sábado, 28 de marzo de 2015

Enamorándose de la ciudad Fervor de Buenos Aires

Mis porteños lectores, esta semana ha sido de grandes cambios para mí. Entre una escala lingüísticamente horrible en São Paulo donde ninguno de los idiomas que hablo me sirvió, llegué a Buenos Aires. La verdad, si han visto la película de Mi pobre angelito perdido en Nueva York, la escena de inconmensurabilidad que tienen los enormes edificios se comprende muy rápido en Buenos Aires. Son estelas de piedra a estilo europeo de al menos ocho pisos. El choque con mi baja Guadalajara es mucho, y ni se diga Guanajuato.
¿A qué viene todo esto? Verán, no me considero un especialista en Borges; pero sí un conocedor con muchos referentes teóricos, y al estar aquí, pensé en ese poemario: Fervor de Buenos Aires. Libro publicado en 1923 en edición de autor con sólo 300 ejemplares, pero que ahora todos pueden conocer de forma simple. En las originales 64 páginas se hicieron 46 poemas y un prefacio, y en 1969 ―la segunda modificación de Borges― terminaron siendo 33 poemas.
Recomiendo que el contenido del libro sea leído antes de conocer Buenos Aires, pues hay una cantidad de emociones que el autor argentino tiene cuando abandona su patria y regresa para verla en aras de la tecnología. El poemario habla de esa nostalgia y el fervor al momento de ver los barrios cambiar. Es una mirada a una ciudad que ya no está, pero que permanece en cierto modo. Los edificios, las calles, la milonga y el tango no se han ido ―me consta―, pero ahora están en un bucle temporal del que no se permite salir, como abrir las puertas a un edificio y darte cuenta que el ambiente es idéntico al de hace cincuenta años ―como el Café Tortoni acá en Buenos Aires―. Los sábados, las calles, el arrabal, los barrios recuperados, la Plaza San Martín, aquello genera una ausencia terrible en Borges, pero que al mismo tiempo enamora, recuperando el “color local”. Pero también, como dijo mi amiga Montserrat Zúñiga Meza el pasado 8 de marzo en Mérida, Yucatán para unas Jornadas Académicas; tratamos con un poeta-ojo. No sólo es un fisgón, ni un flaneur, sino que fragmenta a la ciudad moderna y nos la presenta en partes, según el grado de emoción generada.
Estudios sobre Fervor de Buenos Aires se han hecho por kilo. Pero no es lo mismo leer sobre el libro que leer la obra en sí. Porque además, no es la clásica poesía rimada y medida, sino en el verso libre, según las ideas Ultraístas que tenía Borges donde pedía renovar la metáfora gastada. En sí no había otra forma de cantarle a su Buenos Aires de otro modo que no fuera con el verso libre. Era una ciudad en transición, y qué mejor que la lírica tradicional sufriera los mismos arrebatos.

Los poemas son bastante interesantes en su tema y filosofía. Hay una rosa que les puedo encargar buscar y darse cuenta de qué quiere hablar en realidad. ¿Los faroles tienen simbolismos? Eso, mis porteños lectores, se los dejo a su consideración, despidiéndome desde el Sur.


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