Lugar donde se publicarán mis cuentos, minificciones, columnas de recomendaciones literarias, ponencias, textos académicos y demás. Todos sus comentarios son agradecidos.
viernes, 31 de julio de 2020
Casa de los espejos
jueves, 23 de julio de 2020
Atado a la memoria
And the evening closed in upon me thus —and then the darkness came, and
tarried, and went —and the day again dawned —and the mists of a second night
were now gathering around…
Edgar Allan Poe
Eran
las 6:00 de la mañana y no había podido conciliar el sueño. Uriel había tenido
una noche difícil; el recuerdo se disparaba una y otra vez en su memoria
despertándolo en explosiones de sudor. Desganado y apático, se arrastró hacia
el mundo exterior, hasta el café de todos los días, esperando que la costumbre
sacara aquellas ideas de su cerebro.
Ese ambiente falso le hizo sentirse más descolocado de la vida.
Rutinariamente, pidió su americano doble espresso. Entonces, apareció.
Las imágenes distorsionadas en el espejo le regresaron a un ser en la puerta.
Llevaba la misma ropa que Uriel en la noche anterior, era él en la noche
anterior, una imagen rota y pútrida de lo que había sido; sus cuencas negras
sin ojos dejaban lágrimas de sangre seca y cuarteada a lo largo de sus
mejillas. La visión —en una grotesca incomprensión— dio un paso.
Uriel pensó estúpidamente que —igual que las películas— esa cosa desaparecería
al mirarla de golpe; pero al girar se detonó un pavor incontenible al seguir
viéndola allí. Uriel trató de dar un paso atrás, la barra le impidió su huida.
Aquel ser se aproximó un poco más. El instinto de supervivencia de Uriel le
obligó a correr. En medio del pequeño tumulto que causó, la aparición se esfumó
entre humeantes cafés derramados y las dudas de los comensales ahí reunidos.
En su trabajo, nadie le dijo nada. Ninguno de sus compañeros pensaría
que —tras esa camisa de negro luto— su pecho guardaba oscuros secretos que no
quería —ni podía— revelar. Ante él, los segundos en la oficina pasaban y
pasaban sin significar ya nada. En otros cubículos, sus compañeros platicaban
de sus relaciones, de lo que comprarían cuando les cayera la quincena, de los
lugares a los que irían de viaje con sus parejas. Él miraba absorto el segundo
cajón de su escritorio. En la oficina, ese espacio no era importante; pero de
ser su departamento, las remembranzas llegarían con violencia y culpa.
Uriel optó por alejarse de aquellas discusiones que ya no le competían
y tomar camino al baño; refrescarse, eso necesitaba. La lejía y el aromatizante
barato llenaron sus pulmones, olor a cliché, a motel de Av. Constitución. La
culpa apareció de nuevo en ese-ser-otro. Reflejado en el espejo del baño, el
ente había cobrado una corporeidad mayor. Pudo ver manchas rojo ocre charpeadas
en la gabardina, esa sangre con olor de anoche. El ser tomó desprevenido a
Uriel quien, al borde de la demencia, creía que el esperpento era un juego de
su penitente cerebro. Pero la realidad era que eso avanzaba con paso seguro
hacia él. Recurrió al más iluso remedio: un Padrenuestro. Los rezos hicieron un
atípico eco detenido entonces por un sonido metálico al fondo del pasillo.
Un cubículo se abrió desde el fondo, rompiendo la hórrida atmósfera y
alejando al ente. Primero lo había visto a la entrada del café; esta vez, a
algunos pasos. Sabía qué era eso. Tenía idea de lo que estaba pasando; pero le
dolía tanto admitirlo que empezaba a alucinar.
—¿Uriel? —era un compañero de oficina—. ¿Estás… bien? —lo miró de hito
en hito: el sudor frío en la frente, las pupilas dilatadas de un cocainómano,
la ropa desajustada del desenfreno previo al sexo.
