la rosa de Umberto Eco si no era este mismo proceso? Jorge de Burgos —nuestro Borges benedictino— reconoce el peligro de ciertos libros y no teme matar a todo monje que tenga contacto con el tomo ii de la Poética aristotélica. Esta misma situación ocurría en los scriptorium monacales, donde sin mayor razón que la persistencia de las tradiciones morales y religiosas de su tiempo, los académicos destazaban y censuraban ejemplares con el único motivo de que veían algo peligroso en sus hojas (Rey Bueno, 2006). Este memoricidio lleva a encajonar el pensamiento, pero deja muy evidente para el lector que hay una cercanía entre la gente culta o letrada y la destrucción o invisibilización de estos libros, porque, ¿quiénes son los primeros filtros del canon si no es la Ciudad letrada[1] y todos los mecanismos de poder que conlleva?

Es verdad que habido gente inculta que buscó desaparecer la palabra impresa; pero hay más lectores críticos que conocen la crudeza de la palabra, las injurias y subjetividades que los libros llegan a ocultar; no por nada, existe la anécdota de coleccionistas que mutilaron la primera Biblia de Gutenberg hasta convertirla en despojos vendidos a granel a un precio mucho mayor que una Biblia íntegra. Si partimos de esta premisa, podemos extender la tarea que nos compete y darnos cuenta de quienes tendrán más problemas con los libros y su administración: las personas más cercanas a ellos. Tenemos inmiscuidos en los organismos de validación del canon literario a cientos de escritores que dedicaron su vida para evidenciar estos hechos por medio de una metaliteratura —libros que hablan de libros—, convirtiendo a la biblioteca en un tópico central de sus palabras, ya sea narrativa, lírica o ensayística; y para todos aquellos que estén envueltos en el mundo editorial es muy posible que encuentren una inspiración potencial en su proceso de creación literaria.

Y es justamente aquí que tenemos un punto de unión entre la biblioclastia y la metaliteratura, pues a nadie le parece extraña la presencia de la Enciclopedia Británica en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” debido al carácter academicista que compartían Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Es verosímil que estos dos personajes se pasaran las tardes discutiendo entradas de libros de referencia; del mismo modo que en México el Ateneo de la Juventud departía con gusto lecturas extranjeras o términos exquisitos de otras lenguas. Esto abona en el argumento de que los letrados tienden a tener un fetiche con el libro, volviéndolo un punto de fuga para muchas de sus creaciones. Así, esta metaliteratura es un reflejo de las preocupaciones primigenias de ciertos escritores; como el poeta que confecciona su ars pœtica o que le canta a la Poesía. Siguiendo estos preceptos, habrá en algún momento un escritor que dé una pincelada a sus maestros: un libro puesto en una escena del crimen, una biblioteca en algún personaje, un profesor de literatura; si la bibliolitia se da más en la gente culta es porque ningún individuo es inmune a su contexto: moverse en el mundo de los libros y las bibliotecas terminará afectando al sujeto de modo que sublime estas experiencias de algún modo; pueden ser vertiendo su experiencia bibliófila en los textos o describiendo un libricidio. La afirmación anterior es una peligrosa aseveración: es importante precisar que no todos los que tienen contacto con los materiales impresos se volverán un Borges o un Burgos. Sin embargo, es importante mencionar que hay un carácter logócrata a tratar aquí (Steiner, 2003), y convendría acercar otro ensayo de Umberto Eco —curiosamente uno sobre el gusto por los libros—: “Desear, poseer y enloquecer”, donde habla sobre la bibliofilia y la bibliomanía y que nos hace reflexionar cómo muchas veces hay coleccionistas que no leen las obras que archivan. El ensayo es crudo y deja a discreción los juicios de valor. Eco reconoce que no todos los bibliómanos leen, del mismo modo, no todos los involucrados en el mundo de las letras acaban tocando el libro en sus historias. Estas referencias nos indican que está presente una cercanía con estos tópicos, y esto será algo muy relevante a lo largo de este trabajo.

Resulta hasta obvio pensar que no existe un texto que no responda a su contexto: ese objeto hablará demasiado del tiempo y lugar en el que se desarrolló. Un producto estético surge de lo que le resulta inquietante a la sociedad. Así, del mismo modo en que personas asoladas por el narcotráfico tienden a evidenciar sus traumas por una sublimación estética, muchos pueden querer ser escuchados. La falta de comunicación con otros la encontramos en la biblioclastia: autores preocupados por retomar la existencia del libro y recuperar aquellos días idílicos cuando la literatura estaba a la orden del día. Si no se exalta, puede crearse una distopía donde la letra sea despreciada. Ante la pregunta sobre quiénes destruyen más libros, si los lectores o los no lectores, podemos regresar a la hipótesis de que los más cercanos a los libros, son los escritores que sacan su frustración académica e intelectual por medio de las letras. Cuando tanto preocupa esta situación a alguien más necesita dialogarla; el libro responde tendiendo la comunicación con un lector futuro —lector ideal o lector modelo— para que entre ambos concluyan sus reflexiones sobre la erudición: caso similar que muchos lectores han experimentado frente a estos autores que discuten su postura biblioclasta dentro de la literatura.

