viernes, 25 de enero de 2019

El papel del crítico en tiempos posmodernos


La crítica de lo llamado “popular”
Hace algunos años se le llamaba “cultura popular” a lo que hoy se le considera “cultura de masas” o “cultura subalterna”. Es curioso que este término se haya puesto en conflicto, pues todo parecería ser popular.[1] Sin embargo, el término de lo que es o no popular llega hasta nuestros días para estar en conflicto con otras distintas clasificaciones como lo son “cultura urbana”, “cultura mediática”, “cultura de masas” y “cultura letrada” (Araújo, 2009: 72). Es impensable para la academia que la cultura se comprenda en su totalidad, y por eso surgen estas otras para dialogar entre ellas y darnos a entender el modo de pensar de cierto grupo de personas.
Así, podríamos llamar “cultura popular” a cualquier manifestación artística no respaldada por el canon —un concepto aún más complicado que el de cultura—.[2] Si esta afirmación es correcta, la globalización dio la posibilidad de descubrir ciertos tipos de manifestaciones artísticas marginales como el anime, películas producidas en Bollywood y artistas gráficos quienes colocaban su obra gratuitamente en DeviantArt para hacerse difusión.
En un momento se creyó que abrir internet a los artistas resultaría problemático, no sólo en materia de derechos de autor, sino en la calidad de los trabajos que se subían a las redes, pues es bien sabido que un artista debe estar respaldado por un grupo de expertos que aprueben su hacer.[3] ¿Eran los artistas los culpables de ello o era el público quien no apreciaba las obras de los demás? Con esto nos referimos a la posible falta de criterio que pudiera haber por parte de los creadores y del público, pues estamos hablando de obras marginales: de todo aquello que está fuera de lo aceptable.
Fue el filósofo italiano Antonio Gramsci quien acuñó la idea de subalternismo para referirse a esta relación entre los grupos dominantes de aquellos que no se dan cuenta de su poder, de un grupo que aún está bajo el yugo de otro sin notar su fuerza o sus posibilidades de desarrollo. Estas palabras parecen guiar hacia la definición de “cultura subalterna”, pues se puede tender un puente entre las ideas de los artistas marginales y lo que se consumía en el mundo en ese tiempo. Así se empezó a instaurar la posibilidad de que —como bien dice Gayatri Spivak— pudiera hablar el subalterno.
Como se ha estado mencionando, estas voces subalternas llegaron al mundo por un canal inesperado, y se mimetizaron con palabras como “lo popular”, dejando mensajes increíblemente densos, los cuales pueden ser leídos, no sólo por el gremio, sino por todo el público. El arte subalterno mueve hilos emocionales y racionales en quienes aprecian sus obras. Ya sin más, pertenezca o no al subalternismo, son piezas de arte que tocan a las personas y que conmueven la fibra estética de cada individuo. Manejan un discurso universal, pues si no, no podríamos reaccionar ante discursos que fueron creados, no se diga en nuestro propio idioma, sino en una cultura disímil.
Un muy buen ejemplo de esto ocurre en 1988 cuando se estrena en los cines nipones Akira. Esta película de animación japonesa creada por Katsuhiro Otomo muestra un mundo degradado y denigrante en el cual la vida humana ha pasado a una mera supervivencia. El gobierno y la industria, sin necesidad de tener un recelo ético, puede experimentar con seres vivos, dotando accidentalmente de poderes psíquicos a un expandillero, entonces, el protagonista —su amigo y jefe de la banda— debe detenerle o dejar perecer a toda la humanidad.[4] Este largometraje sirvió de embajador cultural y fue distribuida con rapidez por todo el mundo. La globalización en ciernes permitió a esta película a llegar a millones, convirtiéndola en una obra de culto. La recepción de la película de Katsuhiro Otomo es anómala, pues tiene barreras difíciles de franquear como son el idioma y su cultura; se sabe que Japón es un mundo cerrado y de complicado acceso. De hecho, este discurso marginal —y que habla sobre la marginalidad— llegó a ser utilizado alrededor del mundo al haber sido etiquetado como “popular”. Los marginados utilizaron esta obra para expresar sus ideas sobre el anarquismo, el capitalismo y otros males comunes. Esta película llegó a Latinoamérica en muchas copias BetaMax y VHS con subtítulos amateur. Si no hubiera sido por la increíble recepción que tuvo en occidente, Japón no habría abierto sus líneas culturales hacia nosotros.[5] El mundo de la antiguamente llamada “cultura popular” no se habría convertido en lo que es ahora. Fue aceptada por una parte de la crítica, por otros fue rechazada, por ello, ¿es subalterna esta obra? Para todos los que no frecuentan el mundo del anime sí. El problema es que, quienes consumen estas obras, a veces, no tienen cierto criterio o perspectiva para analizar sus discursos, quedándose en la incomprensión total de un mensaje que no termina de llegar, y no por error en el idioma, sino por una falta de competencias comunicativas básicas.