Importándole poco contestar esa pregunta —y aún menos su trabajo— se
fue rumbo a su casa. No hubo explicaciones, sólo se montó en su automóvil y
huyó de ahí.
—¿Cómo puedes tenerme celos? —le dijo Ary desde el asiento del
copiloto—. ¿Quieres que choquemos o qué, imbécil? Es sólo un compañero de la
universidad. ¡Suéltame, Uriel! ¡Auxilio!
Un sonido explotó en sus tímpanos y la figura de Ary se volvió etérea
en los recuerdos. Dejó estacionado su automóvil a unas calles del departamento.
Corrió, trató de huir de la voz de Ary que empezaba a perseguirle.
Una vez dentro del edificio, subió como pudo las escaleras con el
martilleante sonido de pasos tras de él. ¿Era la sombra o era Ary? Debía ser
esa cosa, Ary estaba bien muerta. Pero muerta por su culpa: ella y sus
necedades.
Los pasos sonaron tan cercanos que apresuró el suyo sintiendo en su
nuca una respiración de tumba, cercana, familiar. Abrió la puerta como pudo y
cerró viendo una sombra disforme arrastrándose por el piso y acercándose al
portal.
Dentro de la casa sintió que el recuerdo de Ary lo poseyó de golpe. El
forcejeo, las mentiras, el cómo ella gritaba compulsivamente que Uriel estaba
mal y cómo él no toleraba que le mintieran. El motel era su lugar especial,
estaban ahí para coger; no para que Ary saliera con sus cosas. Ella fue la que
causó todo. Ella necesitaba que él la atacara, de tomar su cabeza y estrellarla
en la pared. Ella tuvo la culpa de que él sacara la pistola, había llorado
—ambos lo habían hecho—; pero todo el problema lo había causado Ary. Así, no
tomó reparos y disparó el arma.
Igual que esa mañana, el sonido de la detonación en su cerebro le
despertó con oleadas de sudor para notar a ese ser de cuencas sangrantes
viéndolo sin ojos, olfateando, escudriñándolo desde varios ángulos. Uriel se
quiso alejar, dar un paso atrás; pero el ente lo seguía con sus cavidades de
sangre seca. Podía notar el aroma a putrefacción, el olor que debía tener Ary
en la morgue. El impacto contra el escritorio le hizo recordar el arma oculta
allí. Desesperado, abrió el segundo cajón a la derecha. Con furia, apuntó la
pistola. Quería dispararle a esa cosa; pero le contrarió la ausencia del ente.
Lo que sí experimentó fue un vértigo incontenible cuando notó a cientos
de Arys desperdigadas en la casa: la del aniversario, la que bailaba en medio
de los estroboscopios, la que se aspiraba cocaína, la que se besaba con sus
amigas, la que le fue infiel. Esa perra merecía su desprecio completo, y —con
un plomazo— le terminó de estallar sus ojos en el motel de Av. Constitución.
Ese recuerdo fue el detonante: todas ellas lo miraron. Desde cada rincón de su
departamento, las Arys detuvieron su vista en él, empezando un llanto de sangre
y venganza. Uriel, perturbado, trató de evadirse de todo aquello, cerró los
ojos y se tapó los oídos con los puños bien apretados.
Los tenía en medio de su departamento: el ente que simulaba ser el él
de anoche, las Arys, todas menos la muerta. Quiso ponerle fin a todo, y,
buscando perdonarse egocéntricamente, se llevó la pistola a la sien. Movió el
seguro. Hubiera apretado el gatillo de no ser por la pútrida respiración en su
oído. ¿Era Ary? ¿Era el ente?
Sintió una presión en la pistola, como si una mano inexistente la
bajara poco a poco; su fuerza por mantenerla en ristre no era suficiente. El
arma y su brazo siguieron descendiendo. Notó el sonido hueco y tosco de la
pistola resonando en el piso del departamento; con la fétida respiración cada
vez más penetrante, cada vez más dentro de él, susurrándole lo que parecía un
“Tú sigues”.