Podemos llevar esta reflexión a un metadiscurso y situar la lupa en que los mismos letrados hablan de las obras literarias. Parecería lógico que, si juntamos ciertos caracteres personales, contextuales o de recepción, aparezca ante nosotros la figura de un autor que escriba sobre libros, convirtiendo el ejemplar, si no en un objeto destruible, en materiales monstruosos o llenos de imposibilidades. ¿No somos acaso producto de lo que nos rodea? Este trastocamiento, esta polimorfismo del libro normal al ominoso que debe ser destruido es un paso importante para la literatura: es una reescritura del grimorio medieval, y del mismo modo que aquellos tomos arcanos, debe ser aniquilado, o él nos destruirá a todos (Galindo Núñez, 2019). Esto es una renovación literaria, una nueva manera de crear autoficciones donde se desmenuce una clara intención estética. La biblioclastia y el olvido son una preocupación constante incluso a modo administrativo, pues la desaparición de los libros debe preocupar a cualquier escritor que depende de sus lectores; y aunque sustente la idea romántica de escribir únicamente para él, es posible que busque ser publicado.

Escritores preocupados por este tema son muchos, y el listado que viene a continuación parecerá ser más propio de un catálogo que de un análisis minucioso, pero quisiera recalcar que ya otros han dado sus opiniones en torno a estos ejemplares o han creado análisis más significativos de los que pueda mostrar en este momento.

Ya se citó la obra cervantina y a Umberto Eco en El nombre de la rosa; sin embargo, otro bastante reconocido por el público es Farenheit 451 (1953) de Ray Bradbury: distopía donde se puede recurrir al memoricidio: olvidar el arte, la literatura y las obras dignas de pensamiento. Bradbury —en su cualidad de escritor de ciencia ficción— mostró de manera anticipada —como buena parte de los autores de este género— una manera en que la biblioclastia podía ser llevada al extremo, causando resistencia en algunos rebeldes y haciendo que muchos murieran por esos ideales, incluso, abandonando la civilización tecnológica para volverse sabios marginales.

De un modo similar, Pérez-Reverte nos muestra en El club Dumas (1993) a un cazador de libros: un mercenario que consigue ejemplares extraños, y en este caso el libro Las nueve puertas del reino de las sombras escrito por el Diablo. En dicho tomo se cuenta la manera en que puede liberarse al mal en el mundo; aunado a ello aparecen personajes de Los tres mosqueteros y emularían una caricatura de lo que tememos los lectores: que haya vida dentro de nuestras historias. En la obra propuesta por el actual miembro de la Real Academia Española se encuentran situaciones propias del coleccionismo, similar a lo dicho por Eco en su ensayo. Lo que nos deja Pérez-Reverte es una duda en torno a por qué debemos cuidar los libros, qué hacer cuando alguien busca aniquilar lo que deseamos o robarse tomos de las bibliotecas particulares. Si bien es una historia de aventura, no deja de tener un carácter reflexivo sobre cómo se va forjando la idea del libricidio.

De España también —pero más contemporáneo— Carlos Ruiz Zafón ha logrado llegar a generar un best seller: por ejemplo, su saga Cementerio de los libros olvidados conformada por La sombra del viento (2001), El juego del ángel (2008), El prisionero del cielo (2011) y El laberinto de los espíritus (2016). Esta colección propone una biblioteca exclusiva y que sirve de refugio para aquellos libros que sufrieron durante la Guerra Civil y de los cuales sólo queda uno o muy pocos. ¿Cuál es su propuesta? Ruiz Zafón muestra la bibliolitia: esa particular destrucción bibliográfica realizada por los editores o autores en búsqueda de borrar ciertas obras. La sombra que recorre toda esta tetralogía es el amor por los libros y cómo personas se han arriesgado por salvar colecciones, así como otros por destruirlas, no sólo por el régimen franquista, sino también porque detestan lo que viene escrito en ellas. La tetralogía nos llevará girando en torno a este cementerio: personajes que atraviesan este espacio, que escriben y destruyen libros, pero también, razones para que esto sea cuestionado.