El humanista posmoderno
La sociedad no se cansa de decirnos lo dañino que resultan los medios de comunicación masiva. En teoría, apreciar el arte —y sobre todo se cree que la producción contemporánea— puede realizarse sin necesidad apreciar realmente el objeto de estudio. Por ello se dice constantemente que el pueblo se ha vuelto inculto. Quizá, por esta idea de “incultura” es que Gramsci decide hablar de culturas subalternas, porque si a cultura popular vamos, todos tenemos una cultura; aunque no nos hayan educado en el mundo letrado.
La palabra posmodernidad ha resonado demasiado desde que Jean-François Lyotard comentó que habíamos llegado a una sociedad como la que tenemos, donde hay diversas crisis y —tras el fracaso de la modernidad— necesitábamos reintegrarnos y aceptar la posmodernidad. Sin embargo, lo posmodernos surge en cuestiones artísticas, pues se pone en juego la cultura dominante y se abre el discurso para que se cree cultura desde los extremos, desde lo marginal. Entonces, es posible que una obra de arte se analice, no solo desde el punto de vista hegemónico, sino que se den infinidades de posibles interpretaciones, incluyendo la del mismo autor.[6] Así, en un discurso abierto como el del arte, decir que uno tiene la verdad absoluta no es posible, aunque se respalde con los “creo” y “siento” tan evitados por la academia.
¿Cuál es la función del crítico ante un mundo posmoderno?, y ¿cómo logra que las personas —limitadas a su capital cultural— no sobreinterpreten? En esta realidad donde muchos se protegen con el avatar de Anonymous, colgando sus opiniones en foros y redes sociales resultaría imposible pedir argumentos respaldados, o siquiera el criterio necesario para identificar las noticias verdaderas de las falsas. Por esto, los críticos —y los humanistas— deben apoyar al público acercando una opinión pensada y argumentada, para entrenar de forma indirecta a las personas. Está claro que no se busca dar la única y simbólica verdad del arte, sino evidenciar las interpretaciones sobradas y con falta de un aparato crítico, que surjan de una persona. Debemos entender que la mayoría del público no se ha inmiscuido en el arte del análisis, llámese filosofía, filolofía o humanidades.
Para lograr un cambio radical, debe educarse a la población, debe acercársele el arte de manera efectiva, y parecería casi evidente que se requiere de la literatura. Parecería contradictorio decir que la literatura nos ayudará a comprender el cine y demás obras culturales de nuestra contemporaneidad, pero es cierto que ella es un apoyo particular para apreciar de una mejor manera las obras audiovisuales que tanto se producen en este tiempo. Es verdad que hay muchos referentes y adaptaciones de obras literarias a la pantalla, pero es necesario enfrentarse al discurso narrativo, pues de él surgen las metáforas, es donde se desarrollan mensajes propios del arte y donde lo dicho y lo no dicho cobran una relevancia total.[7] El arte literario es uno de los métodos para hacer llegar vivencias y experiencias al mundo, es el saber para la vida que Ottmar Ette menciona en La filología como ciencia de la vida.
No por nada muchos han reflexionado en torno al cómo y por qué leer, así como de qué forma esto nos ayuda a interpretar mejor nuestra realidad. El libro es un vehículo del conocimiento, y la literatura es un discurso lleno de elementos que pueden mejorar la capacidad de crítica de cualquiera. La filósofa estadounidense Martha Nussbaum dice que no tenemos que seguir pensando que el libro es la solución totémica; lo importante son los mensajes dentro de los libros (2001: 58). No debemos quedarnos con el argumento por autoridad, tenemos que pelear con él, discutir y encontrar si de verdad es algo que nos sirve para nuestra vida cotidiana.[8] Nadie debe enfrentarse a una obra de arte —no se diga literaria— pensando que sólo se está entreteniendo, que sólo es un pasatiempo. Hay lectores meta de una obra, es importante entender para quién escribe el autor y sobre todo quién puede acceder a lo que el texto dice en realidad. Las personas sin una competencia comunicativa desarrollada, esas que inundan las redes sociales —como se decía palabras arriba—, no tienen una conciencia, un criterio propio o colectivo que les haga pensar si lo que están diciendo está bien o no (Gubern, 2000: 121-154). Pero por algún lado deben comenzar.
La literatura ayuda a generar experiencias, a descubrir —volviendo a citar a Ottmar Ette— esos saberes para la vida y saber convivir. La literatura nos acerca a otros mundos, a otras posibilidades y, a partir de estas vivencias, arribar a una interpretación más cercana, más asertiva, y la cual nos pueda alejar de esas sobreinterpretaciones paranoides y obsesivas.[9] Por eso es bueno que el crítico, que el filólogo, el humanista —como guste llamarse a esta figura— dé los instrumentos necesarios al público para que por su propia cuenta despeje las sombras de la incomprensión y que entienda el contexto, el sentido o el mensaje de una obra y que no piense —como el caso de Akira— que se tratan solo de dibujos marginales.
Hoy en día, se están creando obras artísticas a gran escala en la mayoría de los medios de comunicación masiva. Existen series televisivas para niños que pueden ser analizadas con tratados filosóficos,[10] rompiendo los falsos ideales de que la televisión solo entretiene. Estos discursos marginales o subalternos llegan cada vez más a la gente, a lo popular. Empiezan a llamar la atención de las personas y hay que abordarlos desde una interpretación competente. Los creadores están leyendo más, ya que, en un mundo donde el arte no se ha revalorizado, tiene que hablar desde esa marginalidad para enseñarnos sobre la vida, “[…] y comunicar estas soluciones al público es un aspecto central del rol del humanista como intelectual” (Suárez, 2013: 12).
Como nos dice Ottmar Ette, se requiere usar varios enfoques, varias metodologías y no limitarnos a un simple estudio. Hay que abrir nuestra conciencia y darnos cuenta de que, consumiendo cultura, y, sobre todo, leyendo literatura, aprenderemos sobre la vida, ya que el arte es el camino para poder comprender al arte mismo.[11] Hay que recordar que somos humanos y como seres racionales necesitamos un respaldo emocional; pero también necesitamos cultivar nuestra alma, aprender de qué modo estamos enfrentándonos con nuestro mundo, con la sociedad y con nosotros mismos. Bien lo dice Juan Luis Suárez al final de su ensayo “El humanismo digital”: “ofrecer al público nuevas vías para abrazar una mejor vida” (2013: 21). El descubrir una posible interpretación en una serie televisiva o una película es reflejo de que estamos un paso más allá, de que nos acercamos a una forma perfeccionada del humano: un humano que razona, y que, al mismo tiempo, tiene un valor mayor pues por medio de la literatura, por medio de sus lecturas, por medio de su criterio, ha llegado a comprenderse así mismo, y a su contexto.