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Imagen de maximiliano estevez en Pixabay |
martes, 21 de julio de 2020
Impúnico castigo
La culpa viste mi piel.
Hay una eterna
pútrida
prórroga.
La rutina me sabe a hotel de anoche,
a homicidio,
con ganas,
gozoso,
impune.
Podría fingir decencia.
Travestir mi luto con disfraz de oficinista.
Decir: —Por favor.
—mdbajkdasndkusjba
(palabras inconexas)
—Es que no dormí
bien anoche.
—lksnfkbjabndlskjbdk
(ideas distorsionadas)
—Todo bien, ¿y tú?
Mi recurso hipócrita
(del griego “actor”)
regresará sus dudas hasta abajo del plexo solar,
ese lugar del que la bilis
y los celos
arrojan chorros esteperos.
Tu sangre sigue manchando mi ropa.
Mis venas estallan de remordimiento.
Tu nombre
casi olvidado
taladra
la perpetuidad.
Cuencas sin ojos revisan mi pecado,
el gatillo retronando su eco en callejones lejanos
retumba ominoso en la cama alquilada.
Y regresas a mi vida.
Yo que te arranqué el aliento.
Yo que te puse el revólver en tu cara.
Yo que me bauticé
con tu rojo sprit.
Vi tu muerte necesaria.
Lo
negaste.
Lloraste.
Pero mi mano hizo lo justo
y reventé tu cerebro contra las cortinas.
Dormí sin problemas,
la culpa fue tuya a fin de cuentas;
pero me sigues atando desde cerca.
Tus pasos,
rasguños,
gemidos.
Estiran mi vida como un tendón fuera de lugar.
Te siento presencia-ausente.
Respiro tu aroma de tumba abierta,
a proceso penal pendiente.
Inerte sonrisa,
la inicua mueca saliendo de tus carcomidos labios.
Nocturnos de tumba asolarán a mi solitud.
Tus brazos reptantes subirán por mis sábanas:
enfrente
izquierda derecha
abajo
Me aterra que vivas en mí.
La tumba debió encerrarte por completo;
pero escapaste, cual bruja en Walpurgis.
Y me muestras esa cara desahuciada
intentando aterrarme con tu estar.
Te maté porque querías,
no para que me atormentaras.
Creo verte en medio de la noche,
cuando
camino al baño,
al
mirar pornografía.
Estás todavía atenta a mis pasos.
La culpa o la angustia nos tienen atados.
Te odiaba, no era para que siguieras aquí.
Yo me deshice de tu alma;
pero insistes en volver cada noche.
Susurras palabras ominosas en otras lenguas.
Entiendo que mi devenir te es mero entretenimiento ahora.
Vivo porque te toca disfrutar de mi tormento.
Pero tú seguirás, cual cuervo poético
insolando mis noches,
como si la culpa fuera realmente mía,
como si el asesino tuviese que pagar con la demencia,
con apariciones,
con
mi muerte por cuenta de otra.
con
otro disparo
—en
tu nombre—
a mi
pecho.
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Imagen de SamWilliamsPhoto en Pixabay |
lunes, 20 de julio de 2020
El animal en la pared
“Cuijas”, les llamaba mi abuela y decía que eran señal de
enfermedad y desgracia, o de la próxima muerte de un familiar. Mi hermana llegó
a verla muchas veces, caminando en los muros de su habitación, mientras la
abuela se ponía con sus padrenuestros al escuchar sus ruiditos: “Esos besos son
de muerte”, nos repetía al terminar su oración; y retomaba el rosario cuando el
animal tiraba nuevamente sus maldiciones.