En El último lector (2004) de David Toscana se plantea un tema interesante: el castigo de un mal ejemplar. En la novela, el personaje principal sirve de juez literario que decide si un ejemplar permanece en la biblioteca regional para ser leídos o si merecen ser condenados a las ratas, las cucarachas y la humedad. El protagonista vive en y para la literatura: los libros son el fin y el medio, una manera de recrear el discurso y desarrollar la historia por medio de la metaficción: una historia que dentro de otra historia, proceso metaliterario por excelencia proveniente de los tiempos modernos de la literatura, como con el Quijote y Borges (Cercas, 2016: 13-18).

Entre otras muestras literarias tenemos otro best seller: La ladrona de libros (2005), de Markus Zusak. Obra relevante para muchos mediadores de espacios lectores y que habla del libricidio nazi y cómo una niña trata de salvar poco a poco varios ejemplares. La narradora de esta novela es la Muerte, quien va siguiendo los pasos de los protagonistas en medio del Holocausto. Simbólico resulta que un personaje tan interesante tenga la voz del narrador: fondo y forma se conectan, pues qué mejor manera de contar el fin de una bibliografía completa sino por medio de la aniquiladora por excelencia.

En la parte lúdica, El arte de rechazar una novela (2008) de Camilien Roy es una interesante manera de crear ficciones alternativas a modo de cartas de rechazo editorial: ¿cómo rechazar un libro de haikús si no es con “¡Nace un manuscrito! Las palabras, frágiles, despiertan. La espada se alza y mata” (Roy, 2008: 157). Mismo caso para una novela feminista, una de horror y un poemario en verso libre. Aunque este libro sea más cercano a la minificción, tiene mucho de lúdico y giros argumentales; sigue tratándose de un nuevo tipo de bibliolitia, pues son los editores quienes por medio de ciertos procedimientos —una carta de rechazo— no permiten a las nuevas voces del mundo literario salir; aunque según desarrollan las epístolas, seguramente estos textos no deberían vaciarse a la tinta y al papel. ¿Esto es un tipo nuevo de biblioclastia? Podría darse una respuesta que no satisfaga en su totalidad esta pregunta; sin embargo: ¿el negar la voz no es violencia de toda formas? Quizá este ejemplo pueda suponer un modo innovador de pensar, pero dejarlo de lado sería descartar la cercanía con el término “bibliolitia”.

Hay un tópico común en todos los ejemplos mencionados: el libro que debe ser aniquilado. El tomo tiene que ser desterrado de un modo u otro, ya sea por su baja calidad literaria como con Camilien Roy o porque se trata de conservar la memoria en medio del franquismo, movimientos similares al de Borges en su inquisición.

¿Qué interés puede haber fuera del literario por la persistencia de la memoria? El libro, la biblioteca, el autor y la librería tienden a fascinar; quizá una extrapolación de esta teoría pueda deberse al carácter divino que tiene la inspiración: llámese duende, musa, numen o cualquier otro; son reflexiones que podremos encontrar en archivos y en detallados recortes periodísticos de las localidades. En mero 2020 preocupa no sólo la transmigración del libro de la celulosa a lo digital, sino también el cierre de librerías y de editoriales. El mundo se vuelve agreste para el autor, de modo que la biblioclastia nos sigue atormentando: no a modo de incendios en Alejandría, sino en otros modos más ominosos. Sea el soporte o el discurso, el libro prevalece: es un mito, una manera de llevar la palabra y un símbolo que persiste en la consciencia colectiva (Carrión, 2013: 26-32). Quizá leer tanto sobre biblioclastia termine maravillando al lector, haciéndolo abrazar aún más sus ejemplares, apreciar la belleza de las librerías y completando su discurso cotidiano con metáforas renovadas en torno a lo que es ser intelectual, el leer y la bibliomanía.

 

Bibliografía

Báez, F. (2004). Historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la guerra de Irak. Barcelona: Destino.

Borges, J. (2012). “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius“. En Cuentos completos. México: Lumen.

Borges, J. (2014). “La muralla y los libros”. En Inquisiciones / Otras inquisiciones. México: DeBolsillo.

Bradbury, R. (2009). Farenheit 451. Guadalajara, México: Random House Mondadori, Universidad de Guadalajara.

Carrión, J. (2013). Librerías. Barcelona: Anagrama.

Cassirer, E. (2016). Antropología filosófica. Introducción a una filosofía de la cultura. México: fce.

Cercas, J. (2016). El punto ciego. México: Penguin Random House.

Cervantes, M. (2004). Don Quijote de la Mancha. Edición del iv centenario. México: Alfaguara-Real Academia Española.