Bibliografía

Araujo, N. (2009.). “Cultura” en Szurmuk, M. y McKee Irwin, R. (Coord.). Diccionario de estudios culturales latinoamericanos, (pp. 71-74). México: Siglo xxi.
Ette, O. (2015). “La filología como ciencia de la vida. Un escrito programático en el año de las humanidades” en Ette, O. y Ugalde Quintana, S. (Coord.). La filología como ciencia de la vida, (pp. 9-44). México: UIA.
Figueroa, J. (2004). “Edward Said, la periferia y el humanismo" en Iconos. Revista de Ciencias Sociales. (18), (pp. 100-108). Quito: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.
Gillig, J. (2001). El cuento en la pedagogía y en reeducación. México: fce.
González Maestro, J. (22 de enero de 2019). “Nadie aprende nada leyendo literatura” [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=ErPurMlTkNQ
Gubern, R. (2000). El eros electrónico. Madrid: Taurus.
Katō, S. y Suzuki, R. (productores) y Otomo, K. (director). (1988). Akira [Cinta cinematográfica]. Japón: TMS Entertainment.
Lyotard, J. (1991). La condición postmoderna. Buenos Aires: Red Editorial Iberoamericana.
Nussbaum, M. (2001). El cultivo de la humanidad. Una defensa clásica de la reforma en la educación liberal. Barcelona: Paidós.
Odell, C. y Le Blanc, M. (2013). Anime. Croydon: Kamera Books.
Pini, I. (2014). “¿Puede el derecho del arte definir arte contemporáneo?” en Fundación Neme. Conceptos de Arte Contemporáneo (pp. 29-30). Bogotá: NC-arte.
Suárez, J. (2013). “El humanista digital" en Revista de Occidente. (380), (pp. 5-21).