Yo nunca creí que eso fuera verdad. Para mí era
una bonita lagartija negra. Y una vez vi a mi hermanita espantarla hacia afuera
cuando la abuela entró tallando con vinagre y manteca las paredes, dizque así se
nos resbalaran sus males. Compartíamos cuarto, y esa noche vi a Mary
limpiando con jabón el recorrido hecho por la abuela. “Se come a los zancudos”,
me comentó, y yo, porque la quería bastante, ignoré las llamadas de atención de
la abuela. Al irnos a dormir, el animal no estaba dentro del cuarto; pero
pudimos escucharlo desde afuera, dando sus besos nocturnos y cazando bichitos
en las calles.
Recuerdo que, cuando mi madre descubrió qué
había hecho Mary, le pegó tan fuerte que sus nalgas quedaron rojas por dos
días. Pero, cuando el morete se apaciguó, nos dijo por qué la abuela les tenía idea
a las cuijas.
“Tu nana llegó a Churubusco el Alto hace muchos
años. Ella me contó que al poco tiempo, un amiguito le mandó un paquete
chiquito-chiquito desde Atototlán de la Paz: una caja de cartón que olía a
perejil echado a perder: y era una cuijita, como las que te gustan. Un amigo
suyo la atrapó y se la mandó. Aparentemente, en Atototlán, los niños se
divertían persiguiendo a esos animales y amarrándolos del cuello.
»Resulta que la cuija la entretuvo bastante. Era
blanca y bonita, brillaba plateada al sol y corría por las paredes cazando
moscas y zancudos. El problema fue cuando el papá de las Serrato vino a la
casa. No sé si sepan, pero las Serrato han tenido sirvientas toda la vida; y
una de ellas, la más pequeña de las tres, siempre acompañaba al patrón, quesque
para que no se emborrachara en las cantinas. Méndiga señora de Serrato, si a
nadie engañaba. Bueno, esta sirvienta vio el animal en la pared y también se
enamoró de él. Quiso agarrarlo, la muy canija se puso como loca, se subió a la
cama, jaló muebles y la atrapó: la agarró por la cola y que se le rompe. ¡No!,
tu nana siempre chilla de coraje cuando nos cuenta esa historia: “Y la méndiga
todavía se puso a gritar porque le quedó la cola en la mano, bailando como
gusano carroñero, me rompió mi cuija, y todavía se enojó”. Ay, así dice...
»Pues, aparentemente, la niña lloró tanto que el
señor Serrato tuvo que irse. Pero cuando su abuela buscó la colita —anda—, que
ya no estaba. Deberían de ver su cara cuando lo cuenta, como si le doliera
todavía.
»Primero, el animal dejó de verse por unos días.
Ahí tienes a tus bisabuelos buscando y poniendo la casa patas pa’rriba. Entonces,
una noche, se escucharon los besos que hacía. Tu nana salió a asomarse a la
ventana. Sí, ella dormía en este cuarto, igual que yo alguna vez. Y era por
donde se oían los ruidos de la cuija. Pues que la ve y grita de pronto. Se han
de imaginar que tus bisabuelos llegaron corriendo a ver qué pasaba. Entonces se
llenaron de un susto al verla: la cuija estaba negra-negra-negra; pero con la
cola plateada. Vista así, hasta daba miedo. Su abuela se arriesgó a acercarse.
Tu bisabuelo vio que estaba muy alto, así que se dispuso a agarrarlo y
pasárselo a su abuela; pero cuando lo tuvo entre sus manos, sintió una mordida.
El animal se escapó; siguió por’ahí en las paredes, como mirándolos. No sé bien
qué pasó después —tu nana no cuenta todo—; pero las manos del bisabuelo se
empezaron a poner negras, negras como la cuija de cola plateada. No-no-no. Luego,
enfermó; coincidiendo con que las vacas comenzaron a morirse. ¿Y saben por
qué?, él siempre las acariciaba. Sí, ya sé: suena raro, pero su abuela me lo
contó; de veras. Él las apapachaba con cariño y siempre les tocaba las ubres a
ver si tenían leche, o para saber cómo iban los becerritos; leche buena de la
nuestra, no de esa que toman los Miramontes. Pues, como les decía: animal que
tocaba, animal que caía enfermo, siempre con las manchas negras. Y lo peor, fue
que su bisabuela de pronto tuvo las mismas marcas entre las piernas y en el
pecho.