Eco, U. (2001). “Desear, poseer, enloquecer”. En El malpensante (31). Recuperado el 10 de diciembre de 2020 de http://www.elmalpensante.com/31_breviario.asp

Eco, U. (2005). El nombre de la rosa. México: DeBolsillo.

Galindo Núñez, M. (2019). “Libros malditos: el mundo editorial dentro de las historias fantásticas”. En Realidades y Ficciones (39. Septiembre). Recuperada el 16 de mayo de 2020 de https://revista-realidades-y-ficciones.blogspot.com/2019/09/realidades-y-ficciones-revista.html.

Geraldo, D. (2015). “Parodia y autoparodia en El último lector de David Toscana”. En Revista Valenciana, estudios de filosofía y letras (16. Julio-diciembre). Recuperado el 11 de diciembre de 2020 de http://www.scielo.org.mx/pdf/valencia/v8n16/2007-2538-valencia-8-16-00057.pdf

González Echevarría, R. (2011). Mito y archivo. Una teoría de la narrativa latinoamericana. México: fce.

Pérez-Reverte, A. (2008). El Club Dumas. Barcelona: Punto de Lectura.

Rey Bueno, M. (2006). Los libros malditos: textos mágicos, prohibidos, secretos, condenados y perseguidos. Barcelona: Círculo de lectores.

Roy, C. (2008). El arte de rechazar una novela. Barcelona: Bruguera.

Ruiz Zafón, C. (2013). El prisionero del cielo. México: Booket.

Ruiz Zafón, C. (2013). El juego del ángel. México: Booket.

Ruiz Zafón, C. (2016). La sombra del viento. México: Planeta.

Ruiz Zafón, C. (2020). El Laberinto de los Espejos. México: Booket.

Steiner, G. (2003). Los logócratas. Barcelona: Siruela.

Szurmuk, M. y McKee, R. (Coords.) (2013). Diccionario de Estudios Culturales Latinoamericanos. México: Siglo xxi.



[1] El término de “ciudad letrada” es propuesto por Ángel Rama y engloba a los mecanismos políticos, sociales y culturales que configuran la adecuada distribución de una obra artística o literaria: editores, concursos, periódicos, círculos de lectura, academias, ferias, críticos y medios de comunicación masiva (Szurmuk y McKee, 2013: 55-60).



Imagen generada con Midjourney


jueves, 3 de diciembre de 2020

La Virgen del Valle Mayor

Ay, señor Buenrostro… Pues ni qué decirle. Después de la correteada que le dieron, ni como ayudarle. Ya le decía yo cuando nos conocimos que todas las mujeres estaban locas y que no se puede confiar en ellas. ¡Y sí, ya sé que yo también soy mujer! Pero estoy muerta y creo que eso no aplica más que para las vivas.

Ya ve cómo da giros la vida, y sobre todo en las religiones. Que no por nada estoy enojada con el Señor de Allá Arriba. ¡Y que me escuche, eh! Aunque ya sé que me hace caso a medias. Yo por eso no confío ni en las mujeres, ni en los religiosos. Qué bueno que llegó usté’ a ponerle orden a esta casa, que luego me cansaba de escuchar tantos rezos y confesiones en medio de la noche por parte de mi hermano —esto es antes de que nos muriésemos, eh—… ya que lleguemos a esa parte de la historia se le va a bajar lo borracho del susto. Aunque deje que le cuente. Y sí, ya sé que anda todo torolaco; pero le voy a contar una historia a ver si con eso se duerme.

Resulta que, cuando llegamos a Churubusco el Alto mi hermano y yo, toda la iglesia estaba nuevecita, brillante y reluciente, y eso que no habían barnizado nada todavía. Afuera teníamos la plaza: ni una piedra le faltaba a las jardineras, y ninguna puerta parecía dañada. Con decirle que ni estación de autobuses teníamos; que no es como que la necesitemos mucho: quien llega se queda y quien sale, no regresa. Hasta se me hizo raro el otro día que me dijo que había llegado en un camión, porque creo que no requerimos eso acá en el pueblo. Seguramente el alcaide lo hizo para llevarse sus cientos al bolsillo; ya ve lo uña largas de los políticos: pura robadera.