[1] Debemos recordar que “popular” deriva de “popŭlus”, que se traduce como “pueblo” en latín.
[2] Se dice esta afirmación siguiendo la idea de Noe Jitrik y que fueron recuperadas en el Diccionario de estudios culturales latinoamericanos: lo que no es canónico está en la marginalidad, lo que se aparta del canon impuesto, es decir, de las reglas, normas, principios o modelos establecidas para el arte, se limita —voluntariamente— a quedarse al margen, a no estar dentro del marco de la tradición.
[3] No fue hasta 2001 que se fundón la organización Creative Commons que permitió a los usuarios de internet tener un respaldo jurídico que les permitiera proteger sus obras de supuestos plagios.
[4] Es curioso traer esta película a juego, pues se desarrolla en un ficticio 2019, y la sociedad mostrada por Katsuhiro Otomo —dibujante original (1982) y el director del anime (1988)— se pinta como lo que en ciencia ficción se le llama cyber-punk, es decir: una sociedad consumista que trata de sobrevivir día a día y es bombardeada por la publicidad y controlada por los medios y el gobierno. La visión de Otomo parece real en ciertas cuestiones, pero aunque ya llegó el año en que se desarrolla la película, pocas de las tecnologías mostradas en el filme han visto la luz.
[5] Hay muchos historiadores de la animación e internacionalistas que piensan que la llegada de Akira a occidente permitió a otros anime como Dragon Ball, Sailor Moon y Saint Seiya (Los caballeros del zodíaco) llegar a Latinoamérica (Odell y Le Blanc, 2013). Los cuales, sabemos que son un importante referente cultural en nuestro continente.
[6] Sobre esto, Ivonne Pini en la antología Conceptos de arte contemporáneo habla de la multiplicidad de perspectivas de análisis para el arte en la posmodernidad y la inclusión del mismo autor en la interpretación. “Con frecuencia se sostiene que el arte contemporáneo es “críptico” y, si se acepta la validez de ese término, el arte debería ser descifrado por los expertos. Sin embargo, en paralelo se argumenta que la obra debe explicarse por sí misma y que el público tiene la posibilidad de interpretarla, sin que medie la voz del experto para analizarla. De allí que uno de los dilemas que se plantean al hablar de arte contemporáneo sea la apertura a un amplio universo de propuestas que supone una reformulación de qué se entiende por arte. El público e incluso los expertos que siguen amarrados a la certeza que significaba asociar arte con virtuosismo técnico se hacen la famosa pregunta: ¿esto es arte?” (2014: 34-35)
[7] Existen ejercicios como los de Jean-Marie Gillig quienes utilizan la literatura para educar y reeducar a un grupo seleccionado. En El cuento en pedagogía y en reeducación hace un importante recorrido teórico en torno al uso de la literatura en escuelas y lo que obtuvo de grupos que rechazaban la idea de leer como algo interesante.
[8] En contrapartida de esta idea, el profesor español Jesús G. Maestro dice que la literatura no enseña absolutamente nada y que la gente no debe llegar desnuda intelectualmente a ella que las obras literarias deben ser abordadas con un bagaje cultural amplio y no ser lectores ingenuos sino ser personas que conocen acerca de su vida, su tiempo, la tradición literaria que vino y que vendrá (González Maestro, 22 de enero de 2019).
 La ideología de Jesús G. Maestro en torno a que la literatura no puede ser utilizada como mero instrumento de entretenimiento es muy cuestionable. En su calidad de profesor y de youtuber, ha sido cuestionado constantemente. En su libro en tres tomos, Crítica de la Razón Literaria, desarrolla con más amplitud esta idea.
[9] “La sobreestimación de la importancia de los indicios nace con frecuencia de una propensión a considerar como significativos los elementos más inmediatamente aparentes, cuando el hecho mismo de que son aparentes nos permitiría reconocer que son explicables en términos mucho más económicos” (Eco, 1997: 60-61).
[10] Varias series animadas permiten una lectura nietzscheana o hegeliana, hay sujetos que están apreciando con nuevos ojos las creaciones artísticas. De hecho, Akira es un caso curioso, pues se ha retomado en variadas ocasiones para desarrollar ideas y estudios sobre la calidad de vida y el sentido del ser.
[11] Ottmar Ette distingue tres perspectivas: “[…] el arte y la literatura como saberes del experimentar (Erlebenswissen), del sobre/vivir (Überlebenswissen) y del con/vivir (Zusammenlebenswissen)” (Ette, 2015: 41), las cuales se pueden desarrollar por medio del estudio de la filología, apoyada —obviamente— por la literatura.

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