»No es que sea supersticiosa; pero su nana
siempre le echó la culpa al animal en la pared y decía que algo le había
pasado, que ese color no era bueno y que la cuija plateada y bonita se hubiera
ennegrecido. Aquí está lo raro: su abuela una vez se encontró con la cuija
negra en la casa y la vio salir por la ventana con tres monedas de plata en la
boca. Yo sé que seguro estaba soñando. Ella dice que es cierto, pero no creo
que una cuijita pudiera cargar tanto peso.
»Luego, sus bisabuelos murieron, su abuela cuenta
que fue el dolor después de perder casi cincuenta vacas. También dice que los
becerros dejaron de nacer blancos y ahora traían esas manchas negras. Yo no sé,
la verdad siempre he visto vacas blancas con negro; pero ella insiste en que
antes eran blancas —blanco leche— y desde lo de la cuija, los becerros
empezaron a nacer pintitos. Vamos a creerle en eso.
»Ya ven, mis niñas. Por eso su nana tiene
desconfianza del animal de la pared. Ella dice que no es el mismo, que algo
pasó; entiéndanla. Está ya grande y a veces le dan ideas. Segurito: si no
hubiera cambiado las vacas por unos puercos, se hubiera quedado pobre y perdido
la casa.
»Por eso no es bueno que juegues con esa cosa,
María. Te pido que no hagas renegar a la abuela.
Cuando mamá terminó la historia, no dejábamos de
temblar. Los besitos que el animal soltaba ahora parecían tenebrosos, feos,
como si fueran los ladridos de la perra blanca de la Muerte.
A la mañana siguiente embadurné con vinagre y
manteca las paredes. Mary quiso comprobarlo por su cuenta, fue a buscar al
patio, escuchaba atenta el sonido de las calles, deseando encontrarse con la
cuija. Yo no le pregunté nada, al final de cuentas quería que ese animal no
apareciera en nuestro cuarto nunca más. Debí salir, debí preguntarle cómo le
había ido; no lo hice.
De lo poco que recuerdo, fue a mi hermana
metiéndose con prisas en la cama y contándome: “Me encontré con la cuija; pero
estaba asustada y tuve que perseguirla”. Yo la regañé, le dije que no quería a
esa asesina cerca; ella me miró arrepentida, pensando en no sé qué.
Por casi dos semanas, cada día, cada tarde, Mary
se iba a buscar a la cuija. Dizque le hablaba, que le contaba cosas. Yo le
decía que estaba loca, pero me respondía que no, que la cuija la invitaba a la
sierra, a su casa. Y la ignoraba… la ignoraba.
Fue un domingo cuando ella salió a jugar;
teníamos que ir a misa y Mary no se apareció. Media semana tardamos en
encontrarla: ahogada debajo del Puente de la Asunción donde aquellos
alcohólicos habían muerto hace muchos años.
Sí, pobrecita de mi Mary. Recuerdo cuando la
sacaron del Río de los Gambusinos, la subieron a una manta y la cargaron entre
dos. Lo último que recuerdo de ella es ese bulto húmedo, manando lágrimas de
muerto y su manita cayendo de entre las telas, con una mancha negra que se
escurría a lo largo de su brazo, mientras, en mi memoria, el beso del animal en
la pared resonaba por todo el Valle Mayor.
viernes, 17 de julio de 2020
¿Por qué no mirar un poco más?
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Imagen de Free-Photos en Pixabay |
Los espéculos del boticario
Cada mañana, don Liberación despertaba con el aroma del café
preparado por su mujer. No habían dado las nueve campanadas en la iglesia de
Churubusco el Alto, pero él ya estaba en la trascalle de su tienda con dos
tazas en la mano; él sabía confeccionar una buena mezcla para su informante.
—¿Cómo está, don Líber? —le
saludaba afable el cartero quien bajaba de su bicicleta para luego encender un
cigarro.