Pero sí, oiga. Todo estaba bien bonito. Hasta las campanas tañían como recién bajadas del cielo. Imagínese usted: “la Casa Morelos” era un edificio solito pa’l cura, algo que no nos hubiéramos esperado cuando nos mudamos pa’cá. Y rápido salieron las habladurías: ¿que por qué traía a una mujer a su casa? ¿que por qué era peligroso que la sirvienta se quedara a vivir con él? Nombre, puros chismes bien mensos. Pero los entiendo, aunque yo era la hermana del padre, parecía su sirvienta. Ya ve cómo son las mamás, que cuando una sale niña, la encajonan como mujer de hogar, y eso nomás porque fui la segunda en nacer, eh. ¡28 segundos! La esclavitud se mide en 28 segundos, Buenrostro. Ay, a la siguiente le voy a pedir un alcoholito para acompañarle en las penas. Pero ya me ando desviando de nuevo.

Seguro ha de pensar un pueblo nuevo significaba que no habría errores: la iglesia parecía recién bañada —con decirle que la hoja de plata destellaba cuando uno prendía las velas—; pero sí tenía un detallito, uno muy importante: no había un Cristo colgado en el altar. ¿Se imagina usted una iglesia sin un Cristo? Nomás porque yo sí la vi, pero apuesto que no puede imaginárselo; y menos con los tres litros que ha de traer de borrachera en la sangre.

El caso es que yo le dije a mi hermano. ¡Fíjese! La segunda en nacer fue la que lo notó, y eso que yo no le olía las axilas al Señor de Arriba como él. Entonces se le ocurrió una idea de esas que no tienen sentido más que para el que las dice: hacer una colecta para fundir un Cristo nuevecito. Qué ocurrencias las de él, ¿verdad? ¿Cómo les pides a las gentes que regalen lo poco que tiene para un Dios que ni siquiera es bueno para llevarse a los fallecidos? Le dije que era una idea tonta, porque piense: ¿cuánto le mide un Cristo? Yo me imagino que de dos a tres metros, cuatro si lo quiere muy bíblico; ahora, ¿cuántas monedas necesitaría para fundir un monigote de esos? Y si lo quiere que sea en pura patina, pues sí es más simple, pero igual no había nadie en todo Churubusco el Alto que hiciera eso, por lo que traerse a otra persona saldría todavía más caro. El que trabajaba la madera se había muerto en el incendio. ¡Y todo esto lo sé porque soy lista, eh, no porque sea mujer! Aunque buena para las cuentas también soy, ¿apoco no puedo hacerle una salsa exactamente igual cada vez y sin contarle cucharadas y pizquitas? Pa’que vea.

Lo que sí pensé hasta que ya estaba muerta era: ¿y por qué no había un Cristo? Era como si El de Allá Arriba nos hubiera aventado acá sin siquiera la imagen de su Hijo… y qué raro… pero eso ya fue hasta después; ahorita mejor le seguimos como íbamos: Duramos casi seis años sin un cristo. El señor… ay, uno de los carpinteros que ya ni me acuerdo de su nombre, donó un par de vigas que las colgaron haciendo una cruz, lo malo era que estaba medio pálida: ya ve, madera de pino en vez de una de más calidad; pero la supieron barnizar y quedó más oscurita. El caso es que duramos muchísimo sin que Aquel se apareciera en misa. Estábamos solos en Churubusco el Alto, y eso lo empezó a notar mi hermano. Yo ya sabía, pero le digo que a mi hermano le costaba comprender, yo creo que le faltó aire cuando nos sacaron de mi madre… atrabancado para nacer, segurito y hasta se le olvidó respirar bien y le dio un algo en el cerebro.

Ay, señor Buenrostro, no se me vaya a dormir todavía, que aquí es cuando se pone interesante la historia: un nueve de noviembre las puertas de la iglesia se abrieron temprano. Mi hermano nunca me prestaba atención, podía estar bailando un zapateado en el altar; pero el muy nariz de que ni huele un pedo no me hubiera dirigido la mirada. Y creo que fue bueno, si me tuviera más entreojeada seguramente no hubiera escuchado todo lo que dijeron en la iglesia ese día. Yo limpiaba el confesionario con agua y jabón; mi hermano decía que los pecados se quedaban pegados con la mugre, así que ahí me tenían fregando la madera para dejarla libre de maldad. Pero apuesto que la que entró traía mucha mala vibra con ella, porque hasta la espuma de mi cubeta se bajó de golpe. No me va a creer, ya lo conozco, pero algo tenía de rara esa persona. Los pasos descalzos de aquella mujer parecieron ir callando uno a uno los ruidos dentro de la iglesia.

—Usted es el padrecito del que tanto hablan.

Para que vea, todavía me acuerdo de cada palabra que dijo esa méndiga.

—Usted no me conoce; pero yo he escuchado bastante de usted.

La verdad ni me acuerdo qué dijo mi hermano; yo me quedé ahí adentro de rodillas, con el trapo escurriéndome jabón por el brazo. Escucharla era hasta feo. Le digo: si tuviera pellejo ahorita mismo lo tendría chinito-chinito.

—Es temprano todavía. Si quiere decorar esa pared, lo veo en la entrada del pueblo.

No podía ver nada escondida ahí en donde estaba. Si me paraba iba a hacer ruido, por lo que nomás me pude imaginar la cara de mi hermano, su voz tartamudeó cuando le quiso contestar, pero escuché de nuevo que la mujer se fue alejando hasta salir de la iglesia.

Yo sé que ahorita no está mucho para filosofar y demás, ¿verdad, señor Buenrostro?; pero, ¿sabe algo?, la voz de esa muchacha me hizo desconfiar: sonaba joven, y hasta bonita. No sé cómo explicarlo, algo tenía que no me gustaba. No sé qué cosa sería, eh. El punto es que a ella hasta se le oía la maldad. Y ha de pensar que estoy loca —que bueno, a cada rato me lo dice; no me hago—, pero más loco mi hermano, porque dejó el libro de oraciones en una banca y salió corriendo. Ese día, no supe nada de él. Así, ¡nada!… igual de payaso que usted, se me iba sin desayunar cuando se enojaba.

Hasta eso, que dejara de estar pululando en todos lados me dio libertad de hacer bastantitas cosas: colgué el cuadro del padre Nicolás en su despacho; lavé las sotanas moradas y hasta me pude echar un poco de espíritu con su vino de consagrar. Y fue un buen día: se desapareció por completo el menonengo y me dejó a mis anchas por varias horas. Con decirle que hasta las jerónimas rezaron más a gusto en el convento. Lo que sí se me olvidó fue terminar de limpiar el confesionario. Ya me regañarían después porque una ancianita se descalabró porque dejé lleno de jabón; pobre alma, ¡pero ella tiene la culpa! Si no hubiera pecado ni siquiera se hubiera tenido que meter al confesionario, ¿a poco no?

Le decía de mi hermano: así como se fue, volvió. Yo estaba en mi tercer cafecito: pese a todo era mi hermano y tenía que esperarlo, y así lo hice, hasta cerca de las dos de la mañana que llegó como pedo: apestoso y ruidoso; incluso diría que hasta de improvisto, pero los pedos no salen porque sí, se planean; al menos así le hacía yo…

¡Como sea! Piense nomás la estampa. El cuello lo tenía todo desbarajustado, despeinado, la cara mugrosa, su túnica llena de manchas de barro y sus dedos lastimados: con decirle que le faltaban dos uñas y las líneas de sangre se hacían pastosas en la palma de sus manos. Lo que salía de tono —pese a todo lo que estaba viendo— era que cargaba una cobijita envolviendo algo. Yo dije: ¡El maldito tuvo un hijo! Que era posible, eh. Seguro el baboso había embarazado a una muchacha y ahora se traía al niño. ¡Nombre! Pensé que había matado a la mamá y la había enterrado con sus manos; pero fue entonces que puso algo en la mesa de madera, justo en donde está usted.

—Jacoba —pronunció mi nombre con una respiración entrecortada—. ¡Dios nos ha sonreído! Te presento… —y sacó de entre la tela la figura imponente de una virgen de plata— la respuesta a nuestras plegarias.

¡Ya ve! Le dije que se me iba a despertar con esta parte de la historia. A ver, tómele poquito al agua para que se desempance del alcohol.

Yo sé que no me va a creer, pero ese día lo tengo grabado todavía en mi memoria. Desde que llegó aquella fulana a la iglesia, el tiempo en que se desapareció mi hermano y toda la perorata que luego me dijo: que se había ido al sur, que se fue en Abedul —un potro güero rentado a Eusebio Miramontes—, que se había acercado mucho al río y que ahí encontró junto a una piedra enorme la punta de la estatuilla esa. Me dijo que tuvo que cavar con sus manos, y que en varias ocasiones se lastimó, que se le volaron las uñas, que se encajó una esquirla de plata que crecía ahí dentro; pero que al final, logró sacar esa figura.

Mi hermano me dijo: —Mira, Jacoba. Este es un regalo de Dios.

Ay, no. Todavía me cae mal Ese Viejo de Arriba, dejándome aquí sola… pero le digo, señor Buenrostro: esa figura era divina —pero no lo era—. Me explico: parecería ser la Virgen, pero no se engañe; nomás son apariencias. Cuando vaya a la iglesia, le reto a que se acerque bien al altar y la vea de cerquitas. Tiene colmillos; no es como la de la iglesia de Atototlán de la Paz según me ha contado. Esta es extraña. Mire, le voy a ser sincera: cuando vi esa figura me acordé de esos libros llenos de arte mundial: los egipcios, los fenicios. ¿Usted nunca tuvo uno de chiquito? Estoy segura que también debió haber tenido desas enciclopedias en Atototlán de la Paz, eran unos libros grandotes como de 40 cm con tapas blancas y llenas de imágenes; pero lo más importante es que, en esas, había una vieja con unas alas abiertas. Me acuerdo bien que el libro decía que era la Pascua, y no me va a creer, pero era casi la misma cara que la virgen esta. La misma, solo que la que estaba enfrente de mí tenía sus colmillos feos metidos en una sonrisa de benevolencia fingida. Luego, se me hace bien raro que tuviera como ese halo que le ponen a los santos; pero si uno se fija bien, tiene como una medialuna. Yo que la vi de merititita cara, noté que hasta parecían cuernos. ¡Bien fea que está!

No sé cómo explicarlo, señor Buenrostro. De tan horrible que era, hasta se me hacía bonita. Mi hermano ya me había contado que si uno viera a un ángel, lloraría de miedo y de alegría, algo de “lo sublimado”. Yo nunca le hice mucho caso a sus discursos de loco. Pero creo que debí haberlo hecho, más porque ahí tenía en mis narices la prueba clarita de lo que me había dicho antes: algo divino que te asusta.

Pero deje le sigo describiendo esa cosa. Me recordó a la Bienaventurada, esa de los brazos abiertos. Que bueno… usted ya ha ido a la iglesia y la debe haber visto… pero no importa. Le voy a contar hasta el más mínimo detalle, más porque difiere mucho de lo que dicen los padres acerca de la virgen. Lo que se posa en su brazo izquierdo no es el búho de la sabiduría —eso ya se lo inventaron después—, es un tecolote. ¿Y sabe dónde hay más tecolotes acá en Churubusco el Alto? En el Bosque de las Ánimas… —el bosque que está acá al sur— y el de la leyenda: el de la casa de la Bruja.

Creo que ya le han contado esa historia: La Bruja del Valle Mayor, ¿verdad? Uy, si no; ya tengo otra anécdota para cuando me llegue todo borracho. Nada… no me levante la mano, usted tome otra tacita de agua, si le preparo un café se le va a cruzar. Pero lo que le quiero decir: sé que suena medio ridículo, o que a lo mejor me lo estoy inventando —digo, he tenido mucho tiempo muerta para estar inventando cosas, ¿verdad?—; pero le aseguro, señor Buenrostro, que esa virgencita a la que todos le rezan tiene la misma figura que dijo Epitafia que vio de niña. Es más, hasta hay una leyenda que dice que hay un tecolote que nos vigila en las noches sin luna y que luego va y le cuenta todo a la bruja. Ay… ya ni me acuerdo de si había luna ese día, ¡Tan mensa! Le habría dado más suspenso a la historia.

En fin: yo sé que suena tonto, y sé que suena ridículo; pero es que estoy segura de eso: la Virgen del Valle Mayor es la figura de la bruja. No solo por estas reflexiones, sino porque mi hermano no fue el mismo desde ese entonces, cambió, se hizo raro, cayó en el pomo y empezó a hablar solo cuando se iba a dormir a su cuarto… que era orador este, ¡mire nada más qué ocurrente el fulano!

En un inicio pensaba que preparaba sus discursos, ¡hágame el favor! Resulta que tenía talento o algo porque la labia le salió de pronto; y viera para qué la usó: para engañar a medio Churubusco el Alto con una historia imposible de cómo halló a la virgencita esa. Dijo que esa semana había salido al Valle Mayor por inspiración divina. Que el cielo se le abría como indicándole ir hacia el norte, hacia las minas de Reynaga, quesque al norte. ¡No, no, no, no, no! ¿Se acuerda? ¡Si hasta le dije lo del bosque de los tecolotes! Menso no estaba: quería engañar a los feligreses. Seguro ni se acordaba que me había dicho a mí cómo la encontró. A lo mejor se contó tantas veces esa mentira que se la acabó creyendo. Pero —insisto—, decir que estaba en el Socavón, que Los Muertos le fueron guiando por el Camino del Gato, ¡vaya usté a saber! Inventos nomás para hacerse menso, eh. ¡Le creyeron! Todos le aplaudieron, quesque había visto postrada esta imagen en las minas, enguantada de cuarzo y plata. ¡Hágame el favor! Y luego lo del nombrecito, que no iba a ser la Virgen de la Cueva ni del Socavón, que porque esa era otra; que era la Virgen del Valle Mayor. ¡Y así de sencillo!