—Lo normal, Francisco, lo normal.
Luego de los saludos de rutina,
don Liberación extendió su mano con una taza aún humeante.
—¿Y qué traes hoy? —el boticario
esperó a que Francisco le diera un sorbo al brebaje.
—Está variado: publicidad de con
Luciferino, la invitación a los Quince de Lucy. Pero quizá le interese esta otra
postal que le mandan a don Fernando desde el extranjero.
Don Liberación se la arrebató, el
papel ostentaba la imponente imagen de una cadena montañosa azul de nieve.
Tenía una caligrafía muy delicada y agradable: una mujer. Sacó sus lentes del
bolsillo y leyó en voz alta:
Las calles de Burkenreich me parecen extrañas y
solitarias sin tu presencia. Justo hoy, en mi cumpleaños, me acuerdo de ti con
añoranza, y los sonidos se vuelven ruidos de olvido y memoria. La familia de tu
hija está bien. Sé que no quieres enterarte de nosotros; pero te mandamos
cariños. Serás abuelo pronto: Agnes está embarazada. Aunque sé que no te
interesa mucho lo que nos ocurra.
Mi amado Ferdinand. Te recuerdo
todas las noches, y espero que si huyes, sepas que tienes un hogar en
Burkenreich y un espacio junto a mí en la cama.
Hilde
M.
—Ah, chirrión… —el cartero caló su cigarro—. Está buena la
historia. Sí le gustó, ¿verdad?
Don Liber chasqueó la lengua.
—Puedo trabajar con esto —guardó los lentes y le dio un paladeado sorbo a su
café.
En su botica, don Liberación se volvió a poner los lentes. Gracias
a ellos, toda la pared llena de frascos resplandeció a su mirada, algunos en destellos
marrones, otros en amarillo. Suspiró de nuevo tratando de recordar la carta de
la tal Hilde, e imaginó el color de don Fernando tras leer la postal.
Las emociones se enarbolaron en su
cabeza y tomó varios recipientes. El éter como base, unos gramos de óxido de
zinc para que la piel sintiera las caricias de una mujer, un poco de alcanfor
para los suspiros del pasado. Burkenreich estaba cerca de Alemania
—según imaginaba por el paisaje de los Alpes— y el aceite de almendras evocaría
a las personas que conoció allá. Sirvió 15 ml de emulsificante en el alcohol
puro y meneó con la pipeta. Vertió del mortero el triturado de lavanda,
heliotropo y magnolia: flores que avivaran la añoranza y le acompañaran en su
duelo.
Revolvió todo en una botella
ambarina y la miró a contraluz. Las lentes del boticario le mostraron
tonalidades de un amor antiguo y una cura para esas emociones europeas: algo
con qué aferrarse a los aires de Churubusco el Alto. Dejó caer un poco de plata
pulverizada: el toque secreto de todas sus mezclas. Sonrió cuando el tónico
mostró un color púrpura-tranquilo.
Terminó de ponerle la etiqueta con
las dosis, cuando resonó la campanilla de la botica, dándole paso a un don Fernando
fatigoso y con señales de llanto amargo.
—Don Liber, me siento un poco mal,
¿tiene algo para la ansiedad?
El boticario, sin quitarse las
gafas, sonrió y arrastró el tónico hacia su cliente: —Justamente estoy
estrenando esta mezcla —el color dentro del frasco se entrelazó con el aura de Fernando.
El boticario apreció su buen trabajo; así que se quitó las gafas y se dispuso a
cobrar.
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Imagen de LwcyD en Pixabay |
jueves, 16 de julio de 2020
Apartamento amueblado para estudiantes en Zona Independencia
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Imagen de Igor Ovsyannykov en Pixabay |
miércoles, 8 de julio de 2020
Playlist: Cómo escribir un ensayo
martes, 7 de julio de 2020
¿Esquizofrenia?
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Imagen de Lukas Bieri en Pixabay |