Fíjese que desde ese entonces, le hicieron tantas fiestas a mi hermano. Y así, cada año celebrábamos religiosamente el día de la Virgen del Valle Mayor cada 9 de noviembre. Ahí tenía al padre Morelos dando discursos que —según yo— practicaba en las noches. Hasta capilla le pusieron ahí afuera del Socavón y tenemos fiesta y peregrinaciones en todo noviembre para ver la nieve en la Sierra Caliza.

Pero, ¿sabe? No eran discursos practicados. No. Me di cuenta una vez que lo encontré todo ojeroso tomándose un café a la primera hora del día. Esa mujer extraña me lo había dejado atarantado y fue perdiendo la gracia de ser el padre que encontró a la Virgen del Valle Mayor, el que le compuso su letanía: “Reparadora de vacas, la que duerme entre la plata, dispensora de conejos”. Le digo que le mandó construir una capillita allá al norte con el dinero de Eusebio Miramontes y de los Honorato. Pero se fue apagando, haciéndose una sombra, una persona que rezaba de forma piadosa, pero que ya no salía con gusto, ni comía mis platillos con el buen colmillo que tiene usted. De sus últimas cosas cuerdas fue pedirme escribirle un librito que tratara de los milagros de la Virgen del Valle Mayor. Yo creo que ya para ese entonces algo se le había metido en la cabeza, porque no razonaba como quería; con decirle que hasta se le pasó haberme pedido el libro aquel. Ni supe ni qué le ocurría, según yo era cansancio.

He repasado muchas veces esas escenas ya estando muerta. Ya ve que le he dicho que al maldito no se le ocurrió darme los santos óleos antes de morirse; pero le aseguro que esa mujer tuvo parte de la culpa. Aquella fulana se colaba en la habitación de mi hermano por las noches. Pero si una se la piensa, si se había metido en la iglesia era casi lógico que no tuviera problema para meterse acá también. Le aseguro que algo le hizo, lo tentó o le aventó sus maldiciones. ¡Algo debió moverle! La gente normal no se la pasa hablando sola en sus cuartos por las noches. Decía que la veía, que bajara del techo, que no se pegara a las paredes como lagartija. Le digo que estaba medio loco. Y siempre que le preguntaba que qué tanto decía, él respondía que nada, que yo estaba de ideática; pero le juro, general: algo le hicieron a mi hermano. Tanto, que así nos fuimos enfermando, ya sabe: el mal de los gemelos.

Yo sé que a él sí se lo llevaron, a mí me dejó acá abandonada el Viejo de Allá Arriba. Pero créame que siempre le rogué para que le quitara esa maldición que traía en las noches. Sus veinte años me duró. Seguro se murió del corazón: por no descansar, por tomar tanto y entrarle al vicio del tabaco. Qué difícil va a ser poder dormirse aquí ahora sabiendo esto, ¿no? Lo escuchaba desde mi cuarto: diciendo que alguien caminaba por estas paredes, que le miraba desnuda pegada al techo. Él siempre cerró la puerta con llave, además de que tenía mis traumas de ser la segundona de la familia; pero créame que ahora si se le llega a aparecer esa vieja, me va a tener aquí para defenderlo y darle sus cachetadotas guajoloteras por haberle corrompido la mente y el alma a mi hermano. Va a ver cómo le agarro de las greñas y me la despeluco. Y descuide, que si tiene la puerta con llave, la ventaja de estar muerta es que las paredes ya no significan nada para mí.

En fin, ya para terminar —que ya lo veo con los ojos chinitos—: hágame caso y descanse. No siga a las viejas más que a mí. No son de fiar. Aquella le arruinó la vida a mi hermano, y ya me dijo que el don Lucy puso en un camión a la canija de su pretendienta. Es más, aunque esté fea y colmilluda, usté’ récele a la Virgen del Valle Mayor; quizá hasta le hace el favor sabiendo dónde está. ¡Ay, qué cosas le digo! No, a esa vieja mejor hay que tenerla lejos.

Ya lo dejo en paz. Usted relájese y duerma tranquilo. Ahí tiene una cubeta para que vomite si se siente mal. Y a la siguiente me invita, eh. Que ya luego le contaré cosas de otras personas, como de mi amiga Epitafia, como cuando le mataron al marido.

‘Tá bueno. Mañana le traigo su salecita de uva para que se componga un poco el estómago… lo malo es que ya no hay comida, eh. Y lo entiendo, con la correteada que le metieron se le olvidó comprarme el pollito y el huevo que le había pedido la semana pasada.

Buenas noches, mi general. Nos vemos mañana.


Imagen "La Virgen del Valle Mayor" por Alejandro Hernández